Taller Encantado

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26 de agosto de 2011

Vivir dentro de los libros

De un tiempo a esta parte escribo poco. También duermo poco y hablo bastante menos de lo que solía ser la tónica habitual. Me apetece más escuchar y ver. Me siento más cómoda viviendo dentro de los libros, siendo testigo de historias totalmente ajenas a mí. Navegar por épocas pasadas o futuras, reales o ficticias me proporciona una paz interior que me reconcilia con el momento en el que vivo hoy. Ese escurridizo presente que a veces se torna arcilla impidiendo que fluya el tiempo y que en otras ocasiones se fuga como el viento.


Me siento cómoda en el artificio literario porque detrás de cada frase hay otra persona. Cuando leo entro en íntima comunión con otro ser que sin embargo no deja de ser un completo desconocido y eso es a la vez inquietante y sugerente. Nadie se desnuda más que quien escribe. Y por eso encuentro cada vez menos arrojo para desprenderme de mi intimidad, dejando mis palabras al descubierto.

A medida que cumplimos años perdemos el talento para expresarnos con claridad porque el engranaje de nuestros pensamientos se complica. Percibimos tantos matices y nos volvemos tan tolerantes a todo que la senda de la sencillez se retuerce y nos confunde. Ya no somos capaces de mostrar de forma diáfana casi nada porque no alcanzamos a ver en la maraña de nuestras experiencias, nuestras ilusiones y nuestras contradicciones.

Pero, a pesar de todo, estoy dispuesta a continuar con el reto. A esforzarme por ejercitar el músculo literario y recoger el guante que yo misma me arrojo. Porque pensar es escribir en el aire y ya es hora de que todas esas historias que he dejado que se escabullan de ser fijadas y expuestas a los otros busquen ojos ávidos de breves lecturas o personas a las que les guste ver, escuchar y leer, que no es en suma otra cosa que vivir mil vidas en una.

29 de octubre de 2010

Los jueves escribo I "Un nombre, un ser"

Escribir entraña su dificultad, escribir sobre uno mismo la duplica, pero puede llegar a ser terapéutico si a tu lado hay más personas con las que puedes hablar, debatir y sobre todo, relacionarte, aunque solo sea con la voluntad de comprender otros puntos de vista, otras formas de guiarse por la vida... Ahora, los jueves escribo, leo y escucho en compañía.

Un nombre, un ser

Nombrar no es sino dotar de existencia, de ahí que nadie pueda tomarse a la ligera la elección de la denominación de quienquiera que nazca a la vida. Lo que no es nombrado, no existe sino en un limbo del que ha de ser rescatado por la alquimia sagrada de la palabra. Rudos o suaves, delicados o resonantes, cortos o largos, de aquí o allá, sencillos o compuestos, nuestros nombres nos acompañarán, marcarán nuestra infancia y hasta dicen, nos atraparán en su sonoridad y sus connotaciones, como el guante se ciñe a la mano.

Mi nombre fue fruto del consenso de mis padres y hermanas, que buscaba un nombre que no se repitiera en la familia y que les sonara "nuevo". Además fue una decisión que hubo de tomarse con cierta premura, puesto que mis padres esperaban un niño. Tanto era así que todas mis sábanas, trajecitos y demás complemento, eran de color azul. Y sin embargo, rebelde hasta el fin, decidí nacer sin colita y David, que habría sido mi nombre, se quedó en el tintero. Así que cuando me presentan a "otro" David, no puedo evitar pensar que es mi tocayo, de algún modo, en una realidad paralela pero no imposible del todo.

24 de mayo de 2010

El oficio sin beneficio

Pero ¿escribir qué es? ¿Se puede vivir de escribir? ¿Hay vida detrás de la escritura? ¿Acaso hay vida sin ella?

La escritura es una amante despechada y esquiva. Lo mejor, como en el caso de los apasionados romances, es la espera, los instantes previos al beso. Luego ya todo son abrazos y caricias y búsqueda de plenitudes. Es el preludio, la antesala, los nervios, la zozobra, lo que hace que cobre valor el acto en sí de tomar las riendas para desvanecerse en palabras.

