La casualidad no existe amigos... son las palabras, nuestras compañeras cotidianas, las que se atraen entre sí. A veces no hace falta formularlas en alta voz puesto que el mero pensamiento hace que la deixis en fantasma de pronto se transforme en una sincronicidad. ¿Qué diría Auster? No lo sé.
Os cuento: como sabéis estoy haciendo un master en el que hemos creado una editorial ficticia. Se llama Cronopia Editores, en homenaje a nuestro amigo Julio Cortázar. En fin, tenemos que seguir los pasos habituales para la edición de una obra y hemos escogido "Rosas blancas para Wolf". El caso es que una tarea era leer la obra, documentarla y escribir una reseña sobre ella. Bien, la leí en dos tardes, porque me enganchó mucho (para quien no lo sepa tengo una relación de amor-odio con el nazismo: me repugna sobre todas las cosas, pero me fascinan las obras que versan sobre esa época... he visto mil pelis: "El juicio de Nüremberg", "Odessa", documentales sobre los campos de concentración y exterminio, entrevistas a supervivientes... en fin, de todo un poco). Me temo que esa fascinación nace directamente de mi incapacidad para comprender las atrocidades que se cometieron y que busco y rebusco una explicación, sin otro fin que golpearme la testa contra el muro de tanta inhumanidad. La obra habla, entre otras muchas cosas, de una organización que yo no conocía: la Rosa Blanca. Se trataba de una suerte de resistencia pacífica nacida en la Universidad de Münich, encabezada por estudiantes disidentes del régimen, cuyo final podéis imaginar. Pues era la primera vez que oía algo sobre el tema y me meto en el metro pensando en la valentía de aquellos pacifistas y ¡ZAS! tengo una mujer enfrente leyendo un libro que se titula: "LA ROSA BLANCA". ¿Podéis imaginar mi desconcierto? He estado a punto de levantarme y preguntarle ¿Dónde esconde la cámara, señora?
No os dejéis engañar, no poseemos las palabras, ellas nos poseen a nosotros, nos zarandean y nos llevan donde quieren. Por el momento yo me dejo llevar ¿qué otra cosa puedo hacer?