Asthon Evans comenzó su carrera de escritor de la manera más fortuita que pueda imaginarse. Cuando más desesperado estaba buscando sustento, y por agarrarse a un clavo ardiendo, aceptó escribir en una revista francesa específicamente enfocada al público femenino. A decir verdad, la oferta la recibió vía Internet y, francamente, daba la sensación de que tenían verdadera prisa por cubrir el puesto. Sabía que nunca le aceptarían si decía que era un hombre, lo que tenía sentido, ya que efectivamente tendría que escribir sobre depilaciones, productos de belleza y un variado etcétera que le hacía sentir auténtico vértigo. Sin embargo, Asthon necesitaba trabajar a toda costa, no os imaginais cuan tormentosa era su vida en aquel preciso momento. Por fortuna tenía familia en viviendo en Dijon y se defendía bastante bien a nivel escrito en francés, de modo que se "fabricó" una carta de recomendación e inventó una nueva identidad. Delphine Beauvoir le pareció un nombre fantástico y a partir de ese momento, ya todo era coser y cantar. Llegó al acuerdo de que las nóminas las cobrara su agente literario, un tal A. Evans y se afanó en cada artículo dando lo mejor de sí mism"a". Al cabo de unos meses Evans se dio cuenta de que debía construir su personaje dotándole de un mayor realismo si concebía cómo era físicamente, qué cosas le gustaban, etc. Y es que debía ser coherente en sus valoraciones y tener una identidad determinada para no salirse de los raíles. Esto no era en absoluto sencillo porque ¿quién sabe cómo demonios piensa una mujer? La inspiración final partió de esa pregunta. Puesto que no tenía ni idea de cómo era una mujer, fabricaría una super-mujer, un ideal femenino hipersexuado y dotado de todo cuanto él carecía. Si sus rasgos eran fuertes y su vello oscuro, ella tendría rasgos dulces y carecería de vello. Si él era de anchas espaldas, bajito y con entradas, ella sería de constitución más bien fina, alta y con una estupenda melena de cabello ondulado y brillante. Si a él le entusiasmaban los deportes y la cocina casera, ella detestaría ambas cosas, siendo una mujer cosmopolita asidua a restaurantes cordon bleu. Si él era más bien un fracasado en la vida y en el amor, ella sin embargo sería una flamante triunfadora a nivel profesional y social, resultándole arrebatadora a cualquier hombre a quien se propusiera conquistar. Pasado un tiempo, Evans se sentía más cómodo refiriéndose a sí mismo como Delphine, pensando como ella, sintiéndose como ella, y sobre todo, cosechando sus éxitos y alimentando sus bagatelas. Ya no quería ser un hombre, ya no quería ser él mismo. Su pseudónimo le había atrapado.
13 de febrero de 2011
9 de febrero de 2011
Terrores urbanos
Marcos era diferente. Pasaba mucho tiempo hecho un gurruño en su habitación, con la espalda apoyada en la pared diáfana, de la que no colgaban ni pósters, ni calendarios, ni nada. Sabía que tenía que salir de su cuarto y, peor aún, de su casa, para hacer "cosas". Todas esas cosas insoslayables que componen el día a día entre las cuales estaba ir a la escuela. A cualquiera le habría parecido una tarea fácil sobre todo teniendo en cuenta que Marcos vivía muy cerquita de allí, pero no podeis imaginar lo que suponía para él... todo un viaje, un recorrido infestado de peligros y tormentosos trances que hacían de aquel periplo una auténtica agonía. Por eso necesitaba prepararse concienzudamente para afrontar aquella ardua misión.
En primer lugar, salir de casa ya era una hazaña, sin contagiarse con los virus que se cuelan en los pomos de las puertas y que permanecen activos durante semanas en el propio aire. Luego, ya fuera, bajar las escaleras (al ascensor no habría entrado ¡ni loco!, aparte de los pirados con los que se puede uno encontrar está siempre el riesgo de quedarse encerrado, o peor aún, de que el ascensor se descuelgue cayendo en picado... mejor ni le hacemos pensar a Marcos esa posibilidad). Los tres tramos no están nunca exentos de peligros para nuestro joven héroe: cabe la posibilidad de encontrarse con un vecino (que ya de por sí es desagradable), pero también de que alguna mascota haya miccionado en la superficie de un escalón sin que sea apreciable, precipitando la húmeda caída de cualquiera que se distraiga. Eso por no hablar de los riesgos que se pueden suceder de un mal gesto, un resbalón, una torcedura de tobillo... ¡anda que no hay gente que se ha roto la crisma por un par de escalones que se bajan a la ligera! Pero ¿cómo apoyarse en el pasamanos? ¿Cuántas manos y después de hacer qué habrán recorrido esa aparentemente inofensiva superficie ahora colonizada por cualquier sustancia de dudosa procedencia?
