Taller Encantado

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6 de abril de 2011

Réquiem por una maleta

Mi pequeña Paike me ha acompañado durante muchos, muchos años. Es una pequeña maleta marca nisu, que no recuerdo si fue un regalo o si directamente fue comprada en Alcampo, como tantas otras cosas a las que uno no les presta especial importancia porque son eminentemente prácticas. Fuera como fuese, llegó a mi vida para llenarse de mis cosas. Su función era sencilla: albergar pequeños pedazos materiales de aquello que me resultaba indispensable cuando salía de viaje. Desde la muda limpia a un buen libro, desde la guía de viajes hasta los regalitos para la familia. Todo ese pequeño continente derramaba identidad, y, si se hubiese perdido en alguna ocasión, no me cabe duda de que un fragmento de mí se habría ido para siempre, como se desprenden los satélites de los astros, para gravitar en torno a ellos sin volver a tocarlos de nuevo.

Así, esa boca verde delimitada por múltiples bolsillos engulló gustosa mis pertenencias cuando visité las pirámides de Egipto y cuando recorrí Irlanda. Estuvo a mi lado en Italia y en todos los pequeños viajes por la Península que se fueron sucediendo durante mi adolescencia. También me acompañó cuando viajé a Turquía a contemplar el baile de los derviches girovagos y cuando escuché fado por primera vez en una taberna lusa. Refugió mis miedos e inseguridades cuando visité por trabajo Bélgica y fue mi aliada cuando Alemania, Austria y Hungría se abrieron ante mis ojos. En Siria padeció la rotundidad del sol con estoica fortaleza y en Jordania fue testigo de mi devoción por Petra, siendo el nido de mis recuerdos más preciados. Siempre más llena de objetos y experiencias a la vuelta, mi pequeña maleta, plena y rebosante, regreseaba obediente a su destino final: mi hogar.

Alguna vez la oí quejarse, cuando sus pequeñas rueditas, ya desgastadas, chirriaban levemente al contacto con el suelo y pensaba, orgullosa, que me estaba prestando un gran servicio y que los años apenas pasaban por ella. Y sin embargo, el día en que dejara de ser operativa, tenía que llegar y llegó recientemente, para mi desdicha. El asa se rompió, como si fuera de papel, al recogerla de la cinta del equipaje... tantos años han pasado por ella siendo mi silenciosa compañera, que ya creía que siempre estaría ahí.

No importa, pequeña, seguirás formando parte de mi vida en el altillo de mi cuarto y albergarás, como siempre has hecho, aquellas posesiones que me inspiren buenos recuerdos, porque siempre apareciste para trérmelos a las mientes y eso no tiene precio.

23 de junio de 2010

Caminos

Caminos que se cruzan, se abandonan, se anhelan, se retoman. Caminos que preceden a inmensas travesías, senderos en los que desembocan los caminos que apenas se empezaron a distinguir entre la fronda.

Hay muchos caminos. Unos quedan vedados por el tiempo o los obstáculos, otros se abren francos resultando irresistibles. Si en ocasiones parecen tenebrosos y temibles no menos cierto es que hay otros de ensueño que querríamos recorrer una y otra vez. Sin duda los peores son aquellos en los que no nos atrevemos a adentrarnos... retumban durante el resto de nuestras vidas en nuestras sienes los ecos de los pensamientos que retornan a aquel instante preciso ¿a dónde nos habrían conducido?

Como obligados viajeros de la vida que somos el arrojo nos es imprescindible para poder avanzar. Y eso conlleva elegir. Dichoso el que es libre para poder hacerlo.
O no. Las bifurcaciones y las desembocaduras en mil brazos son la desgracia de los irresolutos como yo misma, siempre perdida y siempre buscando. Pero en cualquier caso, no saber a dónde me dirijo me resulta tan estimulante como aterrador y es ese miedo visceral es que al final tiene el poder de salvarnos de la comodidad y la indolencia.

9 de marzo de 2010

Ver a través de otros ojos

Cuando visitas un lugar, por más que lo hagas en un viaje relámpago, algo queda de ti en él y de él en ti. Una estrecha comunión, un lazo especial. Es como si a raíz de ese encuentro, la tierra despertara ante tus ojos, tus oídos despertaran al oír su nombre e inevitablemente sus tristezas y tus alegrías sean las suyas.