Quien escribe no vive, quien vive sin escribir jamás vivió sino trivialidades. Si nada te ha tocado el corazón lo suficiente como para querer plasmarlo en un papel, es que algo te ha faltado.

El autor se diluye con la tinta y se deja parte de sí mismo en cada papel. Como un cántaro que se vierte generoso y entre tanto se nutre y ha de llenarse de nuevo para poder recomenzar el proceso.

20 de abril de 2010

Destellos de felicidad

A la postre y sin conocer muy bien la razón, tengo la suerte de padecer gustosa destellos de felicidad intermitentes. Como cohetes que estallan en el cielo cubriéndolo de mil colores, pero tan solo un instante. Luego el ensanchamiento del miocardio se termina y me siento más pequeña. No más joven, sino más chiquita, como si una mano enorme me hubiera estirado todo el cuerpo desde la cabeza y luego lo dejara caer de nuevo.

Del intrincado mejunje hormonal que recorre nuestro cuerpo, quién sabe qué compuesto o reacción tiene la culpa de que se me queden prendados los ojos de la sonrisa de un viajero del metro, o del bostezo de un perro. Solo sé que en un momento dado, todo lo que me rodea me parece hermoso, una pequeña obra de arte que fluye a mi alrededor, una partitura en la que yo soy una corchea o quizás un silencio que se sale del pentagrama para contemplar la sinfonía y saberse en conexión con todo.

Otras veces rabio por no tener a la mano algo con lo que poder escribir, algo con lo que dar salida a las imágenes y las palabras que se acumulan incesantes en mi cabeza. Lucho por retenerlas, pero esa no es su naturaleza y escapan evasivas al fin, para no volver, ¿dónde se esconden la historias que no llegamos a contar? ¿En qué lugar se refugian las palabras nunca dichas, los mensajes que no llegan a destino, las ideas que rehúyen a su creador? Quién sabe, la memoria es débil, cristal fino que se quiebra al contacto con la realidad. Dicen que siempre soñamos, pero que al activar nuestra mente y pensar en el día de hoy, olvidamos todos los mundos en los que hemos pasado la noche, inevitablemente. Y que solo si encontramos una llave que nos abra la puerta de acceso a esos mundos a lo largo del día podemos volver a acceder a ellos.

Será cuestión de vivir menos aquí y más allí, dejándose llevar por los arrebatos de felicidad que nos envuelven, arrastrando nuestros pensamientos tras los cantos de los pájaros, o arrullándolos entre los pétalos frescos de las flores que comienzan a abrir.

3 de marzo de 2010

Eres lo que escribes

Nadie se desnuda tanto como aquél que deja sus pensamientos por escrito. Se retrata en cada palabra, en cada expresión y cada giro, lo quiera o no. Sus personajes delatan lo que es y lo que rechaza (lo que redunda de nuevo en mostrar lo que es). La llegada de Internet no ha hecho sino esconder el trazo de nuestra escritura, así que, al menos, algo queda oculto a tu mirada, querido lector, pero poca cosa es a cambio de todo lo que ofrece quien se desprende del miedo a la hoja en blanco y deja que sus pensamientos y ensoñaciones se deslicen a través de sus dedos.

Si quieres conocer a alguien, si quieres acceder a todo su potencial y comprender realmente qué rige sus acciones y sentimientos, nada más adecuado que leer lo que haya ido escribiendo. Es más, diré que lo que llegas a ser, está en todo lo que escribiste cuando tenías trece años. Si escribías sobre el amor, sobre la nostalgia, sobre el miedo y la naturaleza y la soledad y el estío, amigo mío, eres poeta, aunque lo hayas olvidado quizás. Mas nunca es tarde para recuperar la esencia, dejarla fluir al exterior y compartirla sin más pretensión que la de caldear un corazón helado o despertar una mente adormilada.

Leer y escribir; leemos para vivir otras vidas, escribimos para crear nuevos universos. Larga vida a la escritura, indiscreta compañera de viaje.