Llegar al portal era uno de los momentos más difíciles porque Marcos se encontraba:
a) En un lugar en el que es más fácil tropezar con gente (con lo que eso conlleva para un niño: posibles besos y apretones de mofletes de manos extrañas, huesudas, húmedas... argh).
b) En el escaparate de la calle. De ahí, hacia el caos más absoluto de la urbe con sus malos olores, sus sustancias grises, sus humos y sus gentes... ahí es nada.
Y era allí, frente a la cristalera, donde a Marcos le entraban unas inmensas ganas de llorar, de volver a casa, meterse en su cuarto y no salir nunca, nunca.
7 de febrero de 2011
El vértigo de la memoria
De la manera más tonta, Martina se quedó embobada. Era una mañana apacible de domingo, de esas que despiertan perezosas pero con un sol radiante y le dio la ventolera de ponerse a pintar. No un lienzo, ni una acuarela, sino algo mucho más práctico: una banqueta. Aquello desde luego no requería una concentración excesiva así que tomó la brocha y comenzó a pasarla por la madera rítmicamente tratando de evitar que quedara un solo resquicio sin pintar. Y así fue como se le ocurrió aquella idea por primera vez. Revoloteaba en su cabeza desde hacía tiempo, pero nunca le había otorgado el tiempo para que madurase en su interior. Martina se iba a suicidar. Y pensareis ¿para qué demonios pintaba aquella banqueta? O, ¿para quién? Vereis es que no todo lo que hacemos tiene una explicación lógica. Como soy una narradora omnisciente os diré la verdad: es que era lo que le apetecía hacer, sin más, no es que pensara en otra cosa más allá de entretenerse una ociosa mañana desocupada.
Martina no era una de esas heroínas de novela negra con un pasado turbio, ni una persona tremendista que hubiera sucumbido a las penas de una vida ingrata. Era solo una persona que se había cansado de vivir. Se había agotado. No encontraba motivos para levantarse cada mañana y no es que su vida estuviera vacía, precisamente. Es que ya nada conseguía encender esa chispa que antaño asomaba a sus ojos cuando disfrutaba de cada pequeña sensación: un paseo por el parque, la melódica risa de un niño, la contemplación de una obra de arte, el amor... en fin, su mirada se había ido opacando con el paso de los días y afrontaba cada día la ardua tarea de conseguir que su corazón siguiera bombeando. Cada día lo notaba más débil, de modo que esa mañana decidió dejar de esforzarse. Cuando terminó su tarea, tomó entre sus manos con el mayor de los mimos su libro favorito y se tendió en la cama a leer. Echaría muchas cosas de menos, estaba segura, y a mucha gente, pero emprendía un viaje peculiar que también le descubriría otros mundos, quizás otras vidas. Pensó que era mejor no despedirse, marcharse sin hacer ruido, tal y como había vivido. Y mecida en el vaivén de los renglones, se adormeció y se apagó. No fue un suicido al uso, de hecho le diagnosticaron una muerte natural. Nadie supo ni sabrá nunca la forma tan sencilla y dulce en la que abandonó este mundo salvo yo, que soy un ente de ficción que ha dado a luz a Martina, otro ente de ficción. Pero no me digais que no es una bonita historia.
20 de enero de 2011
Recomendaciones literarias
Fueron muchos los libros que leí en 2010, algunos de ellos los recomiendo tras leerlos, otros no. De los que recomiendo hay en concreto dos que no terminé de leer... pero no porque no me gusten, sino porque requieren una lectura más pausada, ser degustados de verdad, paladeando cada pasaje, retomándolo de nuevo, en fin, que no hay dos libros que se lean igual ni que te aporten lo mismo. Solo diré que aquellos que me parecen de mala calidad, tambien te dejan un buen poso porque te permiten afinar tu gusto literario, o, lo que es lo mismo, te enseñan a comprender qué es lo que te gusta por medio del contraste. Que no es poco.
