Y lo dice alguien que lleva renegando del género femenino media vida, no porque odie a las mujeres o porque no sienta cierto orgullo de ser una, sino por la abundante cantidad de ejemplos diarios que nos ponen en cuestión por el hecho de no tener pene. Por tener que demostrar que podemos pensar y estar buenas a la vez, o que no es incompatible el tinte con el pensamiento crítico. En fin, media vida con la coraza puesta para descubrir un día de la manera más tonta que no es tan malo ser mujer, que al menos te da ciertas libertades frívolas como la de poder ponerte una bata con pompones o un gorro rosa fucsia. Y que esa sensación, produce algo de placer. Es bonito poder echarle el morro suficiente para poder ir hecha una petarda como Lady Gaga y que te nombren la mejor vestida del año, aunque sea a golpe de filetes. Tendrá que nacer un nuevo Tino Casal para que el género masculino se subleve y se atreva a colgarse patas de gallo. Entre tanto, aparte de fetiches eternamente castigados a parecer jóvenes y las mujeres podemos tener la jeta de ponernos unas botas de leopardo con una chupa de camuflaje y ya ni siquiera crearemos polémica. Es algo de lo que hay que alegrarse y, es más, propongo que al menos una vez al año nos liemos la manta a la cabeza y nos demos el gustazo de disfrazarnos, no de poli o de bruja sino de lo que realmente nos gusta. Y que el mundo nos mire con desesperación: somos mujeres y podemos permitírnoslo. No todo iban a ser pegas, tenemos patente de corso para ser abiertamente horteras y, lo mejor del asunto es que ya nadie puede definir qué es ser hortera...
20 de diciembre de 2010
8 de diciembre de 2010
Una carta inesperada I
Llovía a cántaros, pero tenía que sacar a Luna a pasear. Malditas las ganas que tenía de hacerlo, pero el pobre animal tenía ciertas necesidades que satisfacer y prefería que no lo hiciera en la alfombra del salón. De modo que con toda la pereza del mundo, me enrollé en una enorme bufanda que me cubría las orejas y medio rostro por completo y me dispuse a salir a la calle, con los dos grados bajo cero que acechaban fuera amenazando mi fuerza de voluntad.
El paseo fue breve puesto que el viento y una fina capa de nieve hacían verdaderamente desagradable estar en la calle. Llamé al ascensor mientras acariciaba el húmedo pelaje de Luna, aliviada al fin, cuando pensé que llevaba varios días sin mirar el buzón, desde el miércoles quizás. No me equivocaba: estaba hasta arriba, incluso varios panfletos publicitarios comenzaban a salirse por la abertura. Traté de cogerlo todo con una sola mano, pero Luna tiraba de la correa viendo que el ascensor ya estaba allí, así que el correo quedó esparcido por el suelo.
Fue entonces cuando vi su carta por primera vez. Era imposible no verla. Estaba entre recibos del banco, facturas variopintas y esa interminable ristra de folletos de establecimientos de comida rápida que parecen querer aprovecharse de los momentos de guardia baja. Como siempre, el sobre era azul y la letra de Ariadna se mostraba casi perfecta, en trazos largos y firmes que acusaban un indescriptible esmero en su plasmación. Ella era así, siempre se esforzaba al máximo y nunca era suficiente, quizás por eso necesitaba llegar hasta el final de las cosas, cualquiera que fuera el precio a pagar.
No me gustó ver su carta, no me gustó que mi mente conjurara sus manos cuando éstas se deslizaban entre libros y papeles y, sobre todo, no me gustó el inmenso vacío que sentí al recordar la punzada de su ausencia. Era como encontrarme cara a cara con mi antítesis. Mi caos frente a su orden, mi pereza frente a su capacidad de trabajo. Me sentí tan desbordado e incapaz como siempre. Agarré como mejor puede el correo y lo subí a casa. Llamé a Casa Ming para pedir tallarines con setas y pato laquedo y decidí no pensar en ella ni un minuto más. Después de hartarme a comer, me quedé dormido viendo un programa que no me interesaba en absoluto y así llegó la noche y pasaron varios días.
