Curiosas y traviesas corretean a mi alrededor, olisquean mis manos acariciándolas con sus suaves bigotes exploradores y en seguida, de un rápido salto, se van al otro lado de la terraza, levantando su cabecita escrutadora a continuación (necesitan asegurarse de que no soy una amenaza, en campo libre un despiste así supone que no haya una segunda oportunidad).
Después de unos segundos, una carrerita las acerca de nuevo a los bajos de mi pantalón... qué suerte hoy llevo unos vaqueros de campana, lo que les permite encontrar un escondrijo perfecto en el hueco que queda entre el tejano y la piel pero ¡¡¡hacen unas cosquillas!!! Si estiro las piernas soy un enorme tobogán, si las encojo un laberinto lleno de recovecos, si escondo las manos las buscarán y si las alargo rastrearán en ellas el olor de cada una de las cosas que he tocado antes (así parece en ocasiones, cuando les da por indagar, se diría que son bolitas de algodón con alma de sumiller).
Al cabo del tiempo, cuando me percato de que llevo media tarde mirándolas, intentando acariciarlas, hablándoles de lo bobos que son los hombres (son hembras, creo que me comprenden bien) me doy cuenta de que para ellas soy un enorme juguete, con un jersey que termina en dos lacitos mosdisqueables, como también lo son las zapatillas o los calcetines. Pero no un juguete cualquiera, un juguete que interacciona, cambia de posición, emite sonidos y calor y hasta les da comida. Y esa sensación me hace sentir un poco torpe y un poco "cosa" pero también muy feliz.
Puedo decir que soy dichosa por tener dos compañeras de viaje muy hermosas y juguetonas, ¡además de comprensivas!
Después de unos segundos, una carrerita las acerca de nuevo a los bajos de mi pantalón... qué suerte hoy llevo unos vaqueros de campana, lo que les permite encontrar un escondrijo perfecto en el hueco que queda entre el tejano y la piel pero ¡¡¡hacen unas cosquillas!!! Si estiro las piernas soy un enorme tobogán, si las encojo un laberinto lleno de recovecos, si escondo las manos las buscarán y si las alargo rastrearán en ellas el olor de cada una de las cosas que he tocado antes (así parece en ocasiones, cuando les da por indagar, se diría que son bolitas de algodón con alma de sumiller).
Al cabo del tiempo, cuando me percato de que llevo media tarde mirándolas, intentando acariciarlas, hablándoles de lo bobos que son los hombres (son hembras, creo que me comprenden bien) me doy cuenta de que para ellas soy un enorme juguete, con un jersey que termina en dos lacitos mosdisqueables, como también lo son las zapatillas o los calcetines. Pero no un juguete cualquiera, un juguete que interacciona, cambia de posición, emite sonidos y calor y hasta les da comida. Y esa sensación me hace sentir un poco torpe y un poco "cosa" pero también muy feliz.
Puedo decir que soy dichosa por tener dos compañeras de viaje muy hermosas y juguetonas, ¡además de comprensivas!