Taller Encantado

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23 de junio de 2012

El hombre que no sabía llorar

Salvador se enfrentó demasiado joven a la muerte. Esa era la explicación que esgrimían quienes se encargaron de su evaluación psicológica cuando todo sucedió. Perdió de forma cruel y repentina a quien más quería siendo un niño y había pasado quince días llorando ininterrumpidamente. No hallaba consuelo en nada ni en nadie y estando al borde de la deshidratación, cuando ya se temía por su vida y su estabilidad emocional, cesó su llanto. De alguna forma, recompuso los pedazos de su destrozado corazón y los encajó como mejor pudo, aunque hubo una pieza que jamás volvió a su lugar. En verdad, sus pequeños ojos negros habían visto más de lo que muchos adultos hubieran podido soportar sin perder la cordura, así que se pensó que con el paso de los años, la anestesia del olvido obraría su beatífico cometido, permitiendo dejar crecer al hombre y dejar atrás el dolor y la pérdida del niño.

Se podría decir que fue un joven feliz, alcanzando sin problema sus objetivos a corto plazo y formando un plan de vida junto a una compañera que pronto se postuló como la persona ideal con la que formar una familia y desarrollar un proyecto común. Fue ella, precisamente, quien le preguntó un buen día cuál había sido la última vez que había llorado. Sin duda, sentía pena en ocasiones, ante un buen drama o cuando veía sufrir a sus semejantes, pero desde luego no le había visto nunca derramar una lágrima. Y un día aquello comenzó a ser objeto de su preocupación. ¿Acaso solo lo hacía en privado? ¿Tan celoso era de su intimidad? Había pasado tantos años junto a él... que le parecía inexplicable. Le llevó un tiempo reunir el valor para preguntarle. Ojalá no lo hubiera hecho nunca. En aquel momento se borró la luz de su mirada, los recuerdos se abrieron paso en su mente y se colapsó.

Cayó en estado de coma profundo durante dos años y cuando despertó no podía recordar nada. Poco a poco fue recuperando algo de lo que había sido, pero se le tuvo muy al margen de lo que había hecho antes de caer en coma. Quedó exonerado de toda culpa a la vista de su estado semivegetativo. Nadie podía explicarse cómo había sido capaz de reproducir con precisión quirúrgica el asesinato brutal de su madre haciendo presa en su esposa. Una bestia había dormido agazapada en su interior arrebatándole las lágrimas para salir al exterior anulando a su portador. Los laberintos de la mente son inextricables incluso para quienes se creen capaces de recorrerlos.

29 de agosto de 2011

Juego de niños


Mi abuelo falleció cuando era aún relativamente joven. A sus sesenta y dos años y ya postrado en la cama a causa de un prematuro infarto, sufrió una terrible pesadilla. Se debatía entre sueños farfullando sílabas deslavazadas a las que no conseguía darles un sentido. A pesar de su obvio sufrimiento, la prudencia me indicaba que no sería bueno despabilarle y esperé a que emergiera del infierno de la noche haciendo acopio de sus propias fuerzas.

Cuando consiguió despertar, gruesas lágrimas rodaban por las mejillas que la enfermedad había convertido en cuencas cóncavas y sin apenas color. “Era solo un juego”, decía, “solo un juego”. Le abracé y arrullé como habría hecho con un niño. Cuando se hartó de llorar el cansancio se apoderó de su débil cuerpo y cayó rendido, esta vez en lo que parecía un profundo sueño reparador. Unas horas después parecía otro, hasta un ligero rubor le había subido a la cara, anunciando el advenimiento de sangre renovada y con ello nueva vida y calor.

