Viento.
Hace tiempo, en un viaje que hice a Aveiro alguien medio en broma medio en serio me dijo que los pueblos o ciudades en las que hacía más viento había más locos. Nunca habría relacionado el fenómeno con el índice de locura de un lugar, pero aquella aseveración me caló hondo. Siempre he temido al viento, porque silbante, se cuela entre las ventanas, como un fantasma sin voz, que viene a dejar un mensaje largo y agudo. El viento te traspasa, entra por los ojos, los oídos, la nariz, el pecho, el vientre, nos hace porosos poniendo a prueba nuestra opacidad. Arrastra los cabellos y las lágrimas, nos desplaza, nos desafía. Tiene la fuerza de tumbar un hogar, de formar un remolino, de llevarse la casa de Dorothy. Desconfía.
Mar.
Salvaje, poderosamente visceral, viene y va llevándose y trayendo cosas consigo. Esconde tesoros y peligros. Es la madre naturaleza que nos azota y nos alimenta. Amamos al mar y lo tememos porque su belleza nos hace confiar demasiado, hasta que es tarde y nos ha hecho formar parte de él. Miles de almas perdidas vagan por su corriente: marineros, muchachas, pescadores, niños y ancianos han sucumbido al húmedo abrazo de las aguas que con su beso se las ha llevado para siempre. Prisión de mareas que azotan la tierra, no os dejéis llevar por el hipnótico vaivén de terciopelo de su superficie al atardecer o conoceréis la furia de las aguas.
Hace tiempo, en un viaje que hice a Aveiro alguien medio en broma medio en serio me dijo que los pueblos o ciudades en las que hacía más viento había más locos. Nunca habría relacionado el fenómeno con el índice de locura de un lugar, pero aquella aseveración me caló hondo. Siempre he temido al viento, porque silbante, se cuela entre las ventanas, como un fantasma sin voz, que viene a dejar un mensaje largo y agudo. El viento te traspasa, entra por los ojos, los oídos, la nariz, el pecho, el vientre, nos hace porosos poniendo a prueba nuestra opacidad. Arrastra los cabellos y las lágrimas, nos desplaza, nos desafía. Tiene la fuerza de tumbar un hogar, de formar un remolino, de llevarse la casa de Dorothy. Desconfía.
Mar.
Salvaje, poderosamente visceral, viene y va llevándose y trayendo cosas consigo. Esconde tesoros y peligros. Es la madre naturaleza que nos azota y nos alimenta. Amamos al mar y lo tememos porque su belleza nos hace confiar demasiado, hasta que es tarde y nos ha hecho formar parte de él. Miles de almas perdidas vagan por su corriente: marineros, muchachas, pescadores, niños y ancianos han sucumbido al húmedo abrazo de las aguas que con su beso se las ha llevado para siempre. Prisión de mareas que azotan la tierra, no os dejéis llevar por el hipnótico vaivén de terciopelo de su superficie al atardecer o conoceréis la furia de las aguas.
Niebla.
La niebla es el olvido, el lento difuminarse de los contornos, que se pierden. La soledad, buscar sin ver más allá. Todo lo que durante el día podemos aprehender gracias a la luz del sol la niebla lo engulle, lo distorsiona y nos lo roba hundiéndolo en su blando y húmedo colchón. Sólo podemos mirar nuestros pies para no perder las huellas, para no dar un paso en falso, para no caer por el precipicio. El camino se pierde, el níveo laberinto te oprime y te ahoga, no hay nada más allá de la punta de la nariz reconocible en la masa que te rodea. Ahora, la nada más absoluta.