El paseo fue breve puesto que el viento y una fina capa de nieve hacían verdaderamente desagradable estar en la calle. Llamé al ascensor mientras acariciaba el húmedo pelaje de Luna, aliviada al fin, cuando pensé que llevaba varios días sin mirar el buzón, desde el miércoles quizás. No me equivocaba: estaba hasta arriba, incluso varios panfletos publicitarios comenzaban a salirse por la abertura. Traté de cogerlo todo con una sola mano, pero Luna tiraba de la correa viendo que el ascensor ya estaba allí, así que el correo quedó esparcido por el suelo.
Fue entonces cuando vi su carta por primera vez. Era imposible no verla. Estaba entre recibos del banco, facturas variopintas y esa interminable ristra de folletos de establecimientos de comida rápida que parecen querer aprovecharse de los momentos de guardia baja. Como siempre, el sobre era azul y la letra de Ariadna se mostraba casi perfecta, en trazos largos y firmes que acusaban un indescriptible esmero en su plasmación. Ella era así, siempre se esforzaba al máximo y nunca era suficiente, quizás por eso necesitaba llegar hasta el final de las cosas, cualquiera que fuera el precio a pagar.
No me gustó ver su carta, no me gustó que mi mente conjurara sus manos cuando éstas se deslizaban entre libros y papeles y, sobre todo, no me gustó el inmenso vacío que sentí al recordar la punzada de su ausencia. Era como encontrarme cara a cara con mi antítesis. Mi caos frente a su orden, mi pereza frente a su capacidad de trabajo. Me sentí tan desbordado e incapaz como siempre. Agarré como mejor puede el correo y lo subí a casa. Llamé a Casa Ming para pedir tallarines con setas y pato laquedo y decidí no pensar en ella ni un minuto más. Después de hartarme a comer, me quedé dormido viendo un programa que no me interesaba en absoluto y así llegó la noche y pasaron varios días.
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CARTA,
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UNA CARTA INESPERADA
18 de noviembre de 2010
Los jueves escribo III Juguemos a ser otros
Meterse en la piel de otra persona o, como dicen los ingleses, tratar de andar en sus zapatos, es bien difícil, sobre todo cuando se trata de alguien querido. En cualquier caso, esa especie de usurpación nos permite reflexionar más sobre lo que nosotros creemos que piensan los demás que sobre lo que realmente pueden llegar a pensar. Solo las personas con una gran capacidad de empatía podrían extraer un resultado semejante a la realidad. Y desde luego, creo que muy pocas, con el paso de los años, y teniendo en cuenta que se trata de recuerdos de infancia, magnificados o pasados por el tamiz de múltiples experiencias, alcanzarán a atrapar el más simple de los pensamientos de esas personas con las que hemos convivido toda la vida pero que no dejan de ser grandes desconocidos.
Juguemos a ser otros
Y cuando abro la puerta ya no soy madre, ya no soy esposa, solo soy yo misma y puedo concentrarme en mi tarea. Soy libre y libre vuela mi pincel por la superficie del lienzo. Juguetones, emergen mil colores, los brochazos desenfrenados, los contornos desenfocados, las rúbricas al pie. Son obras creadas más con el corazón que con la cabeza porque así me lo ha enseñado mi maestro. Él me mostró que pintar no es dibujar y que en la falta de perfección, en el borrón y en la insinuación hay más arte que en toda la perfección del mundo.
Concentrada en mi tarea, puedo dejarme llevar a mundos lejanos, o abstraerme durante horas recreando una textura, un gesto o una nube sintiendo en cada brochazo que algo nuevo emerge y respira: una nueva creación.
Al regresar a casa, todo está como antes, pero no puedo quitarme de encima a mi hija pequeña que habla sin parar mientras me ayuda a preparar la cena. Y es que le encanta el olor a pintura, o eso dice con su media lengua.
Juguemos a ser otros
Y cuando abro la puerta ya no soy madre, ya no soy esposa, solo soy yo misma y puedo concentrarme en mi tarea. Soy libre y libre vuela mi pincel por la superficie del lienzo. Juguetones, emergen mil colores, los brochazos desenfrenados, los contornos desenfocados, las rúbricas al pie. Son obras creadas más con el corazón que con la cabeza porque así me lo ha enseñado mi maestro. Él me mostró que pintar no es dibujar y que en la falta de perfección, en el borrón y en la insinuación hay más arte que en toda la perfección del mundo.
