Taller Encantado

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20 de enero de 2011

Los jueves escribo IV Variaciones de luz

A veces perdemos la noción del tiempo cuando estamos realizando alguno de esos actos cotidianos que apenas requieren nuestra atención. Por un instante, nos evadimos de la realidad, nos abstraemos totalmente y nos convertimos en esencia pura que viaja sin propósito ni finalidad, no se sabe a dónde ni cómo, ni falta que hace saberlo. Esos momentos, efímeros y puntuales yo los describo como instantes de felicidad plena, que dicen que no existe pero sí, porque te inflaman el corazón, porque te abren el pecho, porque todo lo que ves te parece más bello y más reluciente y porque esa sensación se escapa enseguida, sin avisar y a saber cuándo regresa. Lo que me parece más curioso del asunto es que nos pasamos la vida corriendo de un lado a otro buscando ser felices a través de actividades, empleos, aficiones, lecturas... y al final aparece cuando quiere y por donde vino se va.

Variaciones de luz

Me quedé dormida en el sofá, estaba totalmente agotada y se apoderó de mí un sueño acuciante y denso de esos que te llevan muy lejos en poco tiempo y te devuelven a tu ser muy lentamente. Y al despertar, aún con el sopor pesándome en los párpados y con las extremidades a medio activar ahí estaba el atardecer, descendiendo entre los huecos de las cortinas, reflejándose en las sinuosidades de las paredes y tiñéndolo todo con ráfagas de luces vagas en fuga. Mi cuerpo estaba allí, medio petrificado en el umbral del sueño y la vigilia pero mi mente estaba muy lejos, recorriendo las lomas de los montes sobre un rayo solar ardiente que se funde en la húmeda tierra para dar paso a la noche. Estaba embargada por una sensación de levitación, como si lo material quedara lejos y solo el color y el calor fueran mis guías en aquella revelación de belleza.

18 de noviembre de 2010

Los jueves escribo III Juguemos a ser otros

Meterse en la piel de otra persona o, como dicen los ingleses, tratar de andar en sus zapatos, es bien difícil, sobre todo cuando se trata de alguien querido. En cualquier caso, esa especie de usurpación nos permite reflexionar más sobre lo que nosotros creemos que piensan los demás que sobre lo que realmente pueden llegar a pensar. Solo las personas con una gran capacidad de empatía podrían extraer un resultado semejante a la realidad. Y desde luego, creo que muy pocas, con el paso de los años, y teniendo en cuenta que se trata de recuerdos de infancia, magnificados o pasados por el tamiz de múltiples experiencias, alcanzarán a atrapar el más simple de los pensamientos de esas personas con las que hemos convivido toda la vida pero que no dejan de ser grandes desconocidos.

Juguemos a ser otros

Y cuando abro la puerta ya no soy madre, ya no soy esposa, solo soy yo misma y puedo concentrarme en mi tarea. Soy libre y libre vuela mi pincel por la superficie del lienzo. Juguetones, emergen mil colores, los brochazos desenfrenados, los contornos desenfocados, las rúbricas al pie. Son obras creadas más con el corazón que con la cabeza porque así me lo ha enseñado mi maestro. Él me mostró que pintar no es dibujar y que en la falta de perfección, en el borrón y en la insinuación hay más arte que en toda la perfección del mundo.

Concentrada en mi tarea, puedo dejarme llevar a mundos lejanos, o abstraerme durante horas recreando una textura, un gesto o una nube sintiendo en cada brochazo que algo nuevo emerge y respira: una nueva creación.

Al regresar a casa, todo está como antes, pero no puedo quitarme de encima a mi hija pequeña que habla sin parar mientras me ayuda a preparar la cena. Y es que le encanta el olor a pintura, o eso dice con su media lengua.

