Taller Encantado

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21 de enero de 2010

La Dama Blanca V ¡Descarada!

Alana contoneaba su desgarbada figura con la gracia felina de quien no sabe perder porque nunca lo ha hecho. Maquillaba su rostro en unos segundos porque se conocía y sabía exactamente dónde precisaba un toque de brocha; para ella nunca era demasiado un poco más de carmín ni unos tacones unos centímetros más altos.

Cuando pasaba al lado de un termómetro, lo hacía estallar. Esa era ella. En una ocasión un hombre que la pretendía (qué novedad) le regaló un voluminoso libro. Alimento para el alma, le dijo. Alana se lo agradeció profundamente porque era del grosor adecuado para tapar la rendija de la ventilación de su recién alquilada habitación. Ella no necesitaba leer, todo cuanto necesitaba saber se lo había enseñado la vida más pronto que tarde. Y creedme si os digo que tenía la lección bien aprendida. Nada podía estar escrito que fuera de su interés porque cada uno de sus días podría dar de sí para escribir una novela.

Nunca miraba atrás, jamás se detenía. Las medias eran su segunda piel; su elocuencia, la llave que podía abrirle cualquier puerta y sus experiencias unidas a la agilidad de su pensamiento, sencillamente eran la chispa que encendía sus días y sus noches con mil y una aventuras.

Cuando llegó a la Dama Blanca por primera vez fue como si un ángel acabara de abrir las puertas del infierno. No tardó es estar rodeada de súcubos malolientes babeando por oliscarle los tobillos. Esa sería desde luego la menor distancia a la que conseguirían estar de aquella mujer envuelta en seda y perfume, ávida de descubrir qué había sido de su sexto marido. Y allí estaba él, traficando con su alma en aquel antro infecto, en etílico trance musical, arrancándole unos graves quejosos a su viejo chelo. Esas eran las curvas que había preferido abrazar. Por qué demonios, nadie lo sabrá nunca. El amor tiene la extaña cualidad de emerger en cualquier lugar, por improbable que parezca. La estola de Alana cayó al suelo y su tacón se quebró. Por primera vez, había perdido.


23 de noviembre de 2009

La Dama Blanca IV Tirar la toalla

Cuando en el corazón no descansa sino el dolor enquistado durante años, cuando no queda nada más allá de la siguiente mazmorra en que habitar la soledad maldita... mejor tirar la toalla.

No han sido pocos labios los que han naufragado en las procelosas y espiritosas aguas que se encierran en una copa de cristal. Cuántos pobres diablos se creen bohemios por el hecho de envenenarse en público en vez de hacerlo en la intimidad que brinda la petaca del vagabundo... ni se enteran de que son un chicle en la chancla de Dios, ese que nos ve desde arriba mientras se jacta de nuestra estupidez al creernos hechos a su imagen y semejanza...

Como guardarropa tengo la doble potestad de comprobar dos relevantes hechos en la vida nocturna de este local: en primer lugar qué aspira a parecer un hombre (que se corresponde con la imagen primera que exhiben como pavos reales al entrar) y en segundo lugar, aunque no menos importante, qué es realmente (que se expresa de forma elocuente a su salida, y suele componerse de los pedazos rotos de lo que fuera en un principio o como decíamos, aparentara ser).

Al ser lugar de paso soy testigo de las metamorfosis que se operan en este lugar: recatadas estudiantes se convierten entre bambalinas en pícaras bailarinas para costear sus gastos, a veces solo por unas cuantas noches, otras, durante unas meses y las menos, sin mucha posibilidad de salir del charco que acaba por salpicarles el tesoro de la juventud.

Otro tanto sucede con los "selectísimos clientes" que pasan por delante de mis ojos cada día. Caras sobrias, serias, elegantes, decorosas van deformándose lentamente con el transcurso de las noches para ser bobaliconas, alcoholizadas, viciosas y finalmente, ausentes. La indolencia es quizás el peor de los sentimientos que puede albergar una mente despoblada de objetivos en la vida. Es la madre de todas las desgracias porque termina siendo la carta blanca que permite a una persona hacer cuanto se le antoje. Y la indolencia es la que lastra los ojos de quienes han tirado la toalla: la mayoría de nuestros asiduos.

18 de octubre de 2009

La Dama Blanca III

A través de copa mi copa (y siempre tras vaciarla varias veces) los diminutos ojos de Sandy me parecían enormes faros en los que naufragar gustosamente, y sus estrechas caderas de niña grande se me antojaban curvas más sinuosas que las escarpadas montañas de mi tierra natal.

Cada noche empezaba a arrancarle las notas a mi trompeta con la habitual desgana de quien tiene que ganarse el pan, pero a medida que los chicos se animaban el instrumento ya no me era un ajeno aparato frío sino que se convertía en parte de mi ser fundiéndose con mis dedos mientras las ideas y las notas volaban en un etílico sueño de felicidad infinita y eternas improvisaciones. Al finalizar la noche, no sé cómo, despertaba sentado sobre el estuche de mi instrumento en un rincón de la Dama Blanca, con el cuello de la camisa manchado de carmín y la corbata en fuga.

Me pregunto qué habrá sido del huesudo Ringo, de Sam y los gemelos. Nunca supe distinguirlos, nadie supo, en realidad, eran como dos gotas de agua, los dos chicos de ojos tristes que podían sacar auténticas melodías de cualquier objeto. Eran una de las mejores bazas de aquel antro venido a menos, quizás lo único, aparte de las medias de rejilla de las coristas, capaz de dejar boquiabiertos a los parroquianos.

