Taller Encantado

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4 de febrero de 2012

El arte del mimetismo

Si le preguntáramos a cualquier persona cuál es el reino animal que le produce más rechazo encontraremos una abrumadora mayoría de intolerantes a los insectos. A nadie le gusta encontrar hormigas en la despensa o recibir el picotazo de un mosquito. Sin embargo, nos deleitamos viendo cómo las abejas recoletan polen, escuchando el zumbido nocturno de los grillos en verano o esperando contemplar el vuelo torpe de una mariquita trepadora. El reino animal es extenso y extremadamente variado, especialmente el mundo de los insectos: se trata del grupo de animales de mayor diversidad con más de un millón de especies descritas y se estima que se desconocen más del triple de las que han sido clasificadas. Los insectos son por tanto los grandes desconocidos, suponiendo aproximadamente un 90% de las formas de vida del planeta.

Los fásmidos o fasmatodeos deben su nombre a su capacidad para camuflarse en el medio, siendo por tanto auténticos "fantasmas" o apariciones. Son los llamados comúnmente insectos hoja, insectos corteza y insectos palo. Confieso que aunque siempre me parecieron curiosos, no me percaté de su belleza discreta hasta que una enamorada de ellos, como es mi hermana, comenzó a criarlos. Verlos crecer y mudar la piel, alcanzar a ver sus ávidas mandíbulas devorando las hojas de los rosales y observar sus oscilantes movimientos que les permiten parecer parte de su entorno danzando al viento es un precioso espectáculo digno de ser disfrutado. Por eso quiero compartir con todo el mundo estas fotos. Espero que os gusten.

21 de diciembre de 2011

Otras navidades descafeinadas

No sé qué ha pasado pero me han robado el espíritu de la Navidad. No sé si ha sido un duende maligno, la edad o la crisis, pero antes podía pasarme horas paseando por las calles iluminadas y deleitándome con el olor de las castañas asadas y algo en mi interior me decía que estaba disfrutando de unos días especiales. Ahora, he perdido la ilusión. Puede que no solo por estas fechas, sino por todo en general. Me cuesta disfrutar del momento, no pensar en el mañana (con más o menos recelo), y, sobre todo, tengo la sensación de tener que "pelear" por lo que siento. Y es que, el hecho de que te guste la Navidad, no está de moda. Decir que te gusta adornar la casa, hornear tu propio roscón de reyes y ofrecer turrones, mantecados y mazapanes de Soto está trasnochadísimo. Como yo. Siempre he estado un poco al margen de las modas. Hay quienes se escudan en el consumismo para despotricar sobre estos días, pero eso es como los que utilizan la misma excusa para no hacerle un regalo a su pareja en San Valentín. Sabemos que es una chorrada, pero para una vez al año que tenemos la ocasión... ¿qué hay de malo en disfrutar un poquito y hacer algo especial? Un regalo no implica que seas un loco de las compras: se pueden regalar experiencias, se puede ofrecer como presente algo que uno haya hecho con sus propias manos... y ni siquiera hace falta que sea algo material.


Por otra parte, está el tema de la contención del gasto. Pero del gasto en cosas que realmente importan. No es que nos ajustemos el cinturón a la hora de preparar la cena o de envolver los regalos con papel de menor gramaje, no. Es que ahorramos en todo, copón, ya no mandamos ni christmas a nuestras familias, ni nos curramos los regalitos, ni nada de nada. Hay una contención increíble del gasto en cariño, en amor hacia los demás, en desinterés y en espíritu de comunidad. Traducido al román paladino: cada loco con su tema. La sensación general es que nadie va a hacer nada por ti así que nadie hace nada por los demás. Y así nos va.

Nos esperan unas brevísimas celebraciones en las que festejaremos con austeridad las relaciones personales con los demás. Descafeinadas, de nuevo. Feliz Navidad.

7 de noviembre de 2011

La chispa de la intuición

"A veces las personas tenemos la suerte de encontrarnos en el inmenso mundo". Ésta era una de las frases favoritas del profesor Deckard, la repetía a menudo. Cuando formuló su teoría sobre las presencias, todos le tomaron por loco. No es de extrañar: ni su atuendo ni sus modales lo hacían merecedor de demasiada confianza. Despistado, caótico, irreverente y profundamente convencido de aquello sobre lo que hablaba, Deckard andaba siempre al filo de la navaja, tambaleándose en la cuerda floja para poder seguir ejerciendo como docente. Hay personas a las que el sistema no les gusta y hay otras personas que no le gustan al sistema. Nuestro atolondrado pero reflexivo profesor se enmarcaba en este segundo grupo.

