En todas las casas hay un cajón dedicado a guardar cables y más cables. Herramientas que un día sirvieron para conectar dispositivos entre sí, cargar baterías, alimentar aparatos, permitir transferencias de datos y extraer informaciones en forma de archivos, sonidos o imágenes.
Su función es muy clara y específica en función del puerto de salida y el de entrada de modo tal que resulta imprescindible el uso de uno u otro en base a la tarea requerida. Pero como sucede con todo en esta vida, un buen día, cambiamos de periférico y necesitamos un cable nuevo, que viene a sustituir al anterior que va directamente... ¡al cajón de los cables! Ese pequeño cementerio de la comunicación digital acumula en su interior todo un repertorio de protocolos de diálogo echados a perder... pero ¿a quién le importa? Los ponemos todos juntitos para que se hagan compañía en su desconexión y a seguir comprando nuevos cables condenados a un futuro similar.
Somos crueles sin saberlo con todo aquello que almacenamos en un cajón, relegándolo al olvido pero sin terminar de darle carpetazo. Creadores del limbo de la tecnología, nos erigimos en pequeños dioses déspotas incapaces de comprender hasta que punto somos víctimas de la obsolescencia programada que nos impulsa a seguir fagocitando cada novedad que sale al mercado. ¿O es que necesitamos alimentar los cajones con cosas? ¿Nos satisface llenarles las fauces de objetos inanimados para que sacien su apetito y nuestra necesidad de que "cada cosa esté en su sitio"?
¿Pensamos de veras que son los cables los que nos permiten comunicarnos con el mundo? Pues yo propongo la rebelión: fuera comunicación cableada, volvamos a las conversaciones mirándonos a los ojos, a los apretones de mano, los abrazos y los guiños. Esos no caducan, no generan basura, ni tienen dobleces ni dan lugar a engaños. Solo se almacenan en la memoria y en el corazón, pero sin necesidad de intermediarios, un chute directo y sano al cerebro, una pequeña descarga que no necesitará nunca ese pequeño y horrible lugar en el que se desechan los restos del naufragio: un cajón de cables.
17 de febrero de 2013
El velo
Hay noches en las que el frío solo se aturde con el movimiento. Si estás calado hasta los huesos a lo mejor resulta más difícil, pero qué remedio si estás lejos de casa. Aprietas el paso con la esperanza de que la sangre en movimiento temple tus extremidades ateridas y tratas de concentrarte en una única idea: llegar.
Eso si tienes suerte y algún destino te aguarda. Un techo, un lugar en el que descansar, en el mejor de los casos algún tipo de compañía. Al menos si no te has dado ya por vencido. Puede que te suceda lo mismo que a mí y ya hayas dejado de buscar. ¿Eres de los que ha tirado la toalla? Bienvenido al club. Llegó un momento en el que me di cuenta de una verdad fundamental: estamos solos. No en el sentido físico, puedes tener pareja e hijos, compañeros de piso, una familia... pero no te engañes, estás solo. Te darás cuenta en el momento más inoportuno, puede que en algún momento en el que estés compartiendo tu desierto interior con los otros mientras anestesias los sentimientos de profunda soledad que te atenazan. Intentarás ser positivo y puede que incluso lo consigas...
En otras ocasiones no tendrás tanta fortuna y a lo mejor te darás cuenta de que estás rodeado de cosas que no necesitas y que han venido a llenar espacios y momentos. Excusas sobre excusas para no pensar, para evitar descubrirte a ti mismo lo que en el fondo de tu corazón tan bien sabes.
El hombre solo puede seguir adelante así, como los caballos a los que se les tapan los ojos para que no tengan ocasión de temer a aquello que les rodea. Al igual que ellos somos animales asustados solo que nadie nos ayuda a avanzar y el velo sobre los ojos nos lo tenemos que autoimponer para poder sobrevivir. El problema es que a veces se nos cae y tenemos que enfrentarnos a la verdad. Y duele.
Eso si tienes suerte y algún destino te aguarda. Un techo, un lugar en el que descansar, en el mejor de los casos algún tipo de compañía. Al menos si no te has dado ya por vencido. Puede que te suceda lo mismo que a mí y ya hayas dejado de buscar. ¿Eres de los que ha tirado la toalla? Bienvenido al club. Llegó un momento en el que me di cuenta de una verdad fundamental: estamos solos. No en el sentido físico, puedes tener pareja e hijos, compañeros de piso, una familia... pero no te engañes, estás solo. Te darás cuenta en el momento más inoportuno, puede que en algún momento en el que estés compartiendo tu desierto interior con los otros mientras anestesias los sentimientos de profunda soledad que te atenazan. Intentarás ser positivo y puede que incluso lo consigas...
