Taller Encantado

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6 de julio de 2010

Yo tendría tres añitos...

... seguramente dormía tranquila. Todavía no me preguntaba qué es la justicia, ni qué es lo que más conviene a un país: conservar su dignidad moral y la de su pueblo o asegurar la inversión extranjera y por tanto el alimento de un importante número de personas.

Yo era un bebé cuando en la madrugada del 3 de diciembre de 1984 en Bhopal, situado en el centro de India, 42 toneladas de una sustancia extremadamente tóxica conocida como isocianato de metilo, escaparon en forma de gas de una planta de pesticidas de la empresa estadounidense Union Carbide. Como consecuencia directa de la fuga se calcula que han fallecido más de 20.000 personas. En total unas 520.000 personas quedaron expuestas a los gases, siendo una de las catástrofes industriales más graves del mundo, por encima de la de Chernóbil.

Más de 100.000 personas han nacido con secuelas permanentes como cáncer, trastornos hormonales, mentales, ceguera, enfermedades de riñón o hígado a causa no sólo del escape puntual de 1984 sino también a la indiferencia de las autoridades que continúan manteniendo toneladas de productos químicos tóxicos en la antigua planta de la Union Carbide que se han filtrado hasta los acuíferos de subterráneos que proveeen de agua a miles de personas, afectando a toda una segunda generación.

La exigencia de responsabilidades se complicó aún más cuando en 2001 Union Carbide fue comprada por Dow Chemicals, también estadounidense, que se niega a asumir la culpa del accidente porque por entonces no era siquiera propietaria de la planta.

Durante todos estos años, las víctimas no han sido resarcidas por el inmenso daño infligido. La empresa, cuyo máximo responsable fue declarado prófugo, solo ha recibido como castigo la condena de ocho de los entonces empleados, todos indios, que rondan los 70 años, y a los que inmediatamente se les puso en libertad bajo fianza (excepto uno de ellos, fallecido ya) y una multa de 8.870 euros.

Obviamente la levísima condena no se corresponde con el dolor causado y con las consecuencias que todavía hoy tiene la pésima gestión de una administración cuyo principal interés ha sido la protección de la inversión extranjera frente a los derechos más primarios de sus gentes como son la seguridad, la salubridad de las aguas y la atención a los afectados.

De ahí la indignación, la ira y la tristeza de las víctimas y los activistas que esperaban con esperanza el veredicto del Tribunal de Bhopal y han visto dinamitada toda posibilidad de quedar resarcidos en algún modo.

La doble tragedia de Bhopal: la de no poder ver el fin del dolor causado y la impotencia ante la falta de justicia.

3 comentarios:

alonso dijo...

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La verdad lo peor de este tipo de cosas es lo poco conocidas que son. Miles de personas, cientos de miles sufren y a nadie le importa ¿por qué? Probablemente porque son unos indios pobres, y además, indios pobres hay muchos.

El ser humano puede dar mucho asco

Lolita blues dijo...

Eso es lo más triste del asunto: si ni siquiera las autoridades de tu país se preocupan de defenderte (y eran un conjunto muy amplio de afectados)... ¿qué te queda? ¿Tener que tragarte esta injusta sentencia habiendo perdido por el camino a tu familia, a tus amigos, conviviendo con enfermedades, atrofias y dolor por todas partes?
¿De qué estamos hechos? ¿Cuál es nuestra capacidad de empatía, nuestra voluntad de que haya (algo de) justicia social?
¡Gracias por leerme! Como me dijo el otro día alguien muy especial, este es un altavoz muy pequeñito, pero es un altavoz al fin y al cabo, y espero que a alguien lleguen estas palabras... a ti te han llegado así que ya soy afortunada. ;)

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