Taller Encantado

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29 de octubre de 2009

A ti, a mí y a todos

Una enorme sensación de plenitud: es lo que me inspiran los breves momentos de libertad en los que puedo dedicarme a lo que me gusta. Compartir buenos momentos con las personas que me quieren bien y a las que yo no solo aprecio sino admiro.

El mundo está lleno de personas valientes, divertidas y generosas que gustan de regalarte su tiempo y su cariño. Por eso no lo dudes: saca de tu vida a quienes te empequeñecen, a quienes sacan de ti lo peor, a quienes te hieren o humillan: comienza a vivir, date la oportunidad de disfrutar del día a día, de ser tú sin más, sin dar explicaciones ni tener que atenerte a las reglas de nadie.

Dejando atrás todo ese dolor, esa frustración y siguiendo paso a paso, te convencerás muy pronto de que merece la pena continuar para dar paso a todo lo bueno que te estabas perdiendo. La felicidad, que no te engañen, dura un instante y no está al final de un duro sendero de penalidades, sino a lo largo del viaje. Y lo más maravilloso es que puede sorprenderte en el momento más insospechado. Uno de los momentos más felices de mi vida fue un día, al salir de un examen de la facultad. Atardecía, la luz bañaba los almendros en flor y su aroma me embriagó. Fui feliz. Unos minutos, tal vez. Qué hermoso recibir ese presente sin haberlo pedido, sin haber hecho nada para merecerlo. Y qué grande sentir cómo el corazón se me quería salir del pecho y que casi podía volar...

Te invito a que seas valiente y te dejes sorprender por la felicidad, a que sueñes con los ojos abiertos y a que seas una mejor persona rompiendo con todo lo que no te lleva a ninguna parte. No huyas hacia delante, tratando de conquistar terrenos que son ajenos a ti, bien sabes que solo conseguirás enredarte más en un círculo vicioso de autodestrucción.

No rompas el silencio si las palabras que van a salir de tus labios no son verdaderas. Si te disculpas, hazlo de corazón; si pasas página, hazlo con todas las consecuencias. Mirar atrás hará de ti un gigante de pies de barro, caminar con decisión, en un enano a lomos de gigantes. Y, siempre que puedas, haz crecer también a los demás, comparte tus experiencias y tu alegría con los otros, ayúdales a mejorar en lo que te sea posible... ese es el camino.

26 de noviembre de 2008

La eternidad en un instante

Corriendo, como siempre. Así era como se trabajaba en aquella oficina. Era como una jaula de grillos: el jefe vociferando me recordaba a un bulldog babeante, el clásico corrillo de la máquina del café, entre risas de indolente condescendencia, alborotaba el pasillo, y aquí y allá, esforzados becarios y comprometidos compañeros, con los puños remangados y la lengua fuera, sacaban finalmente el trabajo adelante.
Apenas acababa de llegar y ya me sentía como en casa. En realidad era como si hubiera trabajado allí toda la vida. Al fin y al cabo siempre me adscribía al grupo de los pringados trabajadores pero sentía una íntima satisfacción por alcanzar la meta y superar todos los obstáculos. Por supuesto la gloria era para el bulldog. La verdad es que ni siquiera recuerdo su nombre. No el del becerro de mi jefe, sino el de ella. Nunca me había fijado en nadie en la oficina, no podía permitirme el lujo de parar ni un segundo. Además, la verdad es que la relación con mis compañeros era bastante banal, en parte porque supongo que no les resultaba demasiado interesante el clásico larguirucho desaliñado. Me faltaba el cartel en la frente de "Pide, pide, que me comeré yo solito todos tus marrones". El caso es que el entorno era bastante materialista, y nadie daba un duro por mí.
Lo recuerdo perfectamente. Está grabado a fuego en mi memoria. Su rostro, asomando entre una pila de papeles, sus gafas casi al borde de la nariz, el flequillo cayendo desordenado escondiendo aquellos ojos... Y ¡cómo olvidar aquel chaleco!, ¡era horrible!, sólo ella podía llevarlo como si fuera la cosa más normal del mundo. Alguien hizo un comentario soez sobre él, por eso recuerdo que me giré para mirarla. Sin duda, había oído el comentario, pues la pila de papel fue completa al suelo y su mirada era la imagen misma de la decepción y la tristeza. No creo que se percatara de mi existencia, ni en lo que me compadecí de ella. Ni siquiera pude ayudarla a recoger, me quedé petrificado. Sólo sé que la miré, la amé como no he amado a nadie en mi vida y que no volví a verla nunca más. El corazón se me partió en mil pedazos en aquel instante. El tiempo se detuvo. Era ajeno a lo que me rodeaba y a mí mismo y no puedo evitar sentir un desconsuelo profundo cuando rememoro aquel día.
Ahora ya soy un anciano, mi esposa murió hace diez años y no tengo nada que ocultar. Creo que nunca se lo conté, sobre todo por respeto. Nos quisimos mucho, formamos una familia y nunca creí oportuno nublarle el pensamiento con el fantasma de aquella mujer. Sin embargo, periódicamente reaparece en mis sueños o alguna muchacha, con un pequeño gesto, me atrae a la memoria su imagen. Y me hace sentir vivo el hecho de que el corazón se me remueva en el pecho. Fui afortunado por amar un instante que será eterno.

13 de septiembre de 2008

La FELICIDAD

La FELICIDAD es poder sentarse en un banco mirando al cielo. Sin preocupaciones más allá de ese preciso/precioso instante. Aun sabiendo que vendrán otros momentos después, aun conociendo los precedentes que se fueron. Ni el pasado te ahoga ni el futuro te acecha. Vives en el instante, como si se hubiese cuajado el rocío cristalizando brillantemente. Es un momento luminoso en el que todas las potencialidades del tiempo se conjugan, es el divino silencio que precede a todo lo demás.

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