En cualquier caso, el fenómeno llevaba meses repitiéndose y era en apariencia inexplicable, de modo que la Teoría Deckard se tomó como una conjetura más, una plausible aunque extraña manera de dar un sentido a algo que aparentaba carecer de toda lógica.

Como casi todas las cosas sobre las que merece la pena escribir, aquella sucedió por casualidad en un hermoso lugar. En el cruce la Rue du Chantilly con la Avenue des Beaux Arts de París había un antiquísimo violín expuesto en el escaparate. Cualquiera podría haber pensado que el establecimiento que albergaba semejante pieza estaría desprotegido, dejando allí al azar aquella pieza de museo, cubierta de una fina capa de pétalos de rosas. Y habría acertado. Nunca había polvo sobre aquella madera primorosamente tallada aunque nadie había visto a nadie limpiando aquel escaparate. Y eso que ya nadie recordaba desde cuándo estaba allí. El caso es que, un buen día, un niño quiso fotografiarse frente él. La sorpresa de sus padres fue mayúscula cuando al revelar el carrete no era su hijo quien aparecía allí: era una presencia.


Desde ese momento, las cámaras se volvieron locas y dejaron de tomar fotografías de las personas que posaban ante ellas, en su lugar y por todo el globo comenzaron a aparecer extrañas presencias. Pronto los cuentos de brujas dejaron de rondar al anticuario de París, el fenómeno se generalizaba. Hombres y mujeres fueron sustituidos, sin saber cómo ni por qué de sus fotografías. Solo cuando Deckard posó ante su réflex a modo de experimento cayó en la cuenta de lo que estaba sucediendo. Y es que el profesor estaba iluminado por la chispa de la intuición, que aparece sin previo aviso señalando el camino correcto.

Designios

Contraviniendo los designios de su corazón, Léa decidió extirparse el amor del pecho. Fue un día concreto y preciso aquél en el que escribió en una hoja todo lo que sentía. Luego la destruyó. El papel es franco y dócil cuando se te ofrece en blanco. En él caben todas tus súplicas, tus deseos y tus miedos. Pero también es frágil.

Como decía, contraviniendo los designios de su corazón, aquel día Léa tenía una clara pretensión: dar carpetazo a unos sentimientos que le resultaban más que incómodos, intolerables. Ni descansaba, ni se concentraba en ninguna tarea; vivía con una obsesión permanente anclada en la mente que no la dejaba apenas respirar. No siempre era así, claro está. La cara amable de todo aquel desagradable incidente era sentir el corazón más vivo que nunca, sonrojarse ante la presencia de la persona amada, y, en ocasiones, sentirse tremendamente plena.

Pero ese día, ese aciago día, Léa había sido tan valiente y tan osada, que, contraviniendo los designios de su fe y siguiendo los que le marcaba su corazón, le había había confesado a su íntima amiga que se había enamorado de ella. En lo que Léa definiría después como "aquel rapto de locura" hasta le prometió (como prometen los hombres que nunca cumplen su palabra) que lucharía contra viento y marea para que ambas fueran felices juntas.

No era correspondida.

Fue un día extraño, aquél preciso y concreto en el que Léa se encontró a sí misma y afrontó su verdadera identidad para perderla en un instante. Lo que ella no podía saber entonces es que los sentimientos no caben en un cofre de esos que se tiran al mar. El mar es vasto, pero la marea siempre devuelve los mensajes. A pesar del rito que pretendió ser una cura a su malherido corazón, Léa siguió enamorándose de otras mujeres periódicamente. Nunca consiguió encontrar en un hombre la dulzura de la voz de una mujer, ni la suavidad de sus manos ni mucho menos la azarosa mezcla de ternura y fortaleza que tanto la atraía. Quién sabe si alguna de aquellas veces fue lo suficientemente valiente como para ser ella misma al fin.

30 de septiembre de 2011

El umbral

Cuando padeces dentro de los límites de tu piel un dolor físico, al menos esta barrera le sirve de frontera. Dependiendo de su naturaleza puedes controlarlo e incluso tu propio cuerpo se impondrá un nivel de cordura, adormeciendo la zona afectada o incluso bloqueando los receptores del dolor. Es una reacción totalmente natural que nos protege y palia la brusquedad con la que se produce el daño, tratando de imponer un equilibrio razonable. Puede no ser un gran consuelo, pero convivimos con el dolor cada día y eso debería darnos redaños para enfrentarnos a él o al menos ayudarnos a acotarlo e irlo venciendo.

