Taller Encantado

English cv French German Spain Italian Dutch Russian Portuguese Japanese Korean Arabic Chinese Simplified
Mostrando entradas con la etiqueta CEMENTERIO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta CEMENTERIO. Mostrar todas las entradas

30 de octubre de 2009

Flores para él

Como cada año, el Día de los Difuntos llegó con su cielo plomizo y extraño, recordándonos cómo pasa el tiempo...

Siguiendo la tradición, Azucena fue a la floristería más cara de la ciudad a comprar las flores más hermosas que pudo encontrar. Para ello debía tomar dos autobuses y todavía tenía que caminar durante veinte minutos para luego alcanzar a coger el tranvía y un nuevo autobús que la dejaría en la puerta del cementerio. El esfuerzo valía la pena porque se trataba de un día especial.

En la Iglesia, los feligreses que conocían a Azucena desde hacía años y que habían vivido su viudedad se admiraban de su devoción por su difunto marido y del afanoso amor con el que depositaba las flores en su nicho, el más reluciente del camposanto.

El 31 de octubre era su propio día de peregrinación; así lo atestiguaba tanto el largo trecho que recorría sin desgana y las horas que consumía rezando ante el pequeño retrato ovalado del hombre estampado en la piedra al lado de la inscripción "Tu esposa no te olvida".

Allí, con las manos juntas y bien apretadas podía estar horas sin comer, hablar ni inmutarse apenas. Solo se movían en un leve murmullo sus labios mientras algunas lágrimas le surcaban las mejillas hasta empapar la tierra sagrada.


Y tanto que no podría olvidarse. Aquel día, que era de luto y devoción, Azucena, en su recogimiento furtivo, estaba festejando ser libre y daba gracias a dios por haberla librado del diabl que consumía sus días. Sí, era un día especial, el aniversario del milagro obrado por el señor cuando descompuesta y dolorida atendió su súplica de quitarle de encima esas violentas manos y esos ojos fulgurantes de locura. Lágrimas de felicidad eran las que se le escapaban de forma involuntaria mientras daba gracias por ello y por mantener oculto su secreto.

28 de octubre de 2008

Mis antepasados


Se acerca el día de Todos los Santos, y mi madre, como cada año, va unos días antes a limpiar la tumba de mis abuelos y de Madre Julia, mi bisabuela. La tumba de mis abuelos la he visto muchas veces, porque además me encanta ir al cementerio del pueblo.

Lo suyo es ir caminando, paseando, casi, con las flores en la mano, por un camino bordeado de cipreses que conducen al camposanto. En el trayecto, siempre vamos recordando viejos tiempos y mi madre me cuenta cosas que yo no recuerdo, porque casi no conocí a mis antepasados. Apenas me viene la imagen de mi abuelo, que se ponía debajo de la parra del patio en su silla de mimbre favorita, sin camiseta, a tomar el sol, decía. En realidad estaba blanco como la leche, con cuatro pelillos rizados y blancos (más aún que la piel) y los hombros rosas... Me gusta tener esa imagen de él en la cabeza, porque para mí simboliza la paz y la tranquilidad absoluta.

De mi abuela... me han hablado muchas veces, pero no guardo ninguna imagen de ella, salvo las de las fotos, claro. Por lo visto, le encantaba pintarme las uñas (y eso que era muy niña) y también me dicen a menudo que somos como dos gotas de agua. Eso me enorgullece mucho, porque a mi abuela todo el mundo la quería, aunque tenía mucho genio (como yo, me temo).

Y luego está Madre Julia, que era por lo que me cuentan una mujer muy especial, muy suya: natural, cariñosa, testaruda, desinhibida... diferente, vamos.

Cuando uno va paseando de camino a ver las tumbas, a compartir los silencios con las estatuas de los panteones, a saludar a los que se han ido, debería sentirse feliz, al menos en parte, por recordar, por mantener en la memoria a los seres queridos, y sentir que en sus raíces late aún la savia que conforma la esencia de la que brota la vida.

Sitios que he visitado