Domingo 1 de marzo de 2009.
10:02 PM, a la salida del curro.
Raquel observa con cara de idiota como el autobús se va en sus narices: empieza el periplo. Perder ese autobús implica coger uno que pasa 20 minutos después y por tanto esperar más aún por el siguiente que he de tomar. Dos autobuses, 50 minutos, un destino: mi casa, a 5 minutos en coche. ¿Nunca habéis mirado el reloj y os ha parecido que las manillas se ríen de vosotros? Es la sensación que tenía anoche mientras maldecía el día, el trabajo, el autobús y, en general, todo lo que se me ocurría. Hasta los baldosines se me antojaban estúpidos, inservibles, obstáculos para alcanzar mi meta.
De por sí los domingos en los que uno trabaja empalmando dos semanas no es que sean objeto de veneración por parte de ningún currito, pero desde luego con guindas así a semanas como esta uno no sabe si subir al olimpo de los dioses a pedir una hoja de reclamaciones. ¿Qué tiene el transporte público en contra de nosotros? ¿Olemos mal? ¿Por qué si la maldita tienda cierra a las 10 el autobús tiene que salir a las 10 en punto? ¿Por qué no hace lo que todos los días y espera 10 minutos más para llevarse a los trabajadores? ¿Por qué suspenden el servicio del 227 los fines de semana?
No importa, respirando hondo y pensando fríamente que nos va a dar lo mismo lo que pensemos, al final, agachamos la cabeza, esperamos y listo. Ahora, que un par de gritos al viento mandándolo todo a la mierda ayudan y mucho.
Domingo 1 de marzo de 2009 (todavía).
10:55 PM, frente a la nevera.
"¿Y ahora quién se pone a cocinar? ¡¡¡Me voy al sofá y ya saldrá el sol por Antequera!!!"