Concentrada en mi tarea, puedo dejarme llevar a mundos lejanos, o abstraerme durante horas recreando una textura, un gesto o una nube sintiendo en cada brochazo que algo nuevo emerge y respira: una nueva creación.
Al regresar a casa, todo está como antes, pero no puedo quitarme de encima a mi hija pequeña que habla sin parar mientras me ayuda a preparar la cena. Y es que le encanta el olor a pintura, o eso dice con su media lengua.
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PSICOESCRITURA
4 de noviembre de 2010
Los jueves escribo II "Las tardes azules"
La infancia es un lugar extraño, difuso, algo que queda atrás pero que nos acompaña siempre. Nos sentimos alejados y concernidos a la vez en eso que comenzamos siempre explicando con el cliché "cuando era pequeña...". Aunque a veces hasta nos sonrojamos pensando en nuestra candidez de antaño o esa picardía desenfadada, la verdad es que no dejábamos de ser nosotros. Quizás más nerviosos, más expectantes, más ilusionados y dicharacheros incluso, pero nosotros al fin y al cabo. Ese cúmulo de potencialidades que puebla nuestros recuerdos y a los que desde la distancia nos gusta revisitar, espiar mientras nos preguntábamos qué ha sido de nosotros, por qué hace tanto tiempo que no jugamos es el germen de todo lo que somos ahora, como en este momento somos el germen de lo que seremos más adelante.
Las tardes azules
Me gusta llegar a casa muy cansada, así que aunque vaya corriendo hasta el portal, subo por las escaleras. Y cuando llego a la puerta, llamo al timbre muchas veces y así mi madre sabe que soy yo y viene a abrirme corriendo. Otras veces mi madre deja la puerta medio abierta y entro como un torbellino gritando ¡¡¡Hooola!!! y dando un gran portazo. Mi madre sabe si he tenido un buen día o no solo con oír el timbre de mi voz. Nunca puedo ocultarle nada, por mucho que lo intente.
La comida es el peor momento del día. No me gusta mucho comer cosas que no son dulces. Solo se salvan las croquetas, la tortilla de patatas y los espaguettis. Hay una laaarga lista de cosas que aborrezco: el pescado (menos los boquerones y las sardinas), las setas, las coles... Por eso mis comidas favoritas del día son el desayuno y la merienda. Son los únicos momentos en los que me dejan comer dulces: chocolate, magdalenas, galletas... La hora de la merienda es sobre las seis. Justo un momentito después de que llegue mi padre del trabajo. Siempre es igual: llega papá, voy a darle un gran abrazo y luego viene la merienda y los dibujos animados.
Luego mamá se va a pintar y está mucho tiempo fuera de casa. Mi padre apaga el televisor y ya no me deja ver más dibujos y el tiempo empieza a pasar más despacio hasta que se hace de noche y no tengo ganas de nada, solo de que vuelva mamá. Cuando llega huele muy bien, a pintura y a una cosa que usa para limpiar los pinceles y su cara está fresquita porque viene de la calle. No me deja hurgar en su caja de pinturas, pero reconozco el olor a óleo desde lejos. Sus cuadros son siempre una sorpresa porque se quedan en la escuela y solo al final del curso, cuando se organiza una exposición podemos verlos. A mí me encantan porque usa muchos colores, sobre todo el azul, que es mi color favorito.
Las tardes azules
Me gusta llegar a casa muy cansada, así que aunque vaya corriendo hasta el portal, subo por las escaleras. Y cuando llego a la puerta, llamo al timbre muchas veces y así mi madre sabe que soy yo y viene a abrirme corriendo. Otras veces mi madre deja la puerta medio abierta y entro como un torbellino gritando ¡¡¡Hooola!!! y dando un gran portazo. Mi madre sabe si he tenido un buen día o no solo con oír el timbre de mi voz. Nunca puedo ocultarle nada, por mucho que lo intente.