4 de noviembre de 2010

Los jueves escribo II "Las tardes azules"

La infancia es un lugar extraño, difuso, algo que queda atrás pero que nos acompaña siempre. Nos sentimos alejados y concernidos a la vez en eso que comenzamos siempre explicando con el cliché "cuando era pequeña...". Aunque a veces hasta nos sonrojamos pensando en nuestra candidez de antaño o esa picardía desenfadada, la verdad es que no dejábamos de ser nosotros. Quizás más nerviosos, más expectantes, más ilusionados y dicharacheros incluso, pero nosotros al fin y al cabo. Ese cúmulo de potencialidades que puebla nuestros recuerdos y a los que desde la distancia nos gusta revisitar, espiar mientras nos preguntábamos qué ha sido de nosotros, por qué hace tanto tiempo que no jugamos es el germen de todo lo que somos ahora, como en este momento somos el germen de lo que seremos más adelante.

Las tardes azules

Me gusta llegar a casa muy cansada, así que aunque vaya corriendo hasta el portal, subo por las escaleras. Y cuando llego a la puerta, llamo al timbre muchas veces y así mi madre sabe que soy yo y viene a abrirme corriendo. Otras veces mi madre deja la puerta medio abierta y entro como un torbellino gritando ¡¡¡Hooola!!! y dando un gran portazo. Mi madre sabe si he tenido un buen día o no solo con oír el timbre de mi voz. Nunca puedo ocultarle nada, por mucho que lo intente.

La comida es el peor momento del día. No me gusta mucho comer cosas que no son dulces. Solo se salvan las croquetas, la tortilla de patatas y los espaguettis. Hay una laaarga lista de cosas que aborrezco: el pescado (menos los boquerones y las sardinas), las setas, las coles... Por eso mis comidas favoritas del día son el desayuno y la merienda. Son los únicos momentos en los que me dejan comer dulces: chocolate, magdalenas, galletas... La hora de la merienda es sobre las seis. Justo un momentito después de que llegue mi padre del trabajo. Siempre es igual: llega papá, voy a darle un gran abrazo y luego viene la merienda y los dibujos animados.

Luego mamá se va a pintar y está mucho tiempo fuera de casa. Mi padre apaga el televisor y ya no me deja ver más dibujos y el tiempo empieza a pasar más despacio hasta que se hace de noche y no tengo ganas de nada, solo de que vuelva mamá. Cuando llega huele muy bien, a pintura y a una cosa que usa para limpiar los pinceles y su cara está fresquita porque viene de la calle. No me deja hurgar en su caja de pinturas, pero reconozco el olor a óleo desde lejos. Sus cuadros son siempre una sorpresa porque se quedan en la escuela y solo al final del curso, cuando se organiza una exposición podemos verlos. A mí me encantan porque usa muchos colores, sobre todo el azul, que es mi color favorito.

29 de octubre de 2010

Los jueves escribo I "Un nombre, un ser"

Escribir entraña su dificultad, escribir sobre uno mismo la duplica, pero puede llegar a ser terapéutico si a tu lado hay más personas con las que puedes hablar, debatir y sobre todo, relacionarte, aunque solo sea con la voluntad de comprender otros puntos de vista, otras formas de guiarse por la vida... Ahora, los jueves escribo, leo y escucho en compañía.

Un nombre, un ser

Nombrar no es sino dotar de existencia, de ahí que nadie pueda tomarse a la ligera la elección de la denominación de quienquiera que nazca a la vida. Lo que no es nombrado, no existe sino en un limbo del que ha de ser rescatado por la alquimia sagrada de la palabra. Rudos o suaves, delicados o resonantes, cortos o largos, de aquí o allá, sencillos o compuestos, nuestros nombres nos acompañarán, marcarán nuestra infancia y hasta dicen, nos atraparán en su sonoridad y sus connotaciones, como el guante se ciñe a la mano.

Mi nombre fue fruto del consenso de mis padres y hermanas, que buscaba un nombre que no se repitiera en la familia y que les sonara "nuevo". Además fue una decisión que hubo de tomarse con cierta premura, puesto que mis padres esperaban un niño. Tanto era así que todas mis sábanas, trajecitos y demás complemento, eran de color azul. Y sin embargo, rebelde hasta el fin, decidí nacer sin colita y David, que habría sido mi nombre, se quedó en el tintero. Así que cuando me presentan a "otro" David, no puedo evitar pensar que es mi tocayo, de algún modo, en una realidad paralela pero no imposible del todo.

Sitios que he visitado