En otras ocasiones no tendrás tanta fortuna y a lo mejor te darás cuenta de que estás rodeado de cosas que no necesitas y que han venido a llenar espacios y momentos. Excusas sobre excusas para no pensar, para evitar descubrirte a ti mismo lo que en el fondo de tu corazón tan bien sabes.
El hombre solo puede seguir adelante así, como los caballos a los que se les tapan los ojos para que no tengan ocasión de temer a aquello que les rodea. Al igual que ellos somos animales asustados solo que nadie nos ayuda a avanzar y el velo sobre los ojos nos lo tenemos que autoimponer para poder sobrevivir. El problema es que a veces se nos cae y tenemos que enfrentarnos a la verdad. Y duele.
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SOLEDAD
12 de diciembre de 2012
Así son ellas
Qué envidia me dan estas dos preciosidades...
21 de noviembre de 2012
Sacrificio
Hoy, en la inauguración del Festival 4+1, he tenido la ocasión de escuchar con atención las reflexiones de Jonás Trueba sobre el cine de autor, ese término que se escurre entre los dedos como si fuera arena fina cuando tratamos de delimitar sus fronteras semánticas.
De las muchas palabras que han ido apareciendo casi por generación espontánea, enumeradas como un desordenado abecedario, la de sacrificio es una de las que más me han impactado. El artista, renuncia. Siempre lo he pensado: en el caso del cine, de la literatura, de la pintura, de cualquiera de las artes que alguien decidió llamar "menores", el hecho se repite. El artista, renuncia.
¿A qué? Indudablemente, a la vida. El proceso de creación implica la destrucción de una parte del propio autor. Expresarse de forma creativa implica parar, observar, pensar y traducir a otro lenguaje y esta dinámica implica la deceleración del curso vital, una suerte de efímero estatismo que algunos llaman incubación, como si de una fiebre vírica se tratase. Algo hay de cierto en que el autor es un enfermo, en que se libera de su carga cuando consigue sacarla de sí, alumbrarla. Es la sanación milagrosa de la extracción de ese algo diferente que se ha ido pergeñando en su interior. Los autores son almas enfermas que vagan por el mundo tratando de sobrevivir al tiempo de gestación de sus obras.
En el caso de La balada de Genesis y Lady Jaye, la película documental que se ha proyectado inmediatamente después del encuentro con el cineasta, había un claro ejemplo de un artista incapaz de extraer de sí mismo esa pequeña bestia desatada en su interior. Atrapado en una constante necesidad de cambio, el personaje principal se veía superado por su propio torrente generativo, ¿cómo vivir así, en una vorágine autodestructiva?
El artista, renuncia. En este caso, de la forma más representativa posible: declina la invitación a ser él mismo para convertirse en otra persona. ¿No es el amor una excusa para diluir la propia identidad? ¿Acaso se puede amar a otro fagocitándolo? ¿No es la "otredad" lo que nos enamora?
De las muchas palabras que han ido apareciendo casi por generación espontánea, enumeradas como un desordenado abecedario, la de sacrificio es una de las que más me han impactado. El artista, renuncia. Siempre lo he pensado: en el caso del cine, de la literatura, de la pintura, de cualquiera de las artes que alguien decidió llamar "menores", el hecho se repite. El artista, renuncia.
¿A qué? Indudablemente, a la vida. El proceso de creación implica la destrucción de una parte del propio autor. Expresarse de forma creativa implica parar, observar, pensar y traducir a otro lenguaje y esta dinámica implica la deceleración del curso vital, una suerte de efímero estatismo que algunos llaman incubación, como si de una fiebre vírica se tratase. Algo hay de cierto en que el autor es un enfermo, en que se libera de su carga cuando consigue sacarla de sí, alumbrarla. Es la sanación milagrosa de la extracción de ese algo diferente que se ha ido pergeñando en su interior. Los autores son almas enfermas que vagan por el mundo tratando de sobrevivir al tiempo de gestación de sus obras.