Aunque por aquel entonces nunca me llegué a plantear que el final de sus días estuviera tan próximo, he de reconocer que era realista y sabía que su estado de salud era delicado. ¿Debía preguntarle por aquel mal sueño para que pudiera liberarse de él? Le consulté a mi esposa qué debía hacer. Ella consideraba que no era buena idea traerle a las mientes una pesadilla que le había afectado el humor de tal modo. Pero mi curiosidad fue más fuerte y uno de los días en los que pudo salir al patio a tomar el fresco (los meses de invierno fueron de obligatoria reclusión y la primavera apuntaba a ser cálida) empezamos a charlar sobre cuáles habían sido nuestras peores pesadillas. Rememoramos algunos de los pasajes oníricos más descabellados que habíamos visitado y cómo no las recurrentes pesadillas comunes a todos los mortales: despertarse sobresaltado tras sentir que caemos al vacío, descubrirnos en medio de una guerra, mirar los ojos de alguien que sabes que no es quien parece ser… No parecía recordar su sueño descorazonador, aquel que le había sumido en una terrible tristeza. Sin embargo, cuando le comenté que había hablado de un juego su tez se inmutó sobremanera. Quedó lívido por un instante de forma tal que solo se repitió el día de su muerte.

Y a continuación, en lo que parecía ser un tránsito, narró su secreto. Creo que si en el transcurso de ese discurso yo hubiera emitido siquiera el más leve ruido, jamás habría conseguido conocer la historia hasta el final. Mientras hablaba ningún pájaro sobrevoló el jardín, ni el agua parecía correr ni el viento osó acariciar nuestros cabellos. El mundo enmudeció para escuchar la voz quebrada de un anciano que me contó cómo su hermanito pequeño había contraído una enfermedad extraña que nadie sabía cómo tratar y pasaba los días postrado en cama.
Mi abuelo, sin embargo, era todo un torbellino. Solía desafiarse a sí mismo retándose interiormente: “Si llego a la esquina antes que aquella señora, conseguiré ganar la competición de natación”, “Si alcanzo a Pedro antes de que llegue a la cuesta, mi madre me regalará caramelos”. Y siempre lo conseguía, una vez tras otra, sus pequeños retos alcanzaban su recompensa, lo que le llevó desear la recuperación de su hermano. Debía alcanzar el éxito enfrentándose a un reto complicado puesto que la recompensa sería inmensa. Así que pensó tomar prestado el reloj de su padre y subir a lo alto del campanario de su pueblo. Lo había hecho mil veces y sabía que los escalones eran exactamente 166, así que se dijo a sí mismo que si conseguía llegar abajo antes de las doce, su hermano se curaría. Se lanzó a tumba abierta como nunca en su vida, sobrevolando los escalones sin apenas pisarlos, con el corazón en un puño y respirando a trompicones. Y un instante después de que hubo posado su pie derecho en el suelo, alcanzando el suelo tras el último peldaño, vio para su alegría cómo el reloj marcaba las doce en punto. Lo había logrado, después de todo el esfuerzo y la energía que había supuesto en aquella empresa.

Aún sin haber recuperado el aliento arrancó a correr calle abajo con la ilusión guiando sus pasos. La casa estaba a oscuras, como siempre, para proteger la delicada salud de su hermanito del calor y del exceso de luz, pero algo parecía diferente. El estruendo del mecanismo del reloj de pared resonaba en toda la casa dándole su habitual aspecto fantasmagórico. Y muy al fondo, los sollozos de su madre le indicaron que algo iba realmente mal, de modo que el corazón se le disparó, esta vez de forma irregular. Su hermano había muerto. Exactamente a las doce en punto, según el doctor Millán. No podía creerlo, no entendía la burla del destino. Miró el reloj de su padre y a continuación el de la pared cuyo estruendo le taladraba los oídos. Estaba retrasado. Menos de un minuto: veintisiete malditos segundos. Los recordaría toda la vida.

Tampoco yo olvidaré la muerte de mi querido abuelo, el día veintisiete de diciembre a las doce en punto, según el doctor Salcedo. Descanse en paz ahora que el juego parece haber llegado a su fin.

