Taller Encantado

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26 de agosto de 2011

Vivir dentro de los libros

De un tiempo a esta parte escribo poco. También duermo poco y hablo bastante menos de lo que solía ser la tónica habitual. Me apetece más escuchar y ver. Me siento más cómoda viviendo dentro de los libros, siendo testigo de historias totalmente ajenas a mí. Navegar por épocas pasadas o futuras, reales o ficticias me proporciona una paz interior que me reconcilia con el momento en el que vivo hoy. Ese escurridizo presente que a veces se torna arcilla impidiendo que fluya el tiempo y que en otras ocasiones se fuga como el viento.


Me siento cómoda en el artificio literario porque detrás de cada frase hay otra persona. Cuando leo entro en íntima comunión con otro ser que sin embargo no deja de ser un completo desconocido y eso es a la vez inquietante y sugerente. Nadie se desnuda más que quien escribe. Y por eso encuentro cada vez menos arrojo para desprenderme de mi intimidad, dejando mis palabras al descubierto.

A medida que cumplimos años perdemos el talento para expresarnos con claridad porque el engranaje de nuestros pensamientos se complica. Percibimos tantos matices y nos volvemos tan tolerantes a todo que la senda de la sencillez se retuerce y nos confunde. Ya no somos capaces de mostrar de forma diáfana casi nada porque no alcanzamos a ver en la maraña de nuestras experiencias, nuestras ilusiones y nuestras contradicciones.

Pero, a pesar de todo, estoy dispuesta a continuar con el reto. A esforzarme por ejercitar el músculo literario y recoger el guante que yo misma me arrojo. Porque pensar es escribir en el aire y ya es hora de que todas esas historias que he dejado que se escabullan de ser fijadas y expuestas a los otros busquen ojos ávidos de breves lecturas o personas a las que les guste ver, escuchar y leer, que no es en suma otra cosa que vivir mil vidas en una.

27 de junio de 2011

La cabra tira al monte I

Pensaba yo que era un tópico, pero nada más lejos: hay tendencias ocultas en nosotros que se despabilan ante el inmenso foco de atracción que hace que gravitemos en torno a él sin apenas darnos cuenta. Un resorte invisible nos impulsa, sin que seamos ni mucho menos conscientes de ello, a encaminar nuestros pasos hacia tal o cual punto del camino. Nos mueve la víscera, no somos capaces de racionalizar nuestros actos sino mucho después de actuar, en el mejor de los casos. Y para entonces solo podremos ver la punta del iceberg, puesto las propias raíces de los deseos están tan imbricadas en nuestra historia personal, en nuestras experiencias previas y en las esperanzas que depositamos en dichos deseos que es imposible rastrearlas.

Así que si un día te ves literalmente absorbida por una obra de arte, o encuentras fascinantes los ojos de la chica que se ha sentado frente a ti en el metro, desiste en tu empeño por encontrar el por qué. Te han atrapado. En algún lugar, en alguna forja del más allá, alguien o algo tuvo la deferencia de crear un vínculo indisoluble que hará que en ciertas ocasiones te subyugue la belleza. O quizás sea cuestión del azar más absoluto, para quien quiera creer en él... sea como fuere cuando tiene uno la fortuna de quedar atrapado es su obligación contarlo y ése es el por qué de este inicio de breves relatos en los que iré describiendo esos momentos tan especiales.

1.- Las librerías
Si tuviera que elegir una tienda en la que vivir, elegiría siempre una librería. En concreto hay una, no diré dónde ni su nombre, que me atrae como un fortísimo imán. Sé que podría pasar allí el resto de mi vida y que por muy larga que fuera no agotaría nunca la lectura. Hay tantos libros nuevos como viejos y seguramente tantas historias que podría vivir cientos de vidas que me son ajenas. Vivir para leer podría ser un objetivo precioso en la vida si pudiera hacerlo y no creo que llegara a cansarme si pudiera navegar a mi antojo entre las diferentes lecturas. Se abre ante cualquiera que entre allí un proceloso mar de tinta preñado de las olas que forman las páginas al pasar. Sería un náufrago dichoso.

20 de enero de 2011

Recomendaciones literarias

Fueron muchos los libros que leí en 2010, algunos de ellos los recomiendo tras leerlos, otros no. De los que recomiendo hay en concreto dos que no terminé de leer... pero no porque no me gusten, sino porque requieren una lectura más pausada, ser degustados de verdad, paladeando cada pasaje, retomándolo de nuevo, en fin, que no hay dos libros que se lean igual ni que te aporten lo mismo. Solo diré que aquellos que me parecen de mala calidad, tambien te dejan un buen poso porque te permiten afinar tu gusto literario, o, lo que es lo mismo, te enseñan a comprender qué es lo que te gusta por medio del contraste. Que no es poco.