Y el 2010 se llevó por delante estos libros de buena factura, en los que merece la pena zambullirse:
-Cometas en el cielo de Khaled Hosseini
-Invisible de Paul Auster
-Sherlock Holmes de Conan Doyle
-La carretera de Cormac McCarthy
-Memorias del Savoy de José Luis Alvite
-Narraciones de Borges
-Lo bello y lo triste de Kawabata
-El doble de Dostoyevski
-Mil soles espléndidos de Khaled Hosseini
-La niña de oro y otros relatos de Francisco Ayala
-La isla del día de antes de Umberto Eco
-Escribir es un tic de Francesco Piccolo
-La noche del oráculo de Paul Auster
-El origen de los faraones de Toby Wilkinson
-El tío Petros y la conjetura de Goldbach de Apostolos Doxiadis
-Arte de Yasmina Reza
-Ensayo sobre la ceguera de José Saramago
-La muerte lenta de Luciana B. de Guillermo Martínez
-Tierras de cristal de Baricco
-El viejo León Tolstoi, un retrato literario de Mauricio Wiesenthal
-El afinador de pianos de Daniel Mason
-Madame Bovary de Gustave Flaubert
-Crimen y castigo de Fiodor Dostoyevski
-Invisible de Paul Auster
-Sherlock Holmes de Conan Doyle
-La carretera de Cormac McCarthy
-Memorias del Savoy de José Luis Alvite
-Narraciones de Borges
-Lo bello y lo triste de Kawabata
-El doble de Dostoyevski
-Mil soles espléndidos de Khaled Hosseini
-La niña de oro y otros relatos de Francisco Ayala
-La isla del día de antes de Umberto Eco
-Escribir es un tic de Francesco Piccolo
-La noche del oráculo de Paul Auster
-El origen de los faraones de Toby Wilkinson
-El tío Petros y la conjetura de Goldbach de Apostolos Doxiadis
-Arte de Yasmina Reza
-Ensayo sobre la ceguera de José Saramago
-La muerte lenta de Luciana B. de Guillermo Martínez
-Tierras de cristal de Baricco
-El viejo León Tolstoi, un retrato literario de Mauricio Wiesenthal
-El afinador de pianos de Daniel Mason
-Madame Bovary de Gustave Flaubert
-Crimen y castigo de Fiodor Dostoyevski
De todos ellos recomiendo mucho los señalados en malva, por si alguien se anima.
Este año retomamos la tarea, por lo que estas recomendaciones quedan así guardadas y ponemos el contador a cero. La lista de libros por leer no deja de crecer, poco a poco iré contando novedades...
Los jueves escribo IV Variaciones de luz
A veces perdemos la noción del tiempo cuando estamos realizando alguno de esos actos cotidianos que apenas requieren nuestra atención. Por un instante, nos evadimos de la realidad, nos abstraemos totalmente y nos convertimos en esencia pura que viaja sin propósito ni finalidad, no se sabe a dónde ni cómo, ni falta que hace saberlo. Esos momentos, efímeros y puntuales yo los describo como instantes de felicidad plena, que dicen que no existe pero sí, porque te inflaman el corazón, porque te abren el pecho, porque todo lo que ves te parece más bello y más reluciente y porque esa sensación se escapa enseguida, sin avisar y a saber cuándo regresa. Lo que me parece más curioso del asunto es que nos pasamos la vida corriendo de un lado a otro buscando ser felices a través de actividades, empleos, aficiones, lecturas... y al final aparece cuando quiere y por donde vino se va.
Variaciones de luz
Me quedé dormida en el sofá, estaba totalmente agotada y se apoderó de mí un sueño acuciante y denso de esos que te llevan muy lejos en poco tiempo y te devuelven a tu ser muy lentamente. Y al despertar, aún con el sopor pesándome en los párpados y con las extremidades a medio activar ahí estaba el atardecer, descendiendo entre los huecos de las cortinas, reflejándose en las sinuosidades de las paredes y tiñéndolo todo con ráfagas de luces vagas en fuga. Mi cuerpo estaba allí, medio petrificado en el umbral del sueño y la vigilia pero mi mente estaba muy lejos, recorriendo las lomas de los montes sobre un rayo solar ardiente que se funde en la húmeda tierra para dar paso a la noche. Estaba embargada por una sensación de levitación, como si lo material quedara lejos y solo el color y el calor fueran mis guías en aquella revelación de belleza.