3 de noviembre de 2010

De aires y ánimas

Un Día de Todos los Santos diferente. Menos festivo, más reflexivo, pero siempre en compañía de los seres queridos, recordando a los que no están ya. Recorriendo sus rostros en las fotografías para dejar impresa su huella en nuestra retina. Atrapando cada gesto, rememorando su risa. Las cosas que les gustaban y las que no, su forma de hacer las cosas, su ropa, su olor. Aprendiendo a vivir con un vacío. Interpretando el silencio de los demás para saber cuándo compartirlo y cuándo romperlo. Recibiendo el cariño de mucha gente, algunos de forma muy íntima, otros mucho más bulliciosos, pero todos unidos por un desencuentro, por una fría lápida a la que se le insufla el calor humano poblándola de flores.


Día de gran emotividad, con los nervios a flor de piel; luego ya en el calor del hogar, presentados los respetos podemos descansar, recordar, revivir, con una sonrisa. Es lo que ocurre con las personas buenas que no han ido sino sembrando el respeto y la admiración con cada acción y con cada palabra. Ojalá que seamos dignos de estar en las mentes y los corazones de los demás tanto como los que se nos han ido.

20 de abril de 2010

Ojos sobre ojos

No es algo en lo que piense a menudo. La verdad es que una vez superado el duelo (y el shock que provocan las catástrofes intermitentes que nos socavan la vida de cuando en cuando), conseguí alejar de mi mente los recuerdos. No fue fácil, se siguieron pesadillas, ataques de llanto, tristeza indefinible... pero por así decirlo, hice el ímprobo esfuerzo de licuar mis memorias como cuando se pisa la uva, para dejarlas discurrir lejos de mí, ya convertidas en otra cosa, diferente y ajena, remota al fin.

Sin embargo, de cuando en cuando vuelvo a ver sus ojos. Ojos sobre ojos. Sus rizos revueltos de niña traviesa recién levantada con la barbilla hundida en su gato persa blanco. Recuerdo que cuando la veía así, con su batita y sus chanclas, me hacía gracia. Pensaba que era como yo misma de niña, aunque mis padres nunca me consintieron tener un gato. Y me daba pena el animal. Parecía un peluche viejo, manoseado hasta la saciedad, siempre tratando de zafarse de las manos regordetas y caprichosas.

Nunca me imaginé que una tranquila tarde de verano una conocida lejana, prácticamente una extraña, me diría que esas manos habían escrito una última carta, o que eso se rumoreaba. Y que ese gato peluchoso se había quedado sin dueña, de repente. No era una niña ya, o al menos no era tan niña. Sin embargo, cuando me viene a las mientes la reconstrucción torpe de su rostro, solo contemplo aquel recuerdo lejano. Me resulta imposible acceder a su última imagen, un tanto más púber y esbelta. Se me escapa entre los dedos como fina arena de playa mientras me sacuden las olas de ojos: ojos de niña y ojos de gato. Ojos sobre ojos.

12 de marzo de 2010

Elocuente silencio

Ayer fue 11 de marzo, otra vez. Los ramos de flores se agolpaban en las estaciones de Atocha, El Pozo, Alcalá de Henares y otros lugares. Actos de conmemoración, de homenaje a las víctimas inocentes, se fueron sucediendo. Cuando fui a Barcelona recuerdo con mucho cariño cómo todo el mundo repetía "todos somos madrileños". El dolor, que se extiende como una pátina cuando surge sin ser esperado, nos unió a todos hace seis años tanto como ayer.

Siempre recordaré que, durante semanas, los trenes iban en silencio. Era como si nadie osase respirar más fuerte de lo preciso, todos alerta ante cualquier paquete o bolsa extraña, suspicaces mirando a los ojos a sus compañeros de vagón, tratando de deducir si eran simples extraños o verdugos. Ayer los trenes no iban en silencio, pero tampoco se sentía el parloteo habitual que se asocia a la normalidad. La onomástica pesaba en los diarios matinales, en los cascos de los que iban escuchando la radio, en las ojeras, en los miedos, en las llamadas de teléfono a los móviles con cualquier excusa. Una pequeña inquietud estaba ayer en el corazón de cada viajero, que al final, llegó a su destino indemne. Suerte. Como la de no estar allí en el momento preciso. Quién sabe qué saldrá la próxima vez que se lance la moneda.