11 de septiembre de 2009

Releer y corregir...

... es dignificar las palabras, darles la importancia que se merecen, estructurarlas de la forma más adecuada y arroparlas en las dulces sábanas de los signos de puntuación precisos para que no cojan frío ni por el contrario se abrasen en el constreñimiento de la cerrazón inútil. Releer y corregir es el mejor de los trabajos para quien aspira a la escritura. Tomar cada palabra para sopesarla, comprobar que brilla en su justa medida y que es armónica con las que le siguen y preceden.

Tejer despacio un enorme tapiz en el que cada hilo está trenzado a mano con el mayor de los cuidados de modo que al dar un paso atrás se puede apreciar el conjunto completo, dibujado con esmero. Como las grandes sinfonías en las que las notas se deslizan unas sobre otras con la naturalidad de la corrección formal, y la pasión y el acento del estilo propio del orquestador de la pieza.

Encontrar el tono, dar soporte a las ideas contenidas en las líneas de escritura, aderezar el bocado con las especias más selectas y degustarlas una vez concluida la tarea es uno de los mayores placeres para el corrector... pero... ¡¡¡cuidado!!! Alguna errata suele quedar agazapada dando testimonio de que la perfección, aunque es la aspiración máxima de cualquier profesional, es inaccesible.

2 de septiembre de 2009

El noble arte de la escritura

Venía en el metro con la nariz pegada al libro de "El conde de Montecristo" y he leído una frase que me parece magistral: "Siempre he tenido más miedo de una pluma, de un tintero y de un papel que de una espada o una pistola". Esa es la pura verdad, como que el filo de un papel es más hiriente que la más afiliada de las cuchillas. Y me pregunto ¿por qué escribimos? ¿Cuál es nuestra finalidad última cuando decidimos dar forma a nuestros pensamientos, moldearlos y ornarlos, estructurarlos y revestirlos de una suave pátina de credibilidad a los ojos de quienes leerán nuestras palabras?

Puede ser una simple cuestión de venganza, como en el caso de los envidiosos de la dicha de Edmond Dantés, puede ser el afán de notoriedad, puede ser la necesidad de expresar nuestra voluntad o parecer o puede ser sencillamente un cosquilleo que se advierte imparable en nuestro interior y que nos lleva a vertir las palabras de la forma que consideramos más oportuna porque nos oprimen dentro, necesitan salir y ver la luz del mundo, para hacerlo más brillante o dejarlo sumido en las tinieblas.

En ocasiones nadie nos lee, en otras causamos conmoción, las más de las veces pasamos inadvertidos salvo para unos cuantos, pero no por ello tienen menos valor nuestras palabras. Si aún pensáis que la escritura es un medio de vida, os equivocáis. Ni aquél que se ha hecho más rico con la escritura es en verdad un escritor. Ser escritor es otra cosa, es algo que nace desde dentro, es más que una obligación apremiante, es la necesidad de comunicar con otros mundos para comprender éste en que habitamos, y eso, es sencillamente inevitable.

Escribir es quizás el acto más importante que podemos llegar a realizar en nuestra vida, tenemos el mismo potencial para conseguir crear como para lograr destruir, pero estoy convencida de que toda aquella acción cuyo poso queda encadenado a la tinta tiene consecuencias para aquél que convoca al poder secreto de las palabras. Escribid para el bien o retened vuestras palabras, de lo contrario, se volverán en contra de vuestro destino.

20 de febrero de 2009

Wilde ante una hoja en blanco


Y es que esto de escribir es lo que tiene, ya lo dijo el maestro:

"No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo".
Oscar Wilde (1854-1900)


De modo que mi más sincera enhorabuena a Eva por la próxima publicación de su libro De la vida y otros viajes, cuya evolución podéis seguir en su blog:



El alma necesita también su alimento. Así que en plan Scarlett O'Hara, con el rábano en la mano diré que no volveré a pasar hambre de literatura nunca más, porque eso sería lo más cercano que se antoja a la muerte.

Sitios que he visitado