La comida es el peor momento del día. No me gusta mucho comer cosas que no son dulces. Solo se salvan las croquetas, la tortilla de patatas y los espaguettis. Hay una laaarga lista de cosas que aborrezco: el pescado (menos los boquerones y las sardinas), las setas, las coles... Por eso mis comidas favoritas del día son el desayuno y la merienda. Son los únicos momentos en los que me dejan comer dulces: chocolate, magdalenas, galletas... La hora de la merienda es sobre las seis. Justo un momentito después de que llegue mi padre del trabajo. Siempre es igual: llega papá, voy a darle un gran abrazo y luego viene la merienda y los dibujos animados.
Luego mamá se va a pintar y está mucho tiempo fuera de casa. Mi padre apaga el televisor y ya no me deja ver más dibujos y el tiempo empieza a pasar más despacio hasta que se hace de noche y no tengo ganas de nada, solo de que vuelva mamá. Cuando llega huele muy bien, a pintura y a una cosa que usa para limpiar los pinceles y su cara está fresquita porque viene de la calle. No me deja hurgar en su caja de pinturas, pero reconozco el olor a óleo desde lejos. Sus cuadros son siempre una sorpresa porque se quedan en la escuela y solo al final del curso, cuando se organiza una exposición podemos verlos. A mí me encantan porque usa muchos colores, sobre todo el azul, que es mi color favorito.
3 de noviembre de 2010
De aires y ánimas
Un Día de Todos los Santos diferente. Menos festivo, más reflexivo, pero siempre en compañía de los seres queridos, recordando a los que no están ya. Recorriendo sus rostros en las fotografías para dejar impresa su huella en nuestra retina. Atrapando cada gesto, rememorando su risa. Las cosas que les gustaban y las que no, su forma de hacer las cosas, su ropa, su olor. Aprendiendo a vivir con un vacío. Interpretando el silencio de los demás para saber cuándo compartirlo y cuándo romperlo. Recibiendo el cariño de mucha gente, algunos de forma muy íntima, otros mucho más bulliciosos, pero todos unidos por un desencuentro, por una fría lápida a la que se le insufla el calor humano poblándola de flores.
Día de gran emotividad, con los nervios a flor de piel; luego ya en el calor del hogar, presentados los respetos podemos descansar, recordar, revivir, con una sonrisa. Es lo que ocurre con las personas buenas que no han ido sino sembrando el respeto y la admiración con cada acción y con cada palabra. Ojalá que seamos dignos de estar en las mentes y los corazones de los demás tanto como los que se nos han ido.
29 de octubre de 2010
Los jueves escribo I "Un nombre, un ser"
Escribir entraña su dificultad, escribir sobre uno mismo la duplica, pero puede llegar a ser terapéutico si a tu lado hay más personas con las que puedes hablar, debatir y sobre todo, relacionarte, aunque solo sea con la voluntad de comprender otros puntos de vista, otras formas de guiarse por la vida... Ahora, los jueves escribo, leo y escucho en compañía.
Un nombre, un ser
Nombrar no es sino dotar de existencia, de ahí que nadie pueda tomarse a la ligera la elección de la denominación de quienquiera que nazca a la vida. Lo que no es nombrado, no existe sino en un limbo del que ha de ser rescatado por la alquimia sagrada de la palabra. Rudos o suaves, delicados o resonantes, cortos o largos, de aquí o allá, sencillos o compuestos, nuestros nombres nos acompañarán, marcarán nuestra infancia y hasta dicen, nos atraparán en su sonoridad y sus connotaciones, como el guante se ciñe a la mano.
Mi nombre fue fruto del consenso de mis padres y hermanas, que buscaba un nombre que no se repitiera en la familia y que les sonara "nuevo". Además fue una decisión que hubo de tomarse con cierta premura, puesto que mis padres esperaban un niño. Tanto era así que todas mis sábanas, trajecitos y demás complemento, eran de color azul. Y sin embargo, rebelde hasta el fin, decidí nacer sin colita y David, que habría sido mi nombre, se quedó en el tintero. Así que cuando me presentan a "otro" David, no puedo evitar pensar que es mi tocayo, de algún modo, en una realidad paralela pero no imposible del todo.