En el caso de La balada de Genesis y Lady Jaye, la película documental que se ha proyectado inmediatamente después del encuentro con el cineasta, había un claro ejemplo de un artista incapaz de extraer de sí mismo esa pequeña bestia desatada en su interior. Atrapado en una constante necesidad de cambio, el personaje principal se veía superado por su propio torrente generativo, ¿cómo vivir así, en una vorágine autodestructiva?
El artista, renuncia. En este caso, de la forma más representativa posible: declina la invitación a ser él mismo para convertirse en otra persona. ¿No es el amor una excusa para diluir la propia identidad? ¿Acaso se puede amar a otro fagocitándolo? ¿No es la "otredad" lo que nos enamora?
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autoría,
CINE,
CREACIÓN,
CREADOR,
La balada de Genesis y Lady Jaye
20 de noviembre de 2012
El flechazo
Nunca se sabe cómo puede suceder: salta la chispa, el vello se eriza, la emoción alcanza el clímax y ya somos presas dóciles, deseosas de ser cazadas. Fuera presuposiciones falsas: no es necesario que sea primavera, que los pájaros se arrullen y reverberen los ecos de sus trinos por doquier.
A mí me sucedió un día de perros, en el que la niebla lo engullía todo cubriéndolo de una humedad fría e incómoda. Acaba de quedarme en el paro y sólo deseaba llegar a casa para meterme debajo de una manta a lamerme las heridas. Me sentía vacío y solo y triste y condenado, cuando pasé junto a una librería y la vi... a través de aquel escaparate empeñado, como si fuera una ensoñación, un imposible, una entelequia... la más bella y perfecta: la edición especial de mi novela favorita. De un plumazo desapareció el agujero negro del desamparo en que me había sumido y fui feliz al tomar entre mis manos a mi amada. Se disipó mi soledad y recuperé la esperanza.
A mí me sucedió un día de perros, en el que la niebla lo engullía todo cubriéndolo de una humedad fría e incómoda. Acaba de quedarme en el paro y sólo deseaba llegar a casa para meterme debajo de una manta a lamerme las heridas. Me sentía vacío y solo y triste y condenado, cuando pasé junto a una librería y la vi... a través de aquel escaparate empeñado, como si fuera una ensoñación, un imposible, una entelequia... la más bella y perfecta: la edición especial de mi novela favorita. De un plumazo desapareció el agujero negro del desamparo en que me había sumido y fui feliz al tomar entre mis manos a mi amada. Se disipó mi soledad y recuperé la esperanza.
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LITERATURA
15 de noviembre de 2012
Relaciones de seda
El pensamiento del día, ¿son las relaciones como los gusanos de seda? ¿Nacen, crecen y cuando se reproducen mueren? ¿Son los hijos la prueba final para una pareja?
Hay que admitir que en el reino animal, normalmente los padres palman cuando llegan los hijos. Nosotros, pobres humanos infelices, tenemos que sobrevivir no sólo a su infancia, sino también a su adolescencia, juventud y hasta la madurez. Somos animales desnaturalizados que han perdido el norte por completo.
Con los hijos llegan los desvelos hasta el punto de que nos olvidamos de nosotros mismos. Gran error: es imposible dar a los demás lo que uno no tiene para si mismo. Si no se dedica tiempo a alimentar el alma, se termina siendo un desalmado. No se puede dar amor si no se procura uno el cariño que necesita, como no puede florecer una rosa en páramo yermo.
Antes que padres, somos pareja y antes de eso, hombres y mujeres. Nos conviene mucho no olvidarnos de eso, ni descuidarnos para poder mantener el equilibrio y poder hilar nuestro capullo con la garantía de que la seda, aunque delicada, sea fuerte y resista los embates del tiempo.
Hay que admitir que en el reino animal, normalmente los padres palman cuando llegan los hijos. Nosotros, pobres humanos infelices, tenemos que sobrevivir no sólo a su infancia, sino también a su adolescencia, juventud y hasta la madurez. Somos animales desnaturalizados que han perdido el norte por completo.
Con los hijos llegan los desvelos hasta el punto de que nos olvidamos de nosotros mismos. Gran error: es imposible dar a los demás lo que uno no tiene para si mismo. Si no se dedica tiempo a alimentar el alma, se termina siendo un desalmado. No se puede dar amor si no se procura uno el cariño que necesita, como no puede florecer una rosa en páramo yermo.