4 de marzo de 2010

Cruzar la barrera

Es tan fina, estrecha y frágil... en la fracción de un segundo puede desencadenarse el leve movimiento que (in)voluntariamente puede llevarnos a cruzar la barrera. Como cuando se busca un beso con un levísimo viso de atrevimiento en la mirada, como cuando la tibia mueca de un bebé nos anuncia que estallará en llanto.

Así de sencillo le pareció que podría ser simular un desequilibrio que fructuficaría en el silbido impasible del tren, llevándose su frágil existencia túnel adentro. Sin embargo, dejó que la proximidad del ahora amenazador aparato, pasara casi rozando su cuerpo. Se sintió un poco más cansado y pensó en ella. Siempre ella. Su imagen flotando imprecisa, sus rasgos difusos, irreconocibles. La veía en todas partes pero no la veía en ningún lugar, como si hubiera olvidado su rostro. Atrapar sus facciones era para su mente como tratar de alcanzar una mariposa, amargamente difícil.


Se sintió un poco más desgraciado, sus hombros se alzaron de forma involuntaria y su cuello se acortó, recordándome a una pequeña tortuga agorafóbica. Ha pasado mucho tiempo, pensé para mí, pero sigues solo. Si él hubiera sido capaz de leer mis pensamientos, tal y como yo siempre pude hacer con los suyos, le habría explicado que no era para ella. Que atraparla habría sido como atrapar a aquella mariposa... el polvo de sus alas, habría teñido sus dedos impidiéndole volar. Su soledad era tan necesaria como la libertad de aquella afortunada mujer, aunque ni por asomo sabría que debía sentirse tan dichosa.


13 de diciembre de 2009

Historia de un beso

Al girarme allí estaba ella, inmensa en su diminuto cuerpecito. Sus ojitos bailarines se debatían entre los míos y un mechón de su rizado pelo salía caprichoso de su cabellera. Lo recogí entre mis dedos y la besé. Durante aquel beso la amé como solo se ama una vez en la vida si uno puede considerarse tan dichoso como para poder decirlo. Fue un beso largo y apasionado de absoluta entrega durante el que no transcurrió el tiempo. El centro de mi existencia y su razón de ser fue el infinito amor que soslayó aquel encuentro. Como por arte de magia fuimos un solo ser, ya no había un "ella" y un "yo mismo" sino pura esencia transmutada en eterna suspensión, superior a la materia y la fisicidad, que se alzaba a dos palmos sobre la tierra, por encima de cualquier avatar ajeno a la compacta unidad que formaron nuestros labios.

Cuando el hechizo se extinguió y nos separamos me odié por haberle roto el corazón a una niña. Sus ojos verdes rezumaban felicidad pero yo no podía dejar de pensar que eran casi veinte años más los que lastraban mi vida, ¿qué había hecho? ¿Acaso me había vuelto loco? La resolución fue inmediata: no volvería a acercarme a ella, nunca jamás. Presa de la culpa me autoexilié muy lejos de mi pequeña valquiria, alistándome en el ejército que me llevaría al otro lado del océano.

La vigilia de la valquiria, de Edward Robert Hughes (1851-1914)

Sin embargo, parece ser que siguió mi rastro. Hoy luce hermosa frente a mí la mujer en la que se ha convertido aquella niña de ojos verdes. Su rostro se ha alargado con el paso de los años, sus caderas al fin se han ensanchado, su cabello indomable permanece impertérrito como siempre. Desde mi caja de pino y aún con los ojos cerrados puedo verla, siento el olor de su cuello y ya esperando su último adiós atesoro en mi ser, pues mi corazón yermo es ya, la fortuna de aquel beso de auténtico amor y la dicha de que nuestros cuerpos hayan vuelto a coincidir antes de que este viejo sea incinerado.

29 de enero de 2009

El futuro está en el mar

Os pongo tal cual un fragmento del periódico de hoy... no somos naide...

