Estaba esperando el autobús, como cualquier otro día. Una señora enorme, con gran dificultad para andar, se chocó conmigo, lo que me desplazó unos centímetros hacia atrás. Y tras ese breve traspiés, dejé de estar allí.
Estaba mirando a mi padre mientras trabajaba la madera. La velocidad y precisión con la que se afanaban sus manos me dejaba fascinada, no podía quitarle ojo. Pensaba que, a lo mejor, si observaba atentamente su cara de concentración y atendía muy, pero que muy deprisa todas sus peticiones, estaba contribuyendo a crear algo hermoso, y no podía despistarme y perderme ese secreto compartido por ambos. La luz anaranjada del atardecer comenzaba a reflejarse ya en las ventanas de las casas vecinas, tiñendo la atmósfera de una calidez casi palpable, que hacía del mismo modo refulgir la madera. El proceso era laborioso y totalmente artesanal, con herramientas rudimentarias que nunca supe nombrar y un gran esfuerzo físico. Ahí entraba yo en acción para aligerar la carga, o acercar una silla, o incluso traerle un vaso de agua, bien merecido. Era un honor poder ayudar así que todo lo hacía deprisa y con mucha alegría. Recuerdo la frescura de la madera, el serrín volando a contraluz, el aroma denso del barniz y las tinturas...

De vuelta al presente, no pude evitar girar en redondo con las fosas nasales dilatadas al máximo... ahí estaba el origen: un señor, con su peto azul y su gorrilla, pintando las rejas de una casa vecina. Con sólo dar un pequeño pasito, había viajado en el tiempo (y sin máquina). Y la sensación de ser una niña grande, un tanto torpe pero ilusionada, no me abandonó en toda la semana.
1 comentario:
Bonito recuerdo de la niñez. Hubiera sido un ejercicio chachi para el curso que estoy haciendo en Fuentetaja ;-)
Es de agradecer leer de vez en cuando cosas bonitas como las que escribes...
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