Antes que padres, somos pareja y antes de eso, hombres y mujeres. Nos conviene mucho no olvidarnos de eso, ni descuidarnos para poder mantener el equilibrio y poder hilar nuestro capullo con la garantía de que la seda, aunque delicada, sea fuerte y resista los embates del tiempo.
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MATERNIDAD
7 de julio de 2012
Crecer sin guías
Estaba en muy mal estado. Las malas hierbas habían ido colapsando la base y no permitían que llegara allí la luz del sol, de modo que poco a poco se estaban debilitando las raíces cuyo espacio estaba siendo invadido. La única opción para salvaguardar la salud había sido tirar las hojas más bajas y tratar de trepar hacia la luz, pero en aquel esfuerzo, los tallos se habían alargado de tal forma que no habían podido asumir el peso de las carnosas hojas altas, que tan llenas están de agua. Esto las había vencido retorciéndolas en toda clase de piruetas que trataban de darle la fortaleza suficiente para tirar de nuevo hacia arriba. La recompensa: los rayos preciados de sol, el alimento, la calidez de la energía, el motor de la fotosíntesis, el origen de su verdor y la posibilidad de afianzarse.
Así estaba esta mañana mi kalanchoe. La había dejado demasiado tiempo sola, sin mimarla, tan solo regándola lo necesario pero sin prestarle la atención debida. Ahora, ya sin las hojas muertas, con una dosis apropiada de abono, con guías a las que poder agarrarse para alcanzar la luz y en una posición en la que lo hará con una mayor facilidad, la mejoría ha sido notable. Ha recibido los cuidados que necesita para poder tener una mejor calidad de vida, y para poder alimentar esas preciosas flores rojas que tan duraderas y hermosas son.
La pregunta, inevitable, es quién nos quita a nosotros la broza del camino, quién nos ayuda a alcanzar el sustento y nos rescata con sus guías para seguir el camino adecuado. Estamos muy solos. Florecemos en la oscuridad y nos mustiamos sin haber alcanzado la posibilidad de recibir la luz del sol. Quienes hemos descartado la fe de nuestras vidas solo dependemos de nosotros mismos y de quienes nos rodean. La mayor parte del tiempo estas personas desconocen cuáles son nuestros problemas reales, nuestras necesidades o siquiera nuestras aspiraciones. ¿Cómo ayudarnos entonces? ¿Podremos alcanzar a base de esfuerzo y dedicación el aire limpio, respirarlo y seguir adelante sin dejarnos morir o agonizaremos por carencia de alimento? En el caso de mi kalanchoe estaba muy claro lo que necesitaba, ¿qué necesitas tú para vivir? ¿Qué necesito yo?
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AYUDA,
NATURALEZA,
SOLEDAD
6 de julio de 2012
Palabras a desterrar de mi diccionario I: INDOLENCIA
La indolencia es una forma cruel de relacionarse con el entorno. Presupone una anestesia cerebral que te priva de la capacidad empática hacia quienes te rodean. Te permite ver el dolor en la cara de los demás, y no sentir nada. Mirarles a los ojos tras herirles y no sentir nada. Ver que todo se va al garete y no sentir nada. Nada de nada.
No sentir nada es lo más parecido que encuentro a estar muerto en vida.
La indolencia te lleva a despreocuparte tanto que el futuro ya no tiene importancia. El proyecto de vida se ahoga en la inmediatez del "aquí y ahora" y te permite robar, hacer daño, pasar por encima de todo, sin temer por las consecuencias. Te dota de una valentía profundamente cobarde, te infunde un poder ficticio según el cual todo es posible sin que el precio importe. ¿A quién le importa si lo pagará otro?
El indolente es estático, inconmovible, ajeno a lo que le rodea por más próximo que esté a sí mismo. El indolente llega a despreocuparse incluso de sí mismo, al menos en el plano ético. Nada le llega dentro porque dentro no tiene sino un vacío inmenso.
¿Es la indolencia marca de fábrica o se va rumiando con el paso de los años hasta hacer digerible cualquier cosa? ¿Qué hay que hacer para llegar a ser así? ¿Qué experiencias en la vida te privan de la capacidad de compadecerte del sufrimiento de los demás, de preocuparte por tu futuro, de asumir la responsabilidad de tus acciones?
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anestesia,
INDOLENCIA
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