Sin embargo, todo cambia cuando la diana es un ser querido, se desbordan los umbrales del dolor porque inevitablemente acusas un mazazo más profundo que el que produce una herida, un golpe o una fractura. Quisieras poder arrancar todo su padecimiento, mantener a salvo a esa persona, mimarla, restituirle la alegría arrebatada y verla reír como antes. Salvarla para siempre de cualquier tipo de padecimiento. Pero ¿no es acaso el dolor parte de la vida? ¿No se supone que es el propio recorrido vital el que debe hacernos aprender para saber llevar esa lacra? Siempre las mismas preguntas sin respuesta, vagando por nuestras cabezas, son las que nos abducen del espanto de ver a un ser querido desarmado, bregando por superar el obstáculo destructor del dolor. Nada puede librarnos de ello, aunque bien es cierto que en contraprestación los momentos de placer, algunos extrañamente imprevistos, nos provocan picos de felicidad que llegan a hacernos pensar que todo este circo merece la pena. Habrá que resarcirse disfrutando de esos instantes hasta que nos llegue el momento de superar el umbral.

31 de agosto de 2011

Adiós al verano


La cruel constatación de que el verano expira en el último aliento de agosto está aquí: un cielo plomizo acompañado de un viento suave y el olor a tierra mojada que ya trae consigo los ecos de los otoños ya vividos. La consabida cuesta de septiembre, el guardar los pantalones cortos y colgar los pensamientos en nuevos proyectos y citas anuales: el mercado medieval, el festival de cine de Sitges...


Retomar la actividad y cerrar el paréntesis del verano. Concentrarlo todo en el día de hoy porque es el último y cerrar el cajón hasta el año que viene en que lo abriremos de nuevo para sacar las ganas de bajar a la piscina, comer en el campo o visitar una ciudad antes desconocida.

El nuevo ciclo se abre y reconozco que me inquieta.

29 de agosto de 2011

Juego de niños


Mi abuelo falleció cuando era aún relativamente joven. A sus sesenta y dos años y ya postrado en la cama a causa de un prematuro infarto, sufrió una terrible pesadilla. Se debatía entre sueños farfullando sílabas deslavazadas a las que no conseguía darles un sentido. A pesar de su obvio sufrimiento, la prudencia me indicaba que no sería bueno despabilarle y esperé a que emergiera del infierno de la noche haciendo acopio de sus propias fuerzas.

Cuando consiguió despertar, gruesas lágrimas rodaban por las mejillas que la enfermedad había convertido en cuencas cóncavas y sin apenas color. “Era solo un juego”, decía, “solo un juego”. Le abracé y arrullé como habría hecho con un niño. Cuando se hartó de llorar el cansancio se apoderó de su débil cuerpo y cayó rendido, esta vez en lo que parecía un profundo sueño reparador. Unas horas después parecía otro, hasta un ligero rubor le había subido a la cara, anunciando el advenimiento de sangre renovada y con ello nueva vida y calor.

Aunque por aquel entonces nunca me llegué a plantear que el final de sus días estuviera tan próximo, he de reconocer que era realista y sabía que su estado de salud era delicado. ¿Debía preguntarle por aquel mal sueño para que pudiera liberarse de él? Le consulté a mi esposa qué debía hacer. Ella consideraba que no era buena idea traerle a las mientes una pesadilla que le había afectado el humor de tal modo. Pero mi curiosidad fue más fuerte y uno de los días en los que pudo salir al patio a tomar el fresco (los meses de invierno fueron de obligatoria reclusión y la primavera apuntaba a ser cálida) empezamos a charlar sobre cuáles habían sido nuestras peores pesadillas. Rememoramos algunos de los pasajes oníricos más descabellados que habíamos visitado y cómo no las recurrentes pesadillas comunes a todos los mortales: despertarse sobresaltado tras sentir que caemos al vacío, descubrirnos en medio de una guerra, mirar los ojos de alguien que sabes que no es quien parece ser… No parecía recordar su sueño descorazonador, aquel que le había sumido en una terrible tristeza. Sin embargo, cuando le comenté que había hablado de un juego su tez se inmutó sobremanera. Quedó lívido por un instante de forma tal que solo se repitió el día de su muerte.

