Estamos perdidos en la inmensidad de las cosas materiales que nos rodean. Esa es la verdad: vivimos para trabajar, para ganar dinero y para gastarlo. La espiritualidad se ha perdido, los valores los hemos tirado por el retrete y hemos tirado de la cadena. Somos egoístas, avariciosos, y unos pobres diablos infelices que no se contentan con nada. Dejamos que nuestros niños se queden embelesados por la pastelosa Hanah Montanah y los atriborramos a cosas que ni siquiera nos piden. Viven ya hartos y aburridos de todo desde bien pequeños. Nada les parece suficiente, siempre piden más. Los mayores somos iguales, no obstante. Pedimos que nos bajen el cielo y cuando lo tenemos entre las manos descubrimos que lo que queremos es lo que está más allá.
¿Sabríamos vivir sin la opulencia que nos rodea? ¿Podríamos desligarnos de "las cosas" y empezar otras búsquedas? Y lo digo al margen de la religión, al margen del dogma. Hablo de comenzar un recorrido más inocente, más sincero. Sin mediadores, sin piedras filosofales, solos nosotros y el mundo. El horizonte al final tras es cual el campo se sigue expandiendo.
Brindo por quienes son capaces de dejarlo todo y de emprender un camino difícil pero no imposible, puesto que, aunque no lleguen nunca a puerto, el propio trayecto merece la pena. Ellos no son pobres de espíritu.
¿Sabríamos vivir sin la opulencia que nos rodea? ¿Podríamos desligarnos de "las cosas" y empezar otras búsquedas? Y lo digo al margen de la religión, al margen del dogma. Hablo de comenzar un recorrido más inocente, más sincero. Sin mediadores, sin piedras filosofales, solos nosotros y el mundo. El horizonte al final tras es cual el campo se sigue expandiendo.
Brindo por quienes son capaces de dejarlo todo y de emprender un camino difícil pero no imposible, puesto que, aunque no lleguen nunca a puerto, el propio trayecto merece la pena. Ellos no son pobres de espíritu.
