Taller Encantado

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28 de octubre de 2009

El gen vampírico de Gina V. I

Siendo pequeña (de hecho, el recuerdo se perdía en su memoria), Gina V. salió una soleada mañana a jugar. Le encantaba atrapar saltamontes y sentir el pulso libertador de sus patas luchando por salir de su pequeña prisión consistente en una regordeta manita de niña inquisidora. Sin embargo, apenas hubo puesto un pie en la calle, sintió que sus brazos ardían y su cara se desfiguraba de dolor. En apenas unos minutos, Gina supo que nunca podría exponerse a la luz del sol. Los médicos hablaban sin parar de una anomalía, de una supuesta alergia a la luz del astro rey y de la necesidad de que se aplicara abundantes capas de crema antes de salir a la calle.

Sus padres, preocupados y no sin poco esfuerzo por su parte, contrataron a un profesor particular para evitar que la pequeña saliera cada mañana. Tan solo le permitían salir cuando era imprescindible y cuando lo hacía era cubierta de pies a cabeza y rebozada en los potingues precisos. En verdad a Gina esto no le supuso un gran esfuerzo, sobre todo si tenemos en cuenta el poco aprecio que le tenía a sus compañeros y profesores de la elitista escuela "Sparkle".

Así fue como a la esquiva Gina se le fue aclarando la piel, lentamente, hasta el punto de que sus ojos parecían encarnados las noches de luna llena y los azulados ríos encargados de tranportar su preciada sangre se hacían notar bajo la fina capa de piel que los cubría. Convendreis conmigo en que esa extraña "alteración de su melanina" como habían dicho tantos dermatólogos, haría que la hermosa Gina, al llegar a la adolescencia, fuera una preciosa belleza de mármol, siempre encerrada en sus libros y sus fantasías. En su vida la luna engulló al sol.

Lo que nadie sabía era cuál había sido el origen de tan extraña transmutación en la sensibilidad de su piel. Sólo yo conocía el secreto.

1 de marzo de 2009

Nadie sino tú

Poder... el poder sobre las personas es algo escalofriante. Nadie sino tú puede abrazar a otros con esa mirada persuasiva que hace que el mundo caiga rendido a sus pies. Nadie sino tú puede acariciar los oídos de los demás con medias verdades o con urdidas mentiras para alcanzar sus objetivos.

El problema es que esas metas, una vez alcanzadas pierden todo su valor: siempre hay un sueño más allá del alcanzado, siempre hay nuevos terrenos que conquistar, otras personas a las que manipular y siempre, aunque te pese, te verás en la más profunda soledad. Te ahogas en el ostracismo del depredador implacable, de aquél incapaz de saciar su sed en nada ni en nadie: serás el eterno errante, condenado a vagar por siempre encubriendo sus propias quimeras, rey del disfraz y del encanto fingido, pútrida carne envuelta en tules y oro que deslumbra sólo a los ciegos.

Nadie sino tú y tú, solo, por toda la eternidad.

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