Con el saxo de Ricky sigo entrelazando los lamentos de mi trompeta cansada, que sigue aguantándome el ritmo pacientemente. A veces rememoramos aquellos días como si fueran mejores, aunque en realidad seguimos exactamente igual: sin tener dónde caernos muertos y aferrándonos a nuestra música porque es el único don que nos han regalado en nuestras vidas. Vivimos para tocar y tocamos para poder seguir viviendo allá en el mundo celeste en el que sólo hay una copa tras otra en la que empapar una música sin final que se vertebra en nuestro interior y se expande saliendo de nuestros pulmones hasta ocuparlo todo.


22 de agosto de 2009

La Dama Blanca II

No abundan chicas como Linda en las noches de los bares de carretera. Sus contundentes facciones contrastan con la ligereza de sus piernas constreñidas en medias color humo. Sus movimientos felinos son más evidentes que sugerentes, tanto que le haría a uno perder la cartera, la cabeza desde luego ya la habría perdido al entrar en un antro de mala muerte como La Dama Blanca. Allí se congregan cada noche toda clase de perdedores y de desertores de la pluma y los pinceles. O eso queremos creer, que nos han abandonado las musas y por eso las buscamos en el fondo de un vaso de licor o en las corvas de las coristas caprichosas que se contonean coquetas mientras esconden su desprecio hacia las sudorosas manos que tratan de alcanzarlas entre sus sueños etílicos.

Linda era poesía dadaísta pura, con sus ojos de gata melosa y su capacidad de incrustarte una patada en la entrepierna de las que hacen a un hombre de dos metros llorar como un niño. Por eso era la encargada de la barra y quizás la única capaz de soñar con un horizonte más allá del rimmel y los lunares postizos. Con su marcha ha agitado de nuevo mi necesidad de escribir y, sin premeditación puede que me haya hecho despertar del letargo avinagrado de frustrado autocompasivo que me había arrastrado a las desdibujadas catacumbas del despropósito.

Cuando entré en La Dama Blanca por última vez comprobé que esa noche no podía estar más lejos en la escala cromática de lo que indicaba su nombre. Es más, el aire estaba más sucio porque no lo purificaba Linda respirándolo con su naricita chata, esa por la que desprendía el humo de su tabaco de frutas y que me separaba a intervalos regulares de sus ojos candentes. En esos momentos, mi mirada absorta se debatía entre su generoso escote y las ondas de su descarado peinado con desiguales resultados. A Linda le daba igual, no estaba en aquel antro para hacer macramé, y quién sabe en qué pensamientos navegaría aquella diosa del carmín y los postizos...

18 de agosto de 2009

La Dama Blanca I


De las noches en La Dama Blanca me queda solo la resaca de nicotina y la aversión visceral a las sonrisas torcidas que huelen a esa mezcla de eucalipto y alcohol barato. Me cansé de sacudirme las miradas de los tacones y las medias de raso tanto como de despejar la barra de borrachos tristes, de esos que solo hablan con la botella hasta que la botella les habla a ellos.

Allí conocí a la clase de tipos que solo puedes conocer en un antro que abre hasta el amanecer, cuando los gatos, que son los verdaderos amos de la ciudad nocturna, estiran sus flexibles cuerpos ante la llegada de los primeros rayos de sol y yo tengo que retocar de nuevo mis pestañas apelmazadas y la máscara que cubre ese cansancio denso de pasar la noche en pie espantando moscones y vigilando la caja. Por supuesto también pude ver que la escoria no sólo nace en los agujeros malolientes sino que se hace, a imagen y semejanza de la basura que respira a su alrededor.

Cada noche asistía a un nuevo desfile de coristas emplumadas, tipos "duros" de esos que se echan a llorar hablando de su infancia a la tercera copa y todo un variopinto repertorio de esperpentos, unos deslenguados, otros retraídos, unos mirones empedernidos, otros que estaban deseando desplomarse para tener un suelo donde dormir un par de horas. Por decirlo de alguna manera era el clásico último garito en el que acababas si no tenías otro lugar al que ir.

Puede que los únicos que estuvieran allí por gusto fueran los chicos de la banda. Desde luego, esos genios podían pasar toda la noche improvisando sus canciones. Nunca hablaban con nadie, ni dejaban su instrumento, parecían estar muy lejos, tocando esas canciones que olían a melancolía y tenían el mismo tacto que los sueños rotos que nos congregaban a todos allí una noche tras otra. Las chicas que bailaban allí delante de un decorado tan irreal como sus propios cuerpos zarandeánsose sobre el escenario pertenecían a un mundo ajeno al de los hombres grises y beodos que trataban de regurgitar agrios piropos mientras no podían evitar perder una dignidad que quizás nunca tuvieron.

Esas noches en La Dama Blanca fueron mi escuela en la vida. Por eso nunca confundiré una mirada lánguida con la de un embaucador embustero, ni el amor con el capricho pasajero que nace a la sombra de un bourbon. Cuando se sale del agujero solo se puede ir a mejor, al menos hasta eliminar la media sonrisa impuesta por esos humoristas de rancia pajarita que no consiguen reprimir sus bufonadas sin gracia: más que hacer reír hacen sangrar las pupilas soñolientas de los parroquianos.

Sitios que he visitado