Taller Encantado

English cv French German Spain Italian Dutch Russian Portuguese Japanese Korean Arabic Chinese Simplified

20 de enero de 2011

Recomendaciones literarias

Fueron muchos los libros que leí en 2010, algunos de ellos los recomiendo tras leerlos, otros no. De los que recomiendo hay en concreto dos que no terminé de leer... pero no porque no me gusten, sino porque requieren una lectura más pausada, ser degustados de verdad, paladeando cada pasaje, retomándolo de nuevo, en fin, que no hay dos libros que se lean igual ni que te aporten lo mismo. Solo diré que aquellos que me parecen de mala calidad, tambien te dejan un buen poso porque te permiten afinar tu gusto literario, o, lo que es lo mismo, te enseñan a comprender qué es lo que te gusta por medio del contraste. Que no es poco.

Y el 2010 se llevó por delante estos libros de buena factura, en los que merece la pena zambullirse:
-Cometas en el cielo de Khaled Hosseini
-Invisible de Paul Auster
-Sherlock Holmes de Conan Doyle
-La carretera de Cormac McCarthy
-Memorias del Savoy de José Luis Alvite
-Narraciones de Borges
-Lo bello y lo triste de Kawabata
-El doble de Dostoyevski
-Mil soles espléndidos de Khaled Hosseini
-La niña de oro y otros relatos de Francisco Ayala
 
-La isla del día de antes de Umberto Eco
-Escribir es un tic de Francesco Piccolo
-La noche del oráculo de Paul Auster
-El origen de los faraones de Toby Wilkinson
-El tío Petros y la conjetura de Goldbach de Apostolos Doxiadis
-Arte de Yasmina Reza
-Ensayo sobre la ceguera de José Saramago

-La muerte lenta de Luciana B. de Guillermo Martínez
-Tierras de cristal de Baricco 
-El viejo León Tolstoi, un retrato literario de Mauricio Wiesenthal
-El afinador de pianos de Daniel Mason
-Madame Bovary de Gustave Flaubert

-Crimen y castigo de Fiodor Dostoyevski

De todos ellos recomiendo mucho los señalados en malva, por si alguien se anima.

Este año retomamos la tarea, por lo que estas recomendaciones quedan así guardadas y ponemos el contador a cero. La lista de libros por leer no deja de crecer, poco a poco iré contando novedades...

Los jueves escribo IV Variaciones de luz

A veces perdemos la noción del tiempo cuando estamos realizando alguno de esos actos cotidianos que apenas requieren nuestra atención. Por un instante, nos evadimos de la realidad, nos abstraemos totalmente y nos convertimos en esencia pura que viaja sin propósito ni finalidad, no se sabe a dónde ni cómo, ni falta que hace saberlo. Esos momentos, efímeros y puntuales yo los describo como instantes de felicidad plena, que dicen que no existe pero sí, porque te inflaman el corazón, porque te abren el pecho, porque todo lo que ves te parece más bello y más reluciente y porque esa sensación se escapa enseguida, sin avisar y a saber cuándo regresa. Lo que me parece más curioso del asunto es que nos pasamos la vida corriendo de un lado a otro buscando ser felices a través de actividades, empleos, aficiones, lecturas... y al final aparece cuando quiere y por donde vino se va.

Variaciones de luz

Me quedé dormida en el sofá, estaba totalmente agotada y se apoderó de mí un sueño acuciante y denso de esos que te llevan muy lejos en poco tiempo y te devuelven a tu ser muy lentamente. Y al despertar, aún con el sopor pesándome en los párpados y con las extremidades a medio activar ahí estaba el atardecer, descendiendo entre los huecos de las cortinas, reflejándose en las sinuosidades de las paredes y tiñéndolo todo con ráfagas de luces vagas en fuga. Mi cuerpo estaba allí, medio petrificado en el umbral del sueño y la vigilia pero mi mente estaba muy lejos, recorriendo las lomas de los montes sobre un rayo solar ardiente que se funde en la húmeda tierra para dar paso a la noche. Estaba embargada por una sensación de levitación, como si lo material quedara lejos y solo el color y el calor fueran mis guías en aquella revelación de belleza.

