Taller Encantado

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21 de octubre de 2010

El reflejo de Sitges

No alcanzo a encontrar la forma de explicar qué es para mí ir cada año a Sitges, durante unos días, a empaparme de cine y de mar. Desayunar y resayunar en El Fornet, degustar los placeres de la gastronomía vegetariana en El Verd o inflarme con las delicatessen de las Heladerías Olivier. Pasear las grises calles que van de El Retiro a Prado, o del Miramar al Autori Melià. Cruzarte cada año con algún famoso (en el sentido antiguo, célebre por su talento) admirable, como quien no quiere la cosa, de la forma más familiar. Caminar por la playa sintiendo que se te hielan los pies al contacto con el agua para darte cuenta de lo maravillosa que es la sensación de paz que ello te procura.

Y el cine, siempre el cine. De la mejor calidad o de la peor, del que te retuerce las entrañas o te provoca carcajadas. El ambiente de las salas, los espectadores jaleando las películas, aplaudiendo o silbando, como antes. Las frikipelis, el gore, el humor negro, el terror y la intriga, la risa más pura o la mayor de las atrocidades. Vivir muchas vidas en poco tiempo. Y nunca me canso de ver cine, si más pudiera ver, más vería.

Hasta el año que viene. Espérame un año más en la orilla, en los rincones y en las plazas, en las salas y las ficciones. En el corazón de Sitges, te estaré esperando.

1 comentario:

Aurora dijo...

El cine es un encuantro para las historias: grande, como tu dices pero tambien pequeño, lo hay de todos los tamaños y para todos los gustos!!!

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