Por eso sostengo que solo se ama lo que se conoce. Ese amor etéreo por lo que podría haber sido no es sino una proyección de nuestros deseos y por tanto una holografía de lo que ya está dentro de nosotros.

Conocer algo requiere la presencia, el contacto, el ejercicio sanísimo de la empatía que te lleva a ver a través de otros ojos.

Hay quienes no comprenden esto en absoluto. Pasan por los lugares sin ver. Miran, pero se quedan en la superficie de las cosas, son incapaces de penetrarlas para extraer de ellas su esencia. Ellos no pueden llegar jamás a sentirse parte de un lugar, y cuando regresen de él, no se dolerán por las desgracias que allí acontezcan ni sentirá sus logros como propios, ni felicidad toda vez que tenga lugar un suceso positivo.

Otros no tienen ocasión de beber las luces de otros cielos ni acariciar los aromas de inciensos lejanos, sin embargo, comprenden. Porque se han preocupado de recrear en sus mentes a las gentes que habitan en otros mundos y han conversado con sus templos centenarios. Con ellos viajar es posible sin moverse del sitio en el que están, son los mejores compañeros que uno pueda imaginar.

3 de marzo de 2010

Nosotros

Los que vivimos divididos, a medio camino de ninguna parte. Los que nos sentimos desarraigados, pasajeros de trenes invisibles que nos conducen quién sabe a qué lugar. Los que nos despertamos pero seguimos soñando, siempre con el pensamiento un poco más allá de acá.

Nosotros, que no sabemos si vamos o venimos, que no estamos de vuelta de todo, sino más bien siempre yendo y viniendo. Los que nos perdemos en el infinito azul de un cielo inabarcable tanto o más que en la diminuta pequeñez de la partícula más ínfima que puede desentrañar nuestra pupila... nosotros, digo, somos afortunados. Porque podemos perdernos en los recovecos de un poema a medio garabatear en una servilleta de bar, abandonarnos a la contemplación de la belleza más absoluta inscrita en la mirada de un joven mohíno, o sencillamente experimentar el dulce éxtasis del Síndrome de Stendhal rozando las estrellas con la punta de los dedos.

Merece la pena no pertenecerle sino al devenir del tiempo, ser conscientes de nuestra finitud y nuestra insignificancia, porque eso es lo que nos hace sentir esa maravillosa sensación de alborozo y exquisito desasosiego, enamorados de la vida, esperando en calma su fin.

18 de agosto de 2009

Una excursión en globo

Se subió en un globo rojo enorme. Su panza estaba recostada sobre él de modo que parecía abrazarlo, soñoliento. Al cabo de cinco minutos se había dormido. No echaba una cabezada, qué va, había caído en un sueño de esos de los que es tan difícil salir y que te dejan dormidos los brazos y las piernas. El globo comenzó a ascender al principio despacio, luego muy muy deprisa. El viento hizo que su flequillo se revolviera y las cosquillas en la punta de la nariz le fueron desperezando. Cuando consiguió entreabrir los ojos, no pudo creer lo que veía a través de sus gafas: atravesaba a toda velocidad mantos de nubes frescas blancas, azuladas y rosadas, y a su derecha el disco dorado se precipitaba hacia el valle verde extinguiendo sus últimas luces irisadas sobre las cuestas y los campos en flor.


Ups... comenzaba a escurrirse por la pendiente del globo... cuando pudo mirar a través de él, sorprendió los altos olmos recortados sobre la incipiente oscuridad de la noche y se preguntó... ¿dónde caeré? Se precipitaba inevitablente hacia abajo, caía y caía hasta que ¡¡choofff!! llegó a su destino final, el estanque. Cuando le fue posible se encaramó sobre la hoja de un nenúfar y allá a lo lejos, distinguió al globo rojo hasta que fue un punto para desaparecer después. Es el trayecto más largo que se le conoce a uno de los duendes-melocotón. Son unos seres cuya piel aterciopelada y aroma característico es similar al de la apetitosa fruta. Las ninfas del agua les pusieron ese nombre cuando fueron creados en la marmita sagrada. A nuestro amigo le costó mucho trabajo que sus padres le creyeran, porque llegó tarde a cenar, y estaban preocupados por él, pero la aventura mereció la pena. Ahora pinta todo lo que vió desde las alturas a menudo. Y a veces sueña que sigue entre las nubes oteando el horizonte y preguntándose ¿dónde caeré?