Este año no lo olvidareis fácilmente

¿Por qué? Porque estamos viviendo un cambio de paradigma. Hoy he sentido ese pálpito de forma brutal cuando me he dado cuenta de que las cosas están transformándose delante de nuestros ojos. Estas transiciones son especialmente duras para los individuos que las soportan, máxime cuando no son conscientes de ello, así que atentos, el mundo está cambiando delante de nuestros ojos y ese cambio está fuera de nuestro alcance totalmente.

Muchos de los conceptos que estamos hartos de escuchar van a quedar obsoletos, muchas de las viejas fórmulas van a ir a parar directamente a la basura y es que nos hemos dado cuenta ¡al fin! de que los recursos con los que contamos no son infinitos, que no podemos ser unos inconscientes vagando por el mundo sin ser responsables del del impacto de nuestros actos y que, a la postre, todo el daño y los estragos que hagamos a nuestro alrededor va a repercutir directamente no en generaciones venideras, sino en nuestra propia calidad de vida: es decir, el boomerang va a retornar al origen.

No es fácil desprenderse de los viejos hábitos ni salir de una espiral de acciones que veníamos desarrollando impunemente, al margen de la comunidad y en pro única y exclusivamente de la satisfacción individual y del egoísmo más primitivo que por otra parte no nos ha llevado más que al despilfarro y a la búsqueda de una falsa felicidad tan efímera como las fugaces acciones de consumo en que se basa.

Pero lo peor, sin duda es la posición de "los otros", todos aquellos que están creciendo pensando que nuestro modelo es el que deben imitar, sin darse cuenta de que están reproduciendo los mismos errores pero a una escala exponencial. Comer o ser comido. Y en éstas nos estamos devorando todos, porque si el pez grande se come al chico ¿qué comerá mañana, cuando no haya más peces chicos que engullir?

Va a ser un año duro, vamos a pasarlo mal, pero si sabemos presionar en los lugares adecuados podremos romper la inercia destructiva que nos llevaba hasta hace tres días a actuar como si no hubiera un mañana ¡y vaya si lo hay!

20 de diciembre de 2010

No es tan malo ser mujer

Y lo dice alguien que lleva renegando del género femenino media vida, no porque odie a las mujeres o porque no sienta cierto orgullo de ser una, sino por la abundante cantidad de ejemplos diarios que nos ponen en cuestión por el hecho de no tener pene. Por tener que demostrar que podemos pensar y estar buenas a la vez, o que no es incompatible el tinte con el pensamiento crítico. En fin, media vida con la coraza puesta para descubrir un día de la manera más tonta que no es tan malo ser mujer, que al menos te da ciertas libertades frívolas como la de poder ponerte una bata con pompones o un gorro rosa fucsia. Y que esa sensación, produce algo de placer. Es bonito poder echarle el morro suficiente para poder ir hecha una petarda como Lady Gaga y que te nombren la mejor vestida del año, aunque sea a golpe de filetes. Tendrá que nacer un nuevo Tino Casal para que el género masculino se subleve y se atreva a colgarse patas de gallo. Entre tanto, aparte de fetiches eternamente castigados a parecer jóvenes y las mujeres podemos tener la jeta de ponernos unas botas de leopardo con una chupa de camuflaje y ya ni siquiera crearemos polémica. Es algo de lo que hay que alegrarse y, es más, propongo que al menos una vez al año nos liemos la manta a la cabeza y nos demos el gustazo de disfrazarnos, no de poli o de bruja sino de lo que realmente nos gusta. Y que el mundo nos mire con desesperación: somos mujeres y podemos permitírnoslo. No todo iban a ser pegas, tenemos patente de corso para ser abiertamente horteras y, lo mejor del asunto es que ya nadie puede definir qué es ser hortera...

8 de diciembre de 2010

Una carta inesperada I

Llovía a cántaros, pero tenía que sacar a Luna a pasear. Malditas las ganas que tenía de hacerlo, pero el pobre animal tenía ciertas necesidades que satisfacer y prefería que no lo hiciera en la alfombra del salón. De modo que con toda la pereza del mundo, me enrollé en una enorme bufanda que me cubría las orejas y medio rostro por completo y me dispuse a salir a la calle, con los dos grados bajo cero que acechaban fuera amenazando mi fuerza de voluntad.

