Taller Encantado

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30 de septiembre de 2011

El umbral

Cuando padeces dentro de los límites de tu piel un dolor físico, al menos esta barrera le sirve de frontera. Dependiendo de su naturaleza puedes controlarlo e incluso tu propio cuerpo se impondrá un nivel de cordura, adormeciendo la zona afectada o incluso bloqueando los receptores del dolor. Es una reacción totalmente natural que nos protege y palia la brusquedad con la que se produce el daño, tratando de imponer un equilibrio razonable. Puede no ser un gran consuelo, pero convivimos con el dolor cada día y eso debería darnos redaños para enfrentarnos a él o al menos ayudarnos a acotarlo e irlo venciendo.

Sin embargo, todo cambia cuando la diana es un ser querido, se desbordan los umbrales del dolor porque inevitablemente acusas un mazazo más profundo que el que produce una herida, un golpe o una fractura. Quisieras poder arrancar todo su padecimiento, mantener a salvo a esa persona, mimarla, restituirle la alegría arrebatada y verla reír como antes. Salvarla para siempre de cualquier tipo de padecimiento. Pero ¿no es acaso el dolor parte de la vida? ¿No se supone que es el propio recorrido vital el que debe hacernos aprender para saber llevar esa lacra? Siempre las mismas preguntas sin respuesta, vagando por nuestras cabezas, son las que nos abducen del espanto de ver a un ser querido desarmado, bregando por superar el obstáculo destructor del dolor. Nada puede librarnos de ello, aunque bien es cierto que en contraprestación los momentos de placer, algunos extrañamente imprevistos, nos provocan picos de felicidad que llegan a hacernos pensar que todo este circo merece la pena. Habrá que resarcirse disfrutando de esos instantes hasta que nos llegue el momento de superar el umbral.

6 de julio de 2010

Yo tendría tres añitos...

... seguramente dormía tranquila. Todavía no me preguntaba qué es la justicia, ni qué es lo que más conviene a un país: conservar su dignidad moral y la de su pueblo o asegurar la inversión extranjera y por tanto el alimento de un importante número de personas.

Yo era un bebé cuando en la madrugada del 3 de diciembre de 1984 en Bhopal, situado en el centro de India, 42 toneladas de una sustancia extremadamente tóxica conocida como isocianato de metilo, escaparon en forma de gas de una planta de pesticidas de la empresa estadounidense Union Carbide. Como consecuencia directa de la fuga se calcula que han fallecido más de 20.000 personas. En total unas 520.000 personas quedaron expuestas a los gases, siendo una de las catástrofes industriales más graves del mundo, por encima de la de Chernóbil.

Más de 100.000 personas han nacido con secuelas permanentes como cáncer, trastornos hormonales, mentales, ceguera, enfermedades de riñón o hígado a causa no sólo del escape puntual de 1984 sino también a la indiferencia de las autoridades que continúan manteniendo toneladas de productos químicos tóxicos en la antigua planta de la Union Carbide que se han filtrado hasta los acuíferos de subterráneos que proveeen de agua a miles de personas, afectando a toda una segunda generación.

La exigencia de responsabilidades se complicó aún más cuando en 2001 Union Carbide fue comprada por Dow Chemicals, también estadounidense, que se niega a asumir la culpa del accidente porque por entonces no era siquiera propietaria de la planta.

Durante todos estos años, las víctimas no han sido resarcidas por el inmenso daño infligido. La empresa, cuyo máximo responsable fue declarado prófugo, solo ha recibido como castigo la condena de ocho de los entonces empleados, todos indios, que rondan los 70 años, y a los que inmediatamente se les puso en libertad bajo fianza (excepto uno de ellos, fallecido ya) y una multa de 8.870 euros.

Obviamente la levísima condena no se corresponde con el dolor causado y con las consecuencias que todavía hoy tiene la pésima gestión de una administración cuyo principal interés ha sido la protección de la inversión extranjera frente a los derechos más primarios de sus gentes como son la seguridad, la salubridad de las aguas y la atención a los afectados.

De ahí la indignación, la ira y la tristeza de las víctimas y los activistas que esperaban con esperanza el veredicto del Tribunal de Bhopal y han visto dinamitada toda posibilidad de quedar resarcidos en algún modo.

La doble tragedia de Bhopal: la de no poder ver el fin del dolor causado y la impotencia ante la falta de justicia.

12 de marzo de 2010

Elocuente silencio

Ayer fue 11 de marzo, otra vez. Los ramos de flores se agolpaban en las estaciones de Atocha, El Pozo, Alcalá de Henares y otros lugares. Actos de conmemoración, de homenaje a las víctimas inocentes, se fueron sucediendo. Cuando fui a Barcelona recuerdo con mucho cariño cómo todo el mundo repetía "todos somos madrileños". El dolor, que se extiende como una pátina cuando surge sin ser esperado, nos unió a todos hace seis años tanto como ayer.

Siempre recordaré que, durante semanas, los trenes iban en silencio. Era como si nadie osase respirar más fuerte de lo preciso, todos alerta ante cualquier paquete o bolsa extraña, suspicaces mirando a los ojos a sus compañeros de vagón, tratando de deducir si eran simples extraños o verdugos. Ayer los trenes no iban en silencio, pero tampoco se sentía el parloteo habitual que se asocia a la normalidad. La onomástica pesaba en los diarios matinales, en los cascos de los que iban escuchando la radio, en las ojeras, en los miedos, en las llamadas de teléfono a los móviles con cualquier excusa. Una pequeña inquietud estaba ayer en el corazón de cada viajero, que al final, llegó a su destino indemne. Suerte. Como la de no estar allí en el momento preciso. Quién sabe qué saldrá la próxima vez que se lance la moneda.

9 de marzo de 2010

Dolor y llanto

El dolor es el mismo aquí o allí. Nada cambia en este sentido. Perder un hijo, llorar por los que se han ido, vivir en las calles, no tener qué echarse a la boca... el dolor es siempre el mismo. A veces florece entre la destrucción a causa de un terremoto imprevisible, en otros casos, de la tragedia prolongada en el tiempo de la guerra o la devastación de una climatología implacable.

La tierra brama, con ella los vientres de todas las mujeres del mundo, pues sabemos las vidas que se están perdiendo a causa de toda clase de hambrunas, saqueos, abusos, intolerancias, ¿qué hacer para paliar el mismo dolor que surge aquí y allí?

Siempre la misma sensación de haber llegado tarde, de que podría haberse hecho más, de que no deberíamos vivir en nuestra cómoda burbuja de cristal, echando la vista a un lado para poder dormir profundamente y sin sobresaltos. La realidad es que el hombre es un lobo para el hombre. La realidad -terrible- es que el ser humano es individualista por naturaleza y busca sobrevivir por encima de todo, a pesar de que para ello tenga que matar, que torturar o que pasar por encima de la cabeza de quien sea preciso.

Y si Dios existe es cruel porque nos ha abandonado a nuestra suerte sabiendo que somos ingobernables.

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