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PSICOESCRITURA
Este año no lo olvidareis fácilmente
¿Por qué? Porque estamos viviendo un cambio de paradigma. Hoy he sentido ese pálpito de forma brutal cuando me he dado cuenta de que las cosas están transformándose delante de nuestros ojos. Estas transiciones son especialmente duras para los individuos que las soportan, máxime cuando no son conscientes de ello, así que atentos, el mundo está cambiando delante de nuestros ojos y ese cambio está fuera de nuestro alcance totalmente.
Muchos de los conceptos que estamos hartos de escuchar van a quedar obsoletos, muchas de las viejas fórmulas van a ir a parar directamente a la basura y es que nos hemos dado cuenta ¡al fin! de que los recursos con los que contamos no son infinitos, que no podemos ser unos inconscientes vagando por el mundo sin ser responsables del del impacto de nuestros actos y que, a la postre, todo el daño y los estragos que hagamos a nuestro alrededor va a repercutir directamente no en generaciones venideras, sino en nuestra propia calidad de vida: es decir, el boomerang va a retornar al origen.
Muchos de los conceptos que estamos hartos de escuchar van a quedar obsoletos, muchas de las viejas fórmulas van a ir a parar directamente a la basura y es que nos hemos dado cuenta ¡al fin! de que los recursos con los que contamos no son infinitos, que no podemos ser unos inconscientes vagando por el mundo sin ser responsables del del impacto de nuestros actos y que, a la postre, todo el daño y los estragos que hagamos a nuestro alrededor va a repercutir directamente no en generaciones venideras, sino en nuestra propia calidad de vida: es decir, el boomerang va a retornar al origen.
No es fácil desprenderse de los viejos hábitos ni salir de una espiral de acciones que veníamos desarrollando impunemente, al margen de la comunidad y en pro única y exclusivamente de la satisfacción individual y del egoísmo más primitivo que por otra parte no nos ha llevado más que al despilfarro y a la búsqueda de una falsa felicidad tan efímera como las fugaces acciones de consumo en que se basa.
Pero lo peor, sin duda es la posición de "los otros", todos aquellos que están creciendo pensando que nuestro modelo es el que deben imitar, sin darse cuenta de que están reproduciendo los mismos errores pero a una escala exponencial. Comer o ser comido. Y en éstas nos estamos devorando todos, porque si el pez grande se come al chico ¿qué comerá mañana, cuando no haya más peces chicos que engullir?
Va a ser un año duro, vamos a pasarlo mal, pero si sabemos presionar en los lugares adecuados podremos romper la inercia destructiva que nos llevaba hasta hace tres días a actuar como si no hubiera un mañana ¡y vaya si lo hay!
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CAMBIO
20 de diciembre de 2010
No es tan malo ser mujer
Y lo dice alguien que lleva renegando del género femenino media vida, no porque odie a las mujeres o porque no sienta cierto orgullo de ser una, sino por la abundante cantidad de ejemplos diarios que nos ponen en cuestión por el hecho de no tener pene. Por tener que demostrar que podemos pensar y estar buenas a la vez, o que no es incompatible el tinte con el pensamiento crítico. En fin, media vida con la coraza puesta para descubrir un día de la manera más tonta que no es tan malo ser mujer, que al menos te da ciertas libertades frívolas como la de poder ponerte una bata con pompones o un gorro rosa fucsia. Y que esa sensación, produce algo de placer. Es bonito poder echarle el morro suficiente para poder ir hecha una petarda como Lady Gaga y que te nombren la mejor vestida del año, aunque sea a golpe de filetes. Tendrá que nacer un nuevo Tino Casal para que el género masculino se subleve y se atreva a colgarse patas de gallo. Entre tanto, aparte de fetiches eternamente castigados a parecer jóvenes y las mujeres podemos tener la jeta de ponernos unas botas de leopardo con una chupa de camuflaje y ya ni siquiera crearemos polémica. Es algo de lo que hay que alegrarse y, es más, propongo que al menos una vez al año nos liemos la manta a la cabeza y nos demos el gustazo de disfrazarnos, no de poli o de bruja sino de lo que realmente nos gusta. Y que el mundo nos mire con desesperación: somos mujeres y podemos permitírnoslo. No todo iban a ser pegas, tenemos patente de corso para ser abiertamente horteras y, lo mejor del asunto es que ya nadie puede definir qué es ser hortera...