El paseo fue breve puesto que el viento y una fina capa de nieve hacían verdaderamente desagradable estar en la calle. Llamé al ascensor mientras acariciaba el húmedo pelaje de Luna, aliviada al fin, cuando pensé que llevaba varios días sin mirar el buzón, desde el miércoles quizás. No me equivocaba: estaba hasta arriba, incluso varios panfletos publicitarios comenzaban a salirse por la abertura. Traté de cogerlo todo con una sola mano, pero Luna tiraba de la correa viendo que el ascensor ya estaba allí, así que el correo quedó esparcido por el suelo.

Fue entonces cuando vi su carta por primera vez. Era imposible no verla. Estaba entre recibos del banco, facturas variopintas y esa interminable ristra de folletos de establecimientos de comida rápida que parecen querer aprovecharse de los momentos de guardia baja. Como siempre, el sobre era azul y la letra de Ariadna se mostraba casi perfecta, en trazos largos y firmes que acusaban un indescriptible esmero en su plasmación. Ella era así, siempre se esforzaba al máximo y nunca era suficiente, quizás por eso necesitaba llegar hasta el final de las cosas, cualquiera que fuera el precio a pagar.

No me gustó ver su carta, no me gustó que mi mente conjurara sus manos cuando éstas se deslizaban entre libros y papeles y, sobre todo, no me gustó el inmenso vacío que sentí al recordar la punzada de su ausencia. Era como encontrarme cara a cara con mi antítesis. Mi caos frente a su orden, mi pereza frente a su capacidad de trabajo. Me sentí tan desbordado e incapaz como siempre. Agarré como mejor puede el correo y lo subí a casa. Llamé a Casa Ming para pedir tallarines con setas y pato laquedo y decidí no pensar en ella ni un minuto más. Después de hartarme a comer, me quedé dormido viendo un programa que no me interesaba en absoluto y así llegó la noche y pasaron varios días. 

Esta mañana, me han llamado del banco para decirme que habían cargado una cantidad inusual en mi cuenta, así que he repasado los últimos recibos. Entre ellos, estaba de nuevo la misiva y la curiosidad ha sido más fuerte. Ojalá nunca hubiera abierto ese sobre. Ojalá.

18 de noviembre de 2010

Los jueves escribo III Juguemos a ser otros

Meterse en la piel de otra persona o, como dicen los ingleses, tratar de andar en sus zapatos, es bien difícil, sobre todo cuando se trata de alguien querido. En cualquier caso, esa especie de usurpación nos permite reflexionar más sobre lo que nosotros creemos que piensan los demás que sobre lo que realmente pueden llegar a pensar. Solo las personas con una gran capacidad de empatía podrían extraer un resultado semejante a la realidad. Y desde luego, creo que muy pocas, con el paso de los años, y teniendo en cuenta que se trata de recuerdos de infancia, magnificados o pasados por el tamiz de múltiples experiencias, alcanzarán a atrapar el más simple de los pensamientos de esas personas con las que hemos convivido toda la vida pero que no dejan de ser grandes desconocidos.

Juguemos a ser otros

Y cuando abro la puerta ya no soy madre, ya no soy esposa, solo soy yo misma y puedo concentrarme en mi tarea. Soy libre y libre vuela mi pincel por la superficie del lienzo. Juguetones, emergen mil colores, los brochazos desenfrenados, los contornos desenfocados, las rúbricas al pie. Son obras creadas más con el corazón que con la cabeza porque así me lo ha enseñado mi maestro. Él me mostró que pintar no es dibujar y que en la falta de perfección, en el borrón y en la insinuación hay más arte que en toda la perfección del mundo.

Concentrada en mi tarea, puedo dejarme llevar a mundos lejanos, o abstraerme durante horas recreando una textura, un gesto o una nube sintiendo en cada brochazo que algo nuevo emerge y respira: una nueva creación.

Al regresar a casa, todo está como antes, pero no puedo quitarme de encima a mi hija pequeña que habla sin parar mientras me ayuda a preparar la cena. Y es que le encanta el olor a pintura, o eso dice con su media lengua.

