Taller Encantado

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2 de diciembre de 2009

Desenfocadas

Hay demasiadas mujeres aisladas por sus parejas que renuncian a su vida, a su círculo de amistades, incluso a su familia. Muchas de ellas a lo mejor ni se dan cuenta de que están siendo humilladas, vapuleadas, ninguneadas... el maltrato no solo se muestra cuando se ejerce violencia física, es algo que va calando cada día en la convivencia hasta que se torna sencillamente insoportable. Porque un buen día dejas de ser tú para ser lo que otro quiere que seas.

Es preciso que esas mujeres abran los ojos y dejen de encubrir a sus parejas, que dejen de pensar que van a cambiar, que en el fondo las quieren, que no son nadie sin ellos. Esa es la clave: cuando la enajenación es tal que se confunden los límites, ya no son dos personas compartiendo su libertad, se ha establecido una jerarquía. Ya es preciso pedir permiso y dar explicaciones a cada paso, nada te pertenece, tu tiempo es suyo, tu voluntad no existe.

Me duele ver que esto sucede cada vez en edades más tempranas, incluso en parejas que no comparten cargas familiares y cuya independencia económica es un hecho. Entonces ¿por qué esas mujeres no rompen la soga que les aprieta el cuello? ¿Por qué defienden a hombres que marcan sus inamovibles reglas?

Solo un mensaje para ellas: lejos de no ser nada sin ellos, lo sois todo. Somos libres de elegir nuestro futuro, pero para eso tenemos que valorarnos a nosotras mismas. Ningún camino es corto, ninguna solución fácil te sacará del atolladero pero con tu silencio no permites que podamos ayudarte. Y somos muchos los que estamos dispuestos a hacer lo que sea necesario para que recuperes tu libertad, pero debes comenzar por comunicarte y dar un primer paso.

Podéis ver el corto "Desenfocada" de Miguel Ángel Furnier en su blog: http://malos-tratos-psicologicos.blogspot.com/2009/07/bienvenidos-al-blog-de-desenfocada.html

30 de octubre de 2009

Flores para él

Como cada año, el Día de los Difuntos llegó con su cielo plomizo y extraño, recordándonos cómo pasa el tiempo...

Siguiendo la tradición, Azucena fue a la floristería más cara de la ciudad a comprar las flores más hermosas que pudo encontrar. Para ello debía tomar dos autobuses y todavía tenía que caminar durante veinte minutos para luego alcanzar a coger el tranvía y un nuevo autobús que la dejaría en la puerta del cementerio. El esfuerzo valía la pena porque se trataba de un día especial.

En la Iglesia, los feligreses que conocían a Azucena desde hacía años y que habían vivido su viudedad se admiraban de su devoción por su difunto marido y del afanoso amor con el que depositaba las flores en su nicho, el más reluciente del camposanto.

El 31 de octubre era su propio día de peregrinación; así lo atestiguaba tanto el largo trecho que recorría sin desgana y las horas que consumía rezando ante el pequeño retrato ovalado del hombre estampado en la piedra al lado de la inscripción "Tu esposa no te olvida".

Allí, con las manos juntas y bien apretadas podía estar horas sin comer, hablar ni inmutarse apenas. Solo se movían en un leve murmullo sus labios mientras algunas lágrimas le surcaban las mejillas hasta empapar la tierra sagrada.


Y tanto que no podría olvidarse. Aquel día, que era de luto y devoción, Azucena, en su recogimiento furtivo, estaba festejando ser libre y daba gracias a dios por haberla librado del diabl que consumía sus días. Sí, era un día especial, el aniversario del milagro obrado por el señor cuando descompuesta y dolorida atendió su súplica de quitarle de encima esas violentas manos y esos ojos fulgurantes de locura. Lágrimas de felicidad eran las que se le escapaban de forma involuntaria mientras daba gracias por ello y por mantener oculto su secreto.

11 de diciembre de 2008

NO QUIERO QUE ESTO SIGA PASANDO

Cuando la gente me mira, nadie sabe lo que pienso, cómo me siento ni tienen la más mínima idea de lo que me ronda la cabeza. Tiene que ser así. Cada mañana ajusto cuidadosamente la máscara a mi piel, muy pegada, muy pulida y asentada para que ni siquiera aquellos que dicen conocerme íntimamente tengan una sola pista. Suelo escoger la cara de buen compañero, de amante esposo y trabajador leal. Pero absolutamente nadie conoce al ser que se esconde dentro. Mi mujer dice que me ama. Por eso siempre me perdona. No sabe cuánto disfruto escondiendo su bolso para luego poder reprocharle la mala memoria que tiene. Tampoco podría imaginar que cuando me dejo llevar siento un íntimo placer golpeándola, recordándole lo inepta y ridícula que es. Las mujeres son así, cobardes, sucias e infieles por naturaleza. Tengo que recordárselo porque de lo contrario se le subiría a la cabeza lo bonita que es. Tiene que pasar por ello para poder ser mejor persona, verse desfigurada, empequeñecida, tonta. En ese momento, por un instante, me ve de verdad, solo ella, pero rápidamente cambio mi máscara por la del arrepentimiento. Un ramo de flores y unos días de ensueño hacen que vuelva a confiarse. A veces hasta tengo que llorar y trabajar duro para convencerla. Pero ella sabe que es temporal y aún así, seguimos juntos. Nos queremos de verdad, me acepta como soy y yo sé lo que necesita. Debo tener cuidado para no hacerla sangrar, no vaya a ser que una de estas amiguitas feministas tenga la feliz idea de levantar la liebre. Aunque no creo que vuelva a verlas después de la última paliza. Creo que aprendió la lección y ya sabe quién manda en esta casa.


Me quiere, y yo a él también. Muchísimo. Es su genio, que le pierde. Por qué tendrá esos ataques de ira... debió pasarlo muy mal de niño, por eso nunca habla de su padre. Cada vez duermo peor, tengo pesadillas. Cuando me despierto en medio de la noche, me gusta ver cómo duerme, con esa cara de ángel. Se le ve tan tranquilo... Lo peor son los insultos. No comprendo cómo puede decirme esas cosas o pensar que voy a irme con el primero que pase. Y qué hago con Sofía y Lorena, qué excusa les pondré esta vez. Suerte que no han visto la escayola ni la quemadura. Creo que voy a dejar el trabajo. A lo mejor si paso más tiempo en casa y le demuestro que no soy una cualquiera se da cuenta realmente de que estoy dispuesta a hacer cualquier cosa por él. Si no no sé cómo se lo tomará... cómo se lo digo... pensará que no es de él, o algo peor, nunca sé por dónde puede salir. A mí que me haga lo que quiera pero al niño que llevo dentro, por dios que no lo toque. A lo mejor debería pedir ayuda pero ¿a quién? No, no, es imposible, me moriría de vergüenza si alguien supiera cómo me siento. Pero cada vez me cuesta más fingir y me encuentro más sola. Aunque en el fondo me lo merezco por torpe, por despistada y por no estar a su altura. La suerte es que no me deje, porque sin él no soy nada. Él fue mi primer amor y todo lo hemos ido descubriendo juntos. Ni siquiera recuerdo mi vida antes de conocerle.


Esta es la cosa más triste que he escrito en muchos años. Lo siento.

Sitios que he visitado