Y a continuación, en lo que parecía ser un tránsito, narró su secreto. Creo que si en el transcurso de ese discurso yo hubiera emitido siquiera el más leve ruido, jamás habría conseguido conocer la historia hasta el final. Mientras hablaba ningún pájaro sobrevoló el jardín, ni el agua parecía correr ni el viento osó acariciar nuestros cabellos. El mundo enmudeció para escuchar la voz quebrada de un anciano que me contó cómo su hermanito pequeño había contraído una enfermedad extraña que nadie sabía cómo tratar y pasaba los días postrado en cama.
Mi abuelo, sin embargo, era todo un torbellino. Solía desafiarse a sí mismo retándose interiormente: “Si llego a la esquina antes que aquella señora, conseguiré ganar la competición de natación”, “Si alcanzo a Pedro antes de que llegue a la cuesta, mi madre me regalará caramelos”. Y siempre lo conseguía, una vez tras otra, sus pequeños retos alcanzaban su recompensa, lo que le llevó desear la recuperación de su hermano. Debía alcanzar el éxito enfrentándose a un reto complicado puesto que la recompensa sería inmensa. Así que pensó tomar prestado el reloj de su padre y subir a lo alto del campanario de su pueblo. Lo había hecho mil veces y sabía que los escalones eran exactamente 166, así que se dijo a sí mismo que si conseguía llegar abajo antes de las doce, su hermano se curaría. Se lanzó a tumba abierta como nunca en su vida, sobrevolando los escalones sin apenas pisarlos, con el corazón en un puño y respirando a trompicones. Y un instante después de que hubo posado su pie derecho en el suelo, alcanzando el suelo tras el último peldaño, vio para su alegría cómo el reloj marcaba las doce en punto. Lo había logrado, después de todo el esfuerzo y la energía que había supuesto en aquella empresa.

Aún sin haber recuperado el aliento arrancó a correr calle abajo con la ilusión guiando sus pasos. La casa estaba a oscuras, como siempre, para proteger la delicada salud de su hermanito del calor y del exceso de luz, pero algo parecía diferente. El estruendo del mecanismo del reloj de pared resonaba en toda la casa dándole su habitual aspecto fantasmagórico. Y muy al fondo, los sollozos de su madre le indicaron que algo iba realmente mal, de modo que el corazón se le disparó, esta vez de forma irregular. Su hermano había muerto. Exactamente a las doce en punto, según el doctor Millán. No podía creerlo, no entendía la burla del destino. Miró el reloj de su padre y a continuación el de la pared cuyo estruendo le taladraba los oídos. Estaba retrasado. Menos de un minuto: veintisiete malditos segundos. Los recordaría toda la vida.

Tampoco yo olvidaré la muerte de mi querido abuelo, el día veintisiete de diciembre a las doce en punto, según el doctor Salcedo. Descanse en paz ahora que el juego parece haber llegado a su fin.

26 de agosto de 2011

Vivir dentro de los libros

De un tiempo a esta parte escribo poco. También duermo poco y hablo bastante menos de lo que solía ser la tónica habitual. Me apetece más escuchar y ver. Me siento más cómoda viviendo dentro de los libros, siendo testigo de historias totalmente ajenas a mí. Navegar por épocas pasadas o futuras, reales o ficticias me proporciona una paz interior que me reconcilia con el momento en el que vivo hoy. Ese escurridizo presente que a veces se torna arcilla impidiendo que fluya el tiempo y que en otras ocasiones se fuga como el viento.


Me siento cómoda en el artificio literario porque detrás de cada frase hay otra persona. Cuando leo entro en íntima comunión con otro ser que sin embargo no deja de ser un completo desconocido y eso es a la vez inquietante y sugerente. Nadie se desnuda más que quien escribe. Y por eso encuentro cada vez menos arrojo para desprenderme de mi intimidad, dejando mis palabras al descubierto.

A medida que cumplimos años perdemos el talento para expresarnos con claridad porque el engranaje de nuestros pensamientos se complica. Percibimos tantos matices y nos volvemos tan tolerantes a todo que la senda de la sencillez se retuerce y nos confunde. Ya no somos capaces de mostrar de forma diáfana casi nada porque no alcanzamos a ver en la maraña de nuestras experiencias, nuestras ilusiones y nuestras contradicciones.

Pero, a pesar de todo, estoy dispuesta a continuar con el reto. A esforzarme por ejercitar el músculo literario y recoger el guante que yo misma me arrojo. Porque pensar es escribir en el aire y ya es hora de que todas esas historias que he dejado que se escabullan de ser fijadas y expuestas a los otros busquen ojos ávidos de breves lecturas o personas a las que les guste ver, escuchar y leer, que no es en suma otra cosa que vivir mil vidas en una.

Sitios que he visitado