4 de noviembre de 2010

Los jueves escribo II "Las tardes azules"

La infancia es un lugar extraño, difuso, algo que queda atrás pero que nos acompaña siempre. Nos sentimos alejados y concernidos a la vez en eso que comenzamos siempre explicando con el cliché "cuando era pequeña...". Aunque a veces hasta nos sonrojamos pensando en nuestra candidez de antaño o esa picardía desenfadada, la verdad es que no dejábamos de ser nosotros. Quizás más nerviosos, más expectantes, más ilusionados y dicharacheros incluso, pero nosotros al fin y al cabo. Ese cúmulo de potencialidades que puebla nuestros recuerdos y a los que desde la distancia nos gusta revisitar, espiar mientras nos preguntábamos qué ha sido de nosotros, por qué hace tanto tiempo que no jugamos es el germen de todo lo que somos ahora, como en este momento somos el germen de lo que seremos más adelante.

Las tardes azules

Me gusta llegar a casa muy cansada, así que aunque vaya corriendo hasta el portal, subo por las escaleras. Y cuando llego a la puerta, llamo al timbre muchas veces y así mi madre sabe que soy yo y viene a abrirme corriendo. Otras veces mi madre deja la puerta medio abierta y entro como un torbellino gritando ¡¡¡Hooola!!! y dando un gran portazo. Mi madre sabe si he tenido un buen día o no solo con oír el timbre de mi voz. Nunca puedo ocultarle nada, por mucho que lo intente.

La comida es el peor momento del día. No me gusta mucho comer cosas que no son dulces. Solo se salvan las croquetas, la tortilla de patatas y los espaguettis. Hay una laaarga lista de cosas que aborrezco: el pescado (menos los boquerones y las sardinas), las setas, las coles... Por eso mis comidas favoritas del día son el desayuno y la merienda. Son los únicos momentos en los que me dejan comer dulces: chocolate, magdalenas, galletas... La hora de la merienda es sobre las seis. Justo un momentito después de que llegue mi padre del trabajo. Siempre es igual: llega papá, voy a darle un gran abrazo y luego viene la merienda y los dibujos animados.

Luego mamá se va a pintar y está mucho tiempo fuera de casa. Mi padre apaga el televisor y ya no me deja ver más dibujos y el tiempo empieza a pasar más despacio hasta que se hace de noche y no tengo ganas de nada, solo de que vuelva mamá. Cuando llega huele muy bien, a pintura y a una cosa que usa para limpiar los pinceles y su cara está fresquita porque viene de la calle. No me deja hurgar en su caja de pinturas, pero reconozco el olor a óleo desde lejos. Sus cuadros son siempre una sorpresa porque se quedan en la escuela y solo al final del curso, cuando se organiza una exposición podemos verlos. A mí me encantan porque usa muchos colores, sobre todo el azul, que es mi color favorito.

3 de noviembre de 2010

De aires y ánimas

Un Día de Todos los Santos diferente. Menos festivo, más reflexivo, pero siempre en compañía de los seres queridos, recordando a los que no están ya. Recorriendo sus rostros en las fotografías para dejar impresa su huella en nuestra retina. Atrapando cada gesto, rememorando su risa. Las cosas que les gustaban y las que no, su forma de hacer las cosas, su ropa, su olor. Aprendiendo a vivir con un vacío. Interpretando el silencio de los demás para saber cuándo compartirlo y cuándo romperlo. Recibiendo el cariño de mucha gente, algunos de forma muy íntima, otros mucho más bulliciosos, pero todos unidos por un desencuentro, por una fría lápida a la que se le insufla el calor humano poblándola de flores.


Día de gran emotividad, con los nervios a flor de piel; luego ya en el calor del hogar, presentados los respetos podemos descansar, recordar, revivir, con una sonrisa. Es lo que ocurre con las personas buenas que no han ido sino sembrando el respeto y la admiración con cada acción y con cada palabra. Ojalá que seamos dignos de estar en las mentes y los corazones de los demás tanto como los que se nos han ido.

Sitios que he visitado