Y el 2010 se llevó por delante estos libros de buena factura, en los que merece la pena zambullirse:
-Cometas en el cielo de Khaled Hosseini
-Invisible de Paul Auster
-Sherlock Holmes de Conan Doyle
-La carretera de Cormac McCarthy
-Memorias del Savoy de José Luis Alvite
-Narraciones de Borges
-Lo bello y lo triste de Kawabata
-El doble de Dostoyevski
-Mil soles espléndidos de Khaled Hosseini
-La niña de oro y otros relatos de Francisco Ayala
 
-La isla del día de antes de Umberto Eco
-Escribir es un tic de Francesco Piccolo
-La noche del oráculo de Paul Auster
-El origen de los faraones de Toby Wilkinson
-El tío Petros y la conjetura de Goldbach de Apostolos Doxiadis
-Arte de Yasmina Reza
-Ensayo sobre la ceguera de José Saramago

-La muerte lenta de Luciana B. de Guillermo Martínez
-Tierras de cristal de Baricco 
-El viejo León Tolstoi, un retrato literario de Mauricio Wiesenthal
-El afinador de pianos de Daniel Mason
-Madame Bovary de Gustave Flaubert

-Crimen y castigo de Fiodor Dostoyevski

De todos ellos recomiendo mucho los señalados en malva, por si alguien se anima.

Este año retomamos la tarea, por lo que estas recomendaciones quedan así guardadas y ponemos el contador a cero. La lista de libros por leer no deja de crecer, poco a poco iré contando novedades...

18 de febrero de 2010

Vadeando palabras, silbando arcanos

Dejé de leer a Alvite porque en el mejor de los casos aquello habría derivado en un enfisema de pulmón, (tanto humo se desprendía de aquellas hojas), o peor, aún, en la temible enfermedad de la nostalgia crónica por el patetismo intrínseco del ser humano. A la postre habría terminado escribiendo mi esquela con un Bic azul sin capucha mientras me disolvía irremediablemente en un whisky doble.

Kawabata me acogió con sus serenas narraciones de Primera nieve sobre el monte Fuji, pero aquel idilio tampoco habría terminado bien, el shock de la calma repentina, me habría terminado afectando igualmente y habría palidecido tañendo un arpa lánguida en un rincón, presa en mi kimono gris perla.


Maurits Cornelis Escher (1898-1972)

Borges vino a revolucionarme las neuronas adentrándome en mundos imposibles, aquéllos en los que los sueños remedaban vidas enteras, en los que las personalidades se desdoblan y las ciudades emergen de una simple ensoñación. Decidí quedarme allí más tiempo, y dejar una puerta abierta al aleph para poder contemplar el mundo, a la vez, desde todos los puntos de vista posibles. Con un metafórico cigarro de Alvite en una mano y un libro de haikus en la otra. Es la seducción de la indeterminación más absoluta, el vórtice que es principio y final de todas las cosas; donde contemplaré todo el mundo y todos los mundos posibles, los interiores y los ajenos a mi ser.

31 de marzo de 2009

Cultura de consumo

Trabajar en una confederación de consumidores te da una perspectiva curiosa, aunque quizás de todos conocida de forma transversal de la "cultura de consumo" en la que nos desenvolvemos. Antes que individuos, antes que pensadores, antes que cualquier otra cosa, incluso antes que personas mismas, somos consumidores, en el sentido más voraz del término. Tanto pagas, tanto vales. Es así de mezquinamente real. Todo es objeto de una transacción mercantil.

Sea cual sea el problema que tienes, la sociedad, la empresa, la jerarquía institucional y el sistema te tratarán siempre como un consumidor, que es lo que eres, es lo que soy, es lo que somos. Es en lo que hemos decido comprimir nuestras emociones, nuestras relaciones y nuestra conciencia: en un formulario que habrá de evaluar un funcionario del Estado.

En ocasiones como el día de hoy me gustaría ser un ermitaño perdido en la nada, lejos de todo el mundo, a los márgenes de las constreñidas palabras, que achican invariablemente los sentimientos y lo que nos queda de humanos reducido allá en alguna parte de nuestro cerebro reptiliano.

No sé cuánto tiempo podré seguir representando esta farsa. Cualquier día me meto en un libro a vivir una vida paralela de tinta infinita, puesto que me sugiere mayor libertad el cálido abrazo de las hojas que esta absurda carnalización de la historia.

Sitios que he visitado