13 de julio de 2009

La torre de Babel

En cifras, para hacerlo más inteligible;

*Fueron 24 horas de curso en 72 horas de estancia, 14 nacionalidades representadas en 22 personas con 7 profesionales encargados de la formación.

*Durante el viaje hablé 3 idiomas aunque claro está escuché muchos más puesto que cada uno hablaba con sus compatriotas en su lengua natal.

*Se comía a las 12:30, se cenaba a las 19:30 y a las 9 no había ya apenas gente por la calle.

*Además del curso, he paseado una media de aprox. 4 horas diarias por la ciudad. Me han encantado los conjuntos escultóricos que presiden parques y edificios y me ha dejado boquiabierta el tamaño del Atomium, yo pensaba que era más pequeño...

*La habitación, en un hotel de 4 estrellas que estaba al lado del Parlamento Europeo, tenía 33 metros cuadrados, WIFI, TV de alta resolución y un baño como mi habitación... sob!

*Comí ingentes cantidades de delicioso chocolate belga (y descubrí las orangettes, trocitos de naranja confitada recubiertos de delicioso chocolate belga); pero tan solo degusté dos helados (maravilosos, por cierto, muy cremosos...). Lo mejor: las trufas Godiva de frambuesa y las fresas bañadas en... sí, ¿cómo lo has adivinado?... delicioso chocolate belga.

*Lo mejor del viaje: la experiencia, la compañía y el delicioso chocolate belga. También el silencio, la calma, la puntualidad y la voluntad de la gente de hacer las cosas bien, que siempre es de agradecer.

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7 de enero de 2009

Suspensión

Dejar que el cuerpo se hunda en agua caliente, cerrando los ojos y abandonando el cuerpo, es una de las experiencias más placenteras del mundo.

Éstas fueron las palabras del sabio que habita en la morada de los libros. Yo, una menuda hadita de ojos saltones y voz cantarina, nunca habría podido experimentar esa sensación, ya que, como podrás imaginar, si mis alas se mojan el peso me impide levantar el vuelo. Y eso sería nefasto para mantener mi identidad a salvo. ¿Imaginas que no pudiera huir cuando los ojos de un niño retroceden a asegurarse de que me han visto? Perderían toda su ilusión si comprendieran que ciertos seres efectivamente existimos, necesitamos el halo de la clandestinidad para alimentarnos de la fantasía y la imaginación de cuantos creen en la magia.

Eso fue lo que me hizo comenzar un largo viaje, en el que tuve que superar numerosos obstáculos. El sabio me dijo que la felicidad era el perfecto sinónimo de la ausencia de miedo. Y mi terror visceral a ser vista o descubierta por ojos indiscretos sólo podría disiparse alcanzando el Valle de Las Aguas Tranquilas. No era precisamente fácil llegar allí, por eso se considera una zona segura. Tras atravesar el Camino de los Gnomos Tardones (tras dos meses de agotadora parsinomia), pude acceder al Bosque de los Castaños Milenarios, que con sus interesantes pero interminables historias me mantuvieron ocupada una eternidad incuantificable... hasta que al fin mis pasos y mis cortos vuelos me llevaron a la Senda de las Mariposas. Ellas me acompañaron gran parte del camino contándome la historia de dos amantes que se unieron para siempre en aquella senda y otras muchas sobre pillos y tesoros. Y tras atravesar la Gruta de los Ecos Sin Fin y superar el Paso de las Sirenas Silenciosas pude al fin llegar a la última barrerar: la Puerta de las Tres Adivinanzas. Allí, gracias a mi viaje pude contestar cuáles eran las hazañas del Conde de Guirmendinuf (me has contó uno de los castaños milenarios), cuáles eran los nombres de los amantes unidos en la Senda de las Mariposas (mis aladas amigas me habían relatado todos los detalles de aquella aventura) y cuál era la condena de las sirenas que, por chismosas fueron castigadas a permanecer en silencio para siempre.

Y al abrirse aquella enorme puerta allí estaba mi sagrado descanso, libre de toda pena, cuánta razón tenía el sabio: dejar que el cuerpo se hunda en agua caliente, cerrando los ojos y abandonando el cuerpo, es una de las experiencias más placenteras del mundo.

Sitios que he visitado