Fuente: ABC 29/01/09

"Estamos ante una invasión en toda regla. Silenciosa, lenta, invisible, pero no por ello menos real. Y está sucediendo ahora, delante de nuestras propias narices y en todos los océanos del planeta. El invasor es una pequeña medusa, un hidrozoo de apenas medio centímetro de longitud, pero con una característica que la hace única entre todas las criaturas del reino animal. De hecho, de una forma que la Ciencia aún no ha logrado comprender, la medusa Turritopsis nutricula es inmortal.
A diferencia de las demás medusas (y del resto de los animales) Turritopsis nutrícula no muere tras alcanzar su estado adulto, sino que es capaz de «rejuvenecer», de regresar a su forma juvenil y repetir su ciclo vital hasta alcanzar una segunda madurez... y una tercera, y una cuarta, y así hasta un número de veces que es, según los científicos, potencialmente infinito.
Turritopsis nutricola es capaz de conseguir esta proeza porque ha descubierto la manera de modificar sus células una vez éstas se han diferenciado. Y de hacerlas retroceder a fases anteriores a su especialización. Se trata de un fenómeno llamado transdiferenciación que se puede ver, por ejemplo cuando un órgano dañado regenera sus tejidos. Sin embargo, para esta especie de hidromedusa el proceso es algo corriente en su ciclo vital.
En pruebas de laboratorio, el cien por cien de los ejemplares de T. nutricula analizados han madurado y vuelto a la juventud decenas de veces, sin perder en esos cambios ni una sola de sus características o capacidades. Los investigadores tuvieron que llegar a la conclusión de que la muerte orgánica es algo que en esta especie, sencillamente, no sucede".

25 de noviembre de 2008

La cita


Absorto en mis pensamientos, atrapado por el día a día y casi sin querer he comenzado a hacer planes para el futuro. Es inevitable, cuando llega la navidad, proponerse cómo será el año que entra, qué nos deparará el año nuevo, cómo afrontar los retos que se nos echan encima. ¡Vana ilusión! Fingir tanto tiempo ante mis amigos, ante mi amada esposa y representar este papel una y otra vez han debido volverme loco. Las puertas del futuro se cerraron para mi alma vencida hace mucho tiempo, aunque durante buena parte de esta tortura he tratado de persuadirme de que no sería así, de que todo aquello fue una pesadilla. Pero el recuerdo involuntario o consciente de la cita, como un acorde desafinado que resuena en el tímpano dando al traste con toda la sinfonía, me devuelve la amargura de la incertidumbre y el pesar del deber incumplido.



El paso de los años no me ha permitido olvidar una fecha tan importante salvo por breves intervalos de tiempo, sacudidos siempre de pronto por el escalofrío, la ansiedad y la angustia a la que debería haberme acostumbrado ya. ¡Amargos son los días del que espera! Sobre todo cuando el caprichoso devenir de los días te manda mensajes imposibles de obviar. El último hace tan sólo unas horas, ha sido tan contundente que se me han saltado las lágrimas.



Es inminente la llegada de la hora y aunque retrasaría toda la vida el instante presente, sé que he de pagar mis pecados. Esta es una despedida presurosa que te ruego, Valdemar, no hagas jamás pública. Creo tanto en tu silencio como en la franca amistad que nos ha unido desde que nos conocimos. Junto a esta carta encontrarás un sobre lacado para que le entregues a Rosalía, a la que te encomiendo desde el momento en el que tus ojos estén pasando sobre estas letras. Del mismo modo encontrarás un libro, en cuyo interior se esconde un enigma. Es quizás el único bien material que puede desear el hombre, pues contiene la sabiduría de la redención. Era mi único consuelo para postergar mi cita, pero he fracasado. Mi ceguera o la propia premura de mi necesidad de salvarme me ha condenado.



No sé a qué me enfrento, no sé quién soy ni a dónde me llevan mis pasos, sólo sé que tengo una cita, ineludible, cuyo desenlace estoy a punto de desvelar.

Sitios que he visitado