Taller Encantado

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26 de febrero de 2011

Unos ojos enormes me miraban desde el otro lado de la estancia. Eran de una belleza extraña, aquellos ojos hablaban un idioma que yo ni siquiera aspiraba comprender y, sin embargo me habían elegido a mí para entablar un diálogo. Supongo que fui muy torpe porque no sabía como corresponder a aquella elocuencia.

En un primer momento, no creí que fuera posible así que directamente traté de obviar aquellos iris de color verde clavados en los míos, perplejos.

Al cabo de instante me había dado cuenta de que la fortuna, en un extraño desliz, me había sonreído por primera vez en mi vida ¡y cómo! No había una criatura sobre la tierra que fuese más feliz, nadie que soñase verse en mejor condición que la de ser señalado por el deseo de unos ojos de ángel como los que desde allá se hacían tan presentes como si los hubiera estado contemplando toda la vida. Así fue como vuestra abuela me sedujo, y yo entonces solo pude acercarme a ella y esperar que se abrieran las puertas del paraíso.

28 de diciembre de 2009

Del tiempo que pasó para no volver

Ayer descubrí su foto. Estaba allí muda, entre algunos papeles viejos, junto a un herbario que nunca completó siendo chiquita y un mural de colores que tuvo colgado de la pared durante años. Aquel cajón olía a viejo, a nostalgia, a tiempos que no volverán, pero que fueron y de alguna manera quedaron impregnados en la memoria de alguien que pronto, pues la vida no es más que un suspiro del universo, se lo llevará consigo quién sabe adónde.

Como decía, encontré allá su foto; los bordes doblados, la imagen amarillenta, en un formato que dejó de usarse ya pero que fue en su momento el de referencia. Me causó una fuerte impresión verla allí, entre asustada y soñolienta, quizás triste. Con su traje de comunión, reposando sobre el brazo del sofá (su padre la habría amonestado por hacerlo) y dirigiendo esa mirada lánguida que parecía contener muchas vidas. Para quien nunca antes se hubiera topado con aquella foto antes, pudiera parecer que ocultaba un secreto. Su piel pecosa y blanca, rivalizaba con la blancura de su vestido, hecho a mano por su madre, discreto, sobrio, muy bonito y desde luego singular. Nada de tules, nada de adornos, nada de guantes de encaje ni recordatorios con foto de estudio. Solo una coletita atada con un lazo blanco. Y aquella mirada azul, que absorbía la atención de quien la mirara.

No era la foto de una niña. No era una foto de primera comunión. No era en absoluto lo que parecía. Era el retrato de la más densa de las soledades y me impactó sobremanera verme allí, tan pequeña y tan hastiada ya de vivir.

El secreto de sus ojos

¿Qué oculta una mirada? Puede estar cargada de deseo, de amor, de obsesión, de dolor... en esta película redonda, en la que acompañan no solo un elenco fascinante sino también un guión sobresaliente y una ambientación más que correcta, se indaga en las ventanas que abrimos al mundo para descubrirlo y a la vez para ser descubiertos por el mundo. La forma en la que acariciamos a las personas con nuestros ojos, o la forma en que las agredimos con una mirada aviesa, nos retrata, descubre nuestras intenciones e inevitablemente puede hacer patente el latido rítmico de nuestras pasiones, aquellas de las que efectivamente no podemos desembarazarnos por más que queramos.

Lo mejor de la trama: no es predecible en absoluto, se desarrolla a un ritmo que te engancha desde el principio y contiene absolutamente de todo siendo emocionante sin ser lacrimógena, siendo profundamente romántica sin ser pastelera, y contando con unos actores secundarios de primera que desarrollan pequeñas tramas paralelas muy interesantes.

Si os fijais en el atrezzo descubrireis al final un guiño muy bonito. No os cuento más y os comiendo esta peli de cinco estrellas y tres tenedores, un auténtico caramelo audiovisual, parada indiscutible de cualquier gourmet del cine.

27 de julio de 2009

Gran libro y gran film

Para aquellos que todavía no habéis saboreado la Rebeca de Daphne du Murier sin duda es más que recomendable que os acerquéis a la novela. Y hecho esto, revisitad el clásico de Hitchcock basado en dicho texto para que podáis ver a una de las más exquisitas criaturas jamás representada, esa magistral Joan Fontaine enamorada. El brillo de sus ojos cada vez que mira a Lawrence Olivier no puede ser de ningún modo más verosímil.

Cuando su mirada se posa en su rostro lo recorre como si fuera siempre la primera vez que tiene la dicha de admirarlo, su cuello se curva instintivamente, sus facciones se relajan, sus mejillas se ruborizan y una sonrisa inocente y se diría espontánea, aparece ante el deleite de contemplar al ser amado.


De este exquisito personaje llama la atención no sólo el anonimato total a lo largo de la hitoria sino la evolución. Olivier le dirá que ha matado su mirada de niña al confesarle sus secretos, y, en efecto, ese brillo inicial se desvanece para dar paso a la madurez de la mujer que ha superado sus miedos e incertidumbres.

¿Es necesario liberarse de esa inocencia para sobrevivir? ¡¡¡Puede que sí, pero desde luego, me parece tan hermosa!!!


28 de noviembre de 2008

Ojos de fuego

Un día anodino más, madrugando, atrapando el autobús por los pelos para llegar justo a tiempo al trabajo. Dejà vu.
La mañana pasa despacio... mi cabeza sigue fantaseando constantemente, a mi alrededor las personas pasan, charlan, ríen, marujean, se enfadan... yo sigo soñoliento, pensando en lo que debería haber hecho, pero no reúno fuerzas... soy un cobarde, y ahora encima me recrimino a mí mismo, luego que autocompadezco... y al fin llega la hora de comer. Mi sandwich reseco me espera ¡qué majar! Dejà vu.
Si no me doy prisa no llegaré a mi cita con el dentista. Trato de recoger mi escritorio pero un día más da pena verlo. Rosana me reprenderá mañana, porque soy incapaz de mantener el orden y no puede encontrar las fotos del reportaje. Ni siquiera recuerdo dónde las he dejado... ¡¡¡mi tren!!! Casi lo pierdo, y, mierda, el móvil se me ha caído de la chaqueta, ahora no podré llamar a mi madre, y era su cumpleaños. Se decepcionará una vez más. Soy un patoso... joder, más autocompasión. Dejà vu.
Atardece, y al otro lado del vagón, una muchacha observa ensimismada. Se vuelve, sus ojos de fuego me atraviesan sellando los míos para siempre. Cegado y aturdido, preso de aquel fulgor hipnótico ya nada será igual. Nunca más.

Sitios que he visitado