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21 de octubre de 2010
Jamás captivas
Rompíanse al no salir, íbanse quebrando. Algunas pugnaban por hacerse un hueco y en su lucha fenecían. Habíanse ido golpeando contra las paredes de su prisión y en su voluntad de ser libres moríanse de la pena que les causaba su falta de libertad y de la dureza de los muros edificados en torno dellas. Algotras en su indefensión encontrábanse rebujadas en cualquier rincón, incapaces de oponer resistencia a su situación, subyugadas esperaban un final tan cierto como el calor del sol.
Y yo en mi cobardía no podía ayudarlas, a ninguna dellas podía sacarlas de allí. Solo podía esperar; tan segura estaba de la mía incapacidad de liberarlas. Lo bello es siempre codiciado, y quien codicia no respeta ni gusta de compartir. Es por eso que destroza lo que más ama y consigue siempre el efeto contrario de cuanto se propone. ¡Sosegaos, hermosas captivas! ¡Calmad vuestros pechos animosos, levantaos las taciturnas, solo juntas, uniendo vuestros redaños y haciendo de la vuestra fuerza una, podreis romper el yugo y emprender el dichoso vuelo eterno de quien en ninguna cárcel perece habiéndose liberado por vez primera y firme para siempre! ¡Ya no habrá prisión que os alcance ni impiedad que os dañe!
Y yo en mi cobardía no podía ayudarlas, a ninguna dellas podía sacarlas de allí. Solo podía esperar; tan segura estaba de la mía incapacidad de liberarlas. Lo bello es siempre codiciado, y quien codicia no respeta ni gusta de compartir. Es por eso que destroza lo que más ama y consigue siempre el efeto contrario de cuanto se propone. ¡Sosegaos, hermosas captivas! ¡Calmad vuestros pechos animosos, levantaos las taciturnas, solo juntas, uniendo vuestros redaños y haciendo de la vuestra fuerza una, podreis romper el yugo y emprender el dichoso vuelo eterno de quien en ninguna cárcel perece habiéndose liberado por vez primera y firme para siempre! ¡Ya no habrá prisión que os alcance ni impiedad que os dañe!
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LIBERTAD
El reflejo de Sitges
No alcanzo a encontrar la forma de explicar qué es para mí ir cada año a Sitges, durante unos días, a empaparme de cine y de mar. Desayunar y resayunar en El Fornet, degustar los placeres de la gastronomía vegetariana en El Verd o inflarme con las delicatessen de las Heladerías Olivier. Pasear las grises calles que van de El Retiro a Prado, o del Miramar al Autori Melià. Cruzarte cada año con algún famoso (en el sentido antiguo, célebre por su talento) admirable, como quien no quiere la cosa, de la forma más familiar. Caminar por la playa sintiendo que se te hielan los pies al contacto con el agua para darte cuenta de lo maravillosa que es la sensación de paz que ello te procura.
Y el cine, siempre el cine. De la mejor calidad o de la peor, del que te retuerce las entrañas o te provoca carcajadas. El ambiente de las salas, los espectadores jaleando las películas, aplaudiendo o silbando, como antes. Las frikipelis, el gore, el humor negro, el terror y la intriga, la risa más pura o la mayor de las atrocidades. Vivir muchas vidas en poco tiempo. Y nunca me canso de ver cine, si más pudiera ver, más vería.
Hasta el año que viene. Espérame un año más en la orilla, en los rincones y en las plazas, en las salas y las ficciones. En el corazón de Sitges, te estaré esperando.
Y el cine, siempre el cine. De la mejor calidad o de la peor, del que te retuerce las entrañas o te provoca carcajadas. El ambiente de las salas, los espectadores jaleando las películas, aplaudiendo o silbando, como antes. Las frikipelis, el gore, el humor negro, el terror y la intriga, la risa más pura o la mayor de las atrocidades. Vivir muchas vidas en poco tiempo. Y nunca me canso de ver cine, si más pudiera ver, más vería.
Hasta el año que viene. Espérame un año más en la orilla, en los rincones y en las plazas, en las salas y las ficciones. En el corazón de Sitges, te estaré esperando.
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