A menudo los mejores mensajes son aquellos que se pierden antes de llegar a su destino, las palabras que se pierden, aunque se intuyen en su ópalo cristalino de deseo y añoranza. Elevaré mis súplicas en voz baja esperando que se diluyan en ese limbo del ojalá en el que tanto necesitamos creer para no dejarnos vencer por el temor y la desesperación. Rezaré a dioses en los que no creo para llamar a todas las puertas desde mi silencio, serán mis nudillos desnudos los que aterricen en el eco sordo de lugares a los que nunca iré en el recogimiento del peregrino estático.
La esperanza es un fino témpalo de hielo, quebradizo pero resistente al fin y al cabo en la soledad del invierno. Te amarraré a ese débil sostén y con dos lazadas sostendré tu dicha a la mía para que nunca caigas. Sellaré mis labios para que no lleguen a tus oídos las palabras que han de vernos desde arriba, en un cielo muy, muy lejano.
La esperanza es un fino témpalo de hielo, quebradizo pero resistente al fin y al cabo en la soledad del invierno. Te amarraré a ese débil sostén y con dos lazadas sostendré tu dicha a la mía para que nunca caigas. Sellaré mis labios para que no lleguen a tus oídos las palabras que han de vernos desde arriba, en un cielo muy, muy lejano.
