Taller Encantado

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6 de abril de 2010

Somos pobres

Estamos perdidos en la inmensidad de las cosas materiales que nos rodean. Esa es la verdad: vivimos para trabajar, para ganar dinero y para gastarlo. La espiritualidad se ha perdido, los valores los hemos tirado por el retrete y hemos tirado de la cadena. Somos egoístas, avariciosos, y unos pobres diablos infelices que no se contentan con nada. Dejamos que nuestros niños se queden embelesados por la pastelosa Hanah Montanah y los atriborramos a cosas que ni siquiera nos piden. Viven ya hartos y aburridos de todo desde bien pequeños. Nada les parece suficiente, siempre piden más. Los mayores somos iguales, no obstante. Pedimos que nos bajen el cielo y cuando lo tenemos entre las manos descubrimos que lo que queremos es lo que está más allá.

¿Sabríamos vivir sin la opulencia que nos rodea? ¿Podríamos desligarnos de "las cosas" y empezar otras búsquedas? Y lo digo al margen de la religión, al margen del dogma. Hablo de comenzar un recorrido más inocente, más sincero. Sin mediadores, sin piedras filosofales, solos nosotros y el mundo. El horizonte al final tras es cual el campo se sigue expandiendo.

Brindo por quienes son capaces de dejarlo todo y de emprender un camino difícil pero no imposible, puesto que, aunque no lleguen nunca a puerto, el propio trayecto merece la pena. Ellos no son pobres de espíritu.

31 de marzo de 2009

Cultura de consumo

Trabajar en una confederación de consumidores te da una perspectiva curiosa, aunque quizás de todos conocida de forma transversal de la "cultura de consumo" en la que nos desenvolvemos. Antes que individuos, antes que pensadores, antes que cualquier otra cosa, incluso antes que personas mismas, somos consumidores, en el sentido más voraz del término. Tanto pagas, tanto vales. Es así de mezquinamente real. Todo es objeto de una transacción mercantil.

Sea cual sea el problema que tienes, la sociedad, la empresa, la jerarquía institucional y el sistema te tratarán siempre como un consumidor, que es lo que eres, es lo que soy, es lo que somos. Es en lo que hemos decido comprimir nuestras emociones, nuestras relaciones y nuestra conciencia: en un formulario que habrá de evaluar un funcionario del Estado.

En ocasiones como el día de hoy me gustaría ser un ermitaño perdido en la nada, lejos de todo el mundo, a los márgenes de las constreñidas palabras, que achican invariablemente los sentimientos y lo que nos queda de humanos reducido allá en alguna parte de nuestro cerebro reptiliano.

No sé cuánto tiempo podré seguir representando esta farsa. Cualquier día me meto en un libro a vivir una vida paralela de tinta infinita, puesto que me sugiere mayor libertad el cálido abrazo de las hojas que esta absurda carnalización de la historia.

Sitios que he visitado