Taller Encantado

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7 de noviembre de 2011

La chispa de la intuición

"A veces las personas tenemos la suerte de encontrarnos en el inmenso mundo". Ésta era una de las frases favoritas del profesor Deckard, la repetía a menudo. Cuando formuló su teoría sobre las presencias, todos le tomaron por loco. No es de extrañar: ni su atuendo ni sus modales lo hacían merecedor de demasiada confianza. Despistado, caótico, irreverente y profundamente convencido de aquello sobre lo que hablaba, Deckard andaba siempre al filo de la navaja, tambaleándose en la cuerda floja para poder seguir ejerciendo como docente. Hay personas a las que el sistema no les gusta y hay otras personas que no le gustan al sistema. Nuestro atolondrado pero reflexivo profesor se enmarcaba en este segundo grupo.

En cualquier caso, el fenómeno llevaba meses repitiéndose y era en apariencia inexplicable, de modo que la Teoría Deckard se tomó como una conjetura más, una plausible aunque extraña manera de dar un sentido a algo que aparentaba carecer de toda lógica.

Como casi todas las cosas sobre las que merece la pena escribir, aquella sucedió por casualidad en un hermoso lugar. En el cruce la Rue du Chantilly con la Avenue des Beaux Arts de París había un antiquísimo violín expuesto en el escaparate. Cualquiera podría haber pensado que el establecimiento que albergaba semejante pieza estaría desprotegido, dejando allí al azar aquella pieza de museo, cubierta de una fina capa de pétalos de rosas. Y habría acertado. Nunca había polvo sobre aquella madera primorosamente tallada aunque nadie había visto a nadie limpiando aquel escaparate. Y eso que ya nadie recordaba desde cuándo estaba allí. El caso es que, un buen día, un niño quiso fotografiarse frente él. La sorpresa de sus padres fue mayúscula cuando al revelar el carrete no era su hijo quien aparecía allí: era una presencia.


Desde ese momento, las cámaras se volvieron locas y dejaron de tomar fotografías de las personas que posaban ante ellas, en su lugar y por todo el globo comenzaron a aparecer extrañas presencias. Pronto los cuentos de brujas dejaron de rondar al anticuario de París, el fenómeno se generalizaba. Hombres y mujeres fueron sustituidos, sin saber cómo ni por qué de sus fotografías. Solo cuando Deckard posó ante su réflex a modo de experimento cayó en la cuenta de lo que estaba sucediendo. Y es que el profesor estaba iluminado por la chispa de la intuición, que aparece sin previo aviso señalando el camino correcto.

13 de diciembre de 2009

Historia de un beso

Al girarme allí estaba ella, inmensa en su diminuto cuerpecito. Sus ojitos bailarines se debatían entre los míos y un mechón de su rizado pelo salía caprichoso de su cabellera. Lo recogí entre mis dedos y la besé. Durante aquel beso la amé como solo se ama una vez en la vida si uno puede considerarse tan dichoso como para poder decirlo. Fue un beso largo y apasionado de absoluta entrega durante el que no transcurrió el tiempo. El centro de mi existencia y su razón de ser fue el infinito amor que soslayó aquel encuentro. Como por arte de magia fuimos un solo ser, ya no había un "ella" y un "yo mismo" sino pura esencia transmutada en eterna suspensión, superior a la materia y la fisicidad, que se alzaba a dos palmos sobre la tierra, por encima de cualquier avatar ajeno a la compacta unidad que formaron nuestros labios.

Cuando el hechizo se extinguió y nos separamos me odié por haberle roto el corazón a una niña. Sus ojos verdes rezumaban felicidad pero yo no podía dejar de pensar que eran casi veinte años más los que lastraban mi vida, ¿qué había hecho? ¿Acaso me había vuelto loco? La resolución fue inmediata: no volvería a acercarme a ella, nunca jamás. Presa de la culpa me autoexilié muy lejos de mi pequeña valquiria, alistándome en el ejército que me llevaría al otro lado del océano.

La vigilia de la valquiria, de Edward Robert Hughes (1851-1914)

Sin embargo, parece ser que siguió mi rastro. Hoy luce hermosa frente a mí la mujer en la que se ha convertido aquella niña de ojos verdes. Su rostro se ha alargado con el paso de los años, sus caderas al fin se han ensanchado, su cabello indomable permanece impertérrito como siempre. Desde mi caja de pino y aún con los ojos cerrados puedo verla, siento el olor de su cuello y ya esperando su último adiós atesoro en mi ser, pues mi corazón yermo es ya, la fortuna de aquel beso de auténtico amor y la dicha de que nuestros cuerpos hayan vuelto a coincidir antes de que este viejo sea incinerado.

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