8 de diciembre de 2010
Una carta inesperada I
Llovía a cántaros, pero tenía que sacar a Luna a pasear. Malditas las ganas que tenía de hacerlo, pero el pobre animal tenía ciertas necesidades que satisfacer y prefería que no lo hiciera en la alfombra del salón. De modo que con toda la pereza del mundo, me enrollé en una enorme bufanda que me cubría las orejas y medio rostro por completo y me dispuse a salir a la calle, con los dos grados bajo cero que acechaban fuera amenazando mi fuerza de voluntad.
El paseo fue breve puesto que el viento y una fina capa de nieve hacían verdaderamente desagradable estar en la calle. Llamé al ascensor mientras acariciaba el húmedo pelaje de Luna, aliviada al fin, cuando pensé que llevaba varios días sin mirar el buzón, desde el miércoles quizás. No me equivocaba: estaba hasta arriba, incluso varios panfletos publicitarios comenzaban a salirse por la abertura. Traté de cogerlo todo con una sola mano, pero Luna tiraba de la correa viendo que el ascensor ya estaba allí, así que el correo quedó esparcido por el suelo.
Fue entonces cuando vi su carta por primera vez. Era imposible no verla. Estaba entre recibos del banco, facturas variopintas y esa interminable ristra de folletos de establecimientos de comida rápida que parecen querer aprovecharse de los momentos de guardia baja. Como siempre, el sobre era azul y la letra de Ariadna se mostraba casi perfecta, en trazos largos y firmes que acusaban un indescriptible esmero en su plasmación. Ella era así, siempre se esforzaba al máximo y nunca era suficiente, quizás por eso necesitaba llegar hasta el final de las cosas, cualquiera que fuera el precio a pagar.
No me gustó ver su carta, no me gustó que mi mente conjurara sus manos cuando éstas se deslizaban entre libros y papeles y, sobre todo, no me gustó el inmenso vacío que sentí al recordar la punzada de su ausencia. Era como encontrarme cara a cara con mi antítesis. Mi caos frente a su orden, mi pereza frente a su capacidad de trabajo. Me sentí tan desbordado e incapaz como siempre. Agarré como mejor puede el correo y lo subí a casa. Llamé a Casa Ming para pedir tallarines con setas y pato laquedo y decidí no pensar en ella ni un minuto más. Después de hartarme a comer, me quedé dormido viendo un programa que no me interesaba en absoluto y así llegó la noche y pasaron varios días.
El paseo fue breve puesto que el viento y una fina capa de nieve hacían verdaderamente desagradable estar en la calle. Llamé al ascensor mientras acariciaba el húmedo pelaje de Luna, aliviada al fin, cuando pensé que llevaba varios días sin mirar el buzón, desde el miércoles quizás. No me equivocaba: estaba hasta arriba, incluso varios panfletos publicitarios comenzaban a salirse por la abertura. Traté de cogerlo todo con una sola mano, pero Luna tiraba de la correa viendo que el ascensor ya estaba allí, así que el correo quedó esparcido por el suelo.
Fue entonces cuando vi su carta por primera vez. Era imposible no verla. Estaba entre recibos del banco, facturas variopintas y esa interminable ristra de folletos de establecimientos de comida rápida que parecen querer aprovecharse de los momentos de guardia baja. Como siempre, el sobre era azul y la letra de Ariadna se mostraba casi perfecta, en trazos largos y firmes que acusaban un indescriptible esmero en su plasmación. Ella era así, siempre se esforzaba al máximo y nunca era suficiente, quizás por eso necesitaba llegar hasta el final de las cosas, cualquiera que fuera el precio a pagar.
No me gustó ver su carta, no me gustó que mi mente conjurara sus manos cuando éstas se deslizaban entre libros y papeles y, sobre todo, no me gustó el inmenso vacío que sentí al recordar la punzada de su ausencia. Era como encontrarme cara a cara con mi antítesis. Mi caos frente a su orden, mi pereza frente a su capacidad de trabajo. Me sentí tan desbordado e incapaz como siempre. Agarré como mejor puede el correo y lo subí a casa. Llamé a Casa Ming para pedir tallarines con setas y pato laquedo y decidí no pensar en ella ni un minuto más. Después de hartarme a comer, me quedé dormido viendo un programa que no me interesaba en absoluto y así llegó la noche y pasaron varios días.
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CARTA,
MISIVA,